Judit Martín: "Me siento muy cómoda siendo más friki que diva"
Actriz cómica, estrena la película ‘Pizza movies’
BarcelonaJudit Martín i Dolcet (l’Hospitalet de Llobregat, 1976) es una máquina de hacer reír. Entre la sutileza y el delirio, despliega un humor imprevisible para imitar, improvisar y construir mundos y personajes. Lo ha demostrado en el teatro, en la radio, en la televisión y también en los hospitales como payasa de Pallapupas. A punto de cumplir 50 años, una de las mejores actrices cómicas catalanas estrena dentro de unos días su primera película: la comedia romántica Pizza movies, dirigida por Carlo Padial e interpretada por Judit y Berto Romero, una pareja que se quieren y se hacen querer.
Un hombre, entre el público, acaba de decir que le resultaba extraño verte vestida de calle, de persona. Tienes que haberte visto en el espejo de tantas maneras...
— A mí me gustaba mucho disfrazarme y ahora ya le estoy cogiendo manía. Es verdad, me encantaba ponerme pelucas, cosas, y ahora... no nos pasemos.
Ganarte la vida haciendo reír es lo mejor que hay, supongo.
— Sí, claro, para mí sí. Pero también es un regalo envenenado. Siempre se dice mucho que cómo te las arreglas para salir al escenario cuando has tenido una mala noticia. Para mí, estos son los días más fáciles, mira qué te digo. Es como una válvula de escape. El tema es cuando estás muy explotado o te autoexplotas. Me he encontrado con unas vorágines que, de golpe y porrazo, lo que necesitas es estar en casa en el sofá.
¿Ahora es un momento en que te sientes autoexplotada?
— Sí, la verdad es que tengo que hacer un paroncete, quitarme cosas.
¿Tienes la sensación de que has controlado tu carrera o has ido de aquí para allá?
— Yo siento que tengo una carrera un poco a lo loco, pero he tenido mucha suerte. Me han propuesto cosas muy chulas. He dicho que sí a cosas fatales, que me han servido para ver qué no volveré a hacer más. Y también ahora estoy en un momento que económicamente puedo decir que no, y eso ayuda mucho. Si hay una necesidad económica, dices que sí a bodas, bautizos y comuniones y a empresas que subvencionan la guerra de Gaza.
Hablando de proyectos geniales, el 15 de mayo se estrena Pizza movies, tu primera película y como protagonista. ¿Qué te pasó por la cabeza la primera vez que te viste en una pantalla grande?
— Fatal, fatal. Fue en el festival de Málaga y solo me veía fea y mala actriz. Te miras ególatramente como con un microscopio. No seguí la película, solo me veía a mí. Sí que me di cuenta de que la reacción del público era muy buena y cuando la vi por segunda vez ya fui a pasármelo bien, al festival D’A, a los cines Aribau de Barcelona.
En la película eres una periodista cultural desbordada, que cada día cobra menos, y que decide dejarlo y montar una pizzería. ¿Dirías que la pizzería es su deseo o lo ve como la única salida?
— Es como una revelación, un sueño que tiene. Ella está harta de su trabajo, pero es muy humano imaginarte proyectos o negocios imposibles. Después, hay muy poca gente que lo llegue a hacer.
En muchos casos, una crisis económica desemboca en una crisis de pareja. Aquí, no. ¡Tú y Berto Romero os queréis!
— Cuando ves una pareja en el cine, ya estás esperando en qué momento llega la discusión, la crisis. Es una pareja que se tambalean juntos y deciden sacar adelante un proyecto loco y sin sentido.
La película se estrenará en cines de toda España. En Catalunya ya te conoce mucha gente, pero ¿triunfar en España es un objetivo que tienes?
— No, pero sí que me gustaría trabajar en España para probar cosas nuevas. Ahora es una maravilla salir de Cataluña, por cualquier frontera, y que no me conozca nadie. Esto me gustaría conservarlo, desde el punto de vista personal.
Si esto implica ir a vivir a Madrid, ¿te apetecería?
— Pues, no. Primero, porque ya he vivido unos meses y todo perfecto, pero casi acabo en Alcohólicos Anónimos. Es un tópico típico, pero me ha pasado: cada día había fiesta. ¿Sabes qué me gustaría muchísimo? Ser la eterna secundaria, como Chus Lampreave, que quizás solo tiene tres frases en una película, pero son memorables. Me parece el máximo objetivo.
