En muy poco tiempo se cumplirán dos décadas de que Joan Laporta escogía Pep Guardiola como entrenador del primer equipo. Aparte de lucir algunas canas de más, ¿se imaginan cómo habría sido el rumbo de nuestro Barça si hubiera cogido las riendas del banquillo José Mourinho? Laporta, con todas sus luces y sombras, escogió con el corazón. Y acertó de pleno. Nadie puede dudar de su olfato: Hansi Flick es el ejemplo contemporáneo. Guardiola llegaba al banquillo después de ganar la liga de Tercera División con el Barça Atlètic. Un título que él siempre se ha encargado de hacer valer en un extenso y exitoso palmarés que, si no lo convierte en el mejor entrenador de la historia (para quien escribe estas líneas lo es), poco le falta.
No eran pocos los aficionados que, cuando Guardiola dirigía al filial con profesionalidad a pesar de estar en una categoría menor, se acercaban a los diferentes estadios de la geografía catalana para ver a su Barça. De aquel equipo acabaron destacando Busquets y Pedro (entonces todavía Pedrito), que el técnico de Santpedor no dudó en llevarse a la élite. Busquets se convirtió en una leyenda y Pedro jugó más de 300 partidos como azulgrana. Hoy en día estamos acostumbrados a ver un equipo lleno de jóvenes de la casa, pero a Guardiola no le tembló el pulso para echar a algunos de los peces gordos del vestuario y dar oportunidades a chavales poco conocidos. Él creía y su confianza era contagiosa.
Es difícil escribir de aquella primera temporada de Guardiola en el primer equipo y no emocionarse. El fútbol es una cuestión de piel, de emociones, de sentimientos. Y Guardiola en los disparó todos de forma radical. Qué felices fuimos. Los catalanes, tan miedosos a veces, tan prudentes, íbamos con el pecho inflado por Europa: construyó un equipo que era el orgullo de su gran maestro, Johan Cruyff, y que se puso en el centro del radar del planeta fútbol. El gol de Iniesta en Stamford Bridge. El 2-6 en el Santiago Bernabéu. Aquel mes de mayo del 2009 nos acompañará para siempre más. De nuevo: qué felices fuimos y lo fuimos gracias a un entrenador catalán, de la casa, que amaba el club y se identificaba con el país, con Cataluña.
Pero todas las historias tienen un principio y un final. En el Barça su despedida llegó demasiado pronto. Guardiola necesita un entorno en el que sentirse cómodo. No que le bailen el agua, pero sí que sienta que reman en la misma dirección. No lo tenía con Sandro Rosell. Nos vimos abocados a celebrar sus títulos primero en el Bayern y, después, en el City. En Manchester, Ferran Soriano y Txiki Begiristain le construyeron un ecosistema idóneo. El segundo dejó el barco, tocaba volver a casa. Muchos de sus técnicos de confianza tampoco ya no estaban en el staff.
Después de diez temporadas, Guardiola dice basta. Tenía asumido que esta temporada podía ser la última, pero renovó por dos (la segunda, opcional) para evitar las preguntas durante todo el curso. Enzo Maresca, que conoce el club, ha trabajado con Guardiola y dirigió el filial citizen, tomará el relevo. Casi una veintena de títulos en diez años en Inglaterra, con una Champions incluida. Descanso merecido, Pep.