"Si no nos ganan por 10-0 sienten que no nos han ganado"
Así gestiona las derrotas el Cabrera de Anoia, un club de fútbol catalán que sobrevive de milagro

TorellóFue el miércoles 30 de marzo del 2011. Hacia las 9 de la mañana murió su madre, Saturnina, y sobre las 9 de la tarde murió su mujer, Fernanda. "Fue un duro golpe –escupe Feliciano Hernández (Pozuel del Campo, Teruel, 1952) con crudeza–. De repente me quedé solo y tenía dos opciones. Cerrarme en casa o continuar en el mundo del fútbol. Me ha ayudado mucho. Me ha servido para estar animado, contento. Para luchar, para salir. casa dices «hostia», pero estar aquí te alivia mentalmente. Parece que te descargue de lo que pasó. Los números dicen ser el peor equipo de la categoría más baja del fútbol masculino catalán, cuarta catalana. Dieciocho derrotas en dieciocho jornadas: dos por 15-0, una por 14-0 y tres por 10-0. Siete goles