Existe el mito de que cuando actuaste en los premios Feroz emocionaste a Almodóvar, que iba preguntando quién era aquella chica tan buena. Dame algún detalle más.
— No, no sé más, no hubo conversación con él. Fue en la fiesta de después cuando me dijeron que Almodóvar me había estado buscando. Le hice llegar un mensaje a través de la organización y me lo contestó. Realmente soy muy fan suya.
Y Rosalía vino a verte al teatro.
— A mí, no, ¡eh! A toda la compañía, cuando hacíamos Del fandom al troleig, de Berta Prieto, en la Sala Beckett. No me imaginaba que me pondría nerviosa porque ella estuviera allí. No solo vino, sino que habló de ello en un pódcast, nos escribió, muy maja.
¿Te gusta la gente?
— Ja ja ja, pues no mucho. ¿En qué sentido?
Que te fijas mucho, que vives en el centro de Barcelona rodeada de mucha gente...
— Ah, sí, sí. Me gusta un ratito y, en cambio, me cuesta mucho más fidelizar. Eso de quedar siempre con la misma gente, me cuesta más.
¿Te gustan más las pijas o las chonis?
— ¿Sabes qué pasa? Que a las chonis las conozco demasiado bien. Y estuve muchos años viviendo en la zona alta, en la calle Mandri. Descubrí el mundo pijo y me parece mucho más fascinante. El mundo choni es el que he vivido, yo he sido un poco choni, y aunque he querido huir he tenido mis épocas más chonis. Aquellos años en la zona alta fueron maravillosos: de ir a comprar, de ir al bar de abajo, es toda una fauna y flora que me explotaba la cabeza y me lo pasaba bomba. En la radio hacía la Nunú, porque me gusta este perfil de mujer con la voz muy cascada, que seguramente aún fuma a escondidas, la pija decadente, que es muy de Mandri, me encanta.
Y no hay un punto en que estos dos mundos –el pijo y el choni– se encuentren? Por ejemplo, un Cristiano Ronaldo.
— No, no, no. Él es un nuevo rico. Cristiano Ronaldo no tiene pedigrí. También pasa mucho en Catalunya, que quien tiene mucho dinero no lo demuestra. Aquí no gusta enseñar ni decir que tienes dinero.
Vamos a las chonis, que me has dicho que las conoces más. ¿Tus padres qué hacían?
— Mi padre era empleado de banca y mi madre limpiaba en un bar, en una clínica dental, trabajos diversos. Yo vivía en un barrio de L'Hospitalet que se creó en los años 70, en el centro, pero también tocando un poco a la periferia. Yo era la catalana, porque mi madre tenía 8 apellidos hospitalenses. Pero tenía familia en Vic y cuando me oían hablar pensaban: “Esta choni-xava... [xava por el acento típico del catalán de Barcelona]”. En la escuela todos hablábamos castellano. El catalán nos lo hacía una mujer de Valladolid, ¡el catalán! Todo era en castellano y yo tengo el cerebro totalmente dividido, por eso mezclo tanto las dos lenguas cuando hablo.
Antes de ganarte la vida con la comedia, ¿qué otros trabajos habías hecho?
— ¡Fuá! Lo primero que hice, en el instituto, fue de canguro y clases de repaso; repartir flyers por la calle; de teleoperadora, unos cuantos años: Retevisión, Eres Más, Amena, Terra, ya no queda ninguna. Hacía telemarketing, de servicio técnico... Esto me ha traumatizado, no me gusta nada hablar por teléfono. Como no podía soportarlo, me creé mis personajes. Había uno que me funcionaba mucho: era yo, pero era una versión más dulce de mí. [Pone voz melosa] “Hola, soy Judit Martín, le llamo de Eres Más...”.
¡Pues, debiste vender!
— Vendía mogollón. Me hicieron empleada del mes unas cuantas veces. También trabajé en la Frigo, en el turno de noche, los fines de semana. Y más trabajos: de administrativa en un taller mecánico de la Citroën, en Bellvitge...
¿Qué dirías que es lo mejor que te ha pasado en la vida?
— Pizza movies, je je. No lo digo en broma. He tenido una suerte tremenda, yo no me había propuesto nunca ser actriz. De hecho, estudié Bellas Artes. Lo mejor que me ha pasado es que se cruzara la impro [el teatro de improvisación] en mi vida. Me encanta improvisar y le puse muchas ganas. De una compañía de impro me echaron por mala. Y es verdad, me faltaban herramientas, pero tenía tantas ganas que me he esforzado mucho. Y que todo esto haya desembocado en esta peli, pues, ¡qué guay!
¿Y qué es lo peor que te ha pasado en la vida?
— No, eso no te lo diré. Pero una de las cosas peores, que literalmente quería suicidarme, y no es una metáfora, fue una hernia discal. La sufrí mucho y durante mucho tiempo. Era un dolor insoportable, hasta que encontré cómo controlarlo. Era horrible. Es que, además, no hay un descanso. Sentada estás fatal, no puedes dormir... La última crisis fue en 2017, pronto hará 10 años.
En diciembre cumplirás 50 años. ¿Tú has pensado en el futuro, has hecho una reflexión tipo “según qué a según qué edad, ya no lo haré”?
— Lo único que me preocupa es no hacer según qué personajes que den cringe, que dicen los jóvenes. Pero por lo demás, siento que he ido a mejor. Profesionalment cada vez hago cosas más geniales, sé qué me gusta. Yo quiero ser una Angela Lansbury, un Christopher Walken, en el sentido de tener 70, 80 años y continuar haciendo reír y papeles extraños y secundarios y cosas inesperadas.
En Pizza movies tienes el papel protagonista, pero has insistido dos veces durante la conversación en eso de ser una secundaria. ¿Por qué?
— Porque es como una responsabilidad muy grande ser la protagonista.
¿Tú no quieres ser la número 1?
— Pero no es por falsa modestia, ¡eh! Normalmente, el secundario es quien se lleva más los aplausos que no el que está toda la hora al pie del cañón. Quizás es por ego, eh. Creo que tener el papel principal es una currada, una gran responsabilidad y genera más estrés.
Para mucha gente, ahora mismo, eres la mejor cómica catalana. Si miras años atrás, tienes a la Santpere, la Lloll, la Sardà... ¡Tú no eres la Martín! ¿Estás cómoda con este punto de antidiva?
— La Martín, qué fuerte! Es verdad, no soy la Martín. Pero tampoco quiero ir de antidiva. Cada uno es como es. Es porque me siento muy cómoda siendo más friki que otra cosa. Y creo que eso también se detecta.
¿Te sientes más cómoda siendo friki que diva?
— Sí, sí, totalmente.
[Interviene una persona, desde el público] “¿Te han propuesto hacer el show de Judit Martín en la tele, con Almodóvar de productor?”
— Mira, he estado dos meses grabando un programa para la 2Cat, que no es el show de Judit Martín, pero casi. Estoy muy presente, mucho. Soy yo de reportera por las calles y te puedo asegurar que ok, me lo he pasado muy bien, el resultado quizás se ve bien, pero ha sido muy loco. Te diría que no es mi objetivo en la vida.
¿Qué te gustaría que pasase con Pizza movies cuando se estrene?
— Es que ya está pasando en los pases que hemos hecho: risas constantes. ¿En qué película ves que la gente ría toda el rato? Que la gente ría mucho en un cine me parece fascinante. Es una película pequeña, que tiene que conseguir ser un secreto de dominio público, que la gente se la recomiende. Es la primera, y que sea la primera de muchas.
Las entrevistas del 2xCENT –dos que hablan y cien que escuchan– las grabamos una vez al mes en la sala de ensayos del Orfeó Català, en el Palau de la Música Catalana. Lectores y suscriptores del diario se inscriben para venir sin saber quién es la invitada. El público, a medida que llega, hace cola de pie (como si estuvieran en el aeropuerto), mientras especula con quién será la entrevistada. Esta vez, por la proximidad con Sant Jordi, algunos de los asistentes vaticinan que será un escritor. Y llega Judit Martín, que acaba de aterrizar de Londres, adonde ha ido a grabar un especial del pódcast La Ruina, con Tomàs Fuentes e Ignasi Taltavull. Y vienen también el director y la guionista de Pizza movies, Carlo Padial y Desirée de Fez, y sus dos hijos, Elliott y Nico. “¿Por qué Judit no había hecho 10 o 15 películas antes que la mía?”, pregunta Carlo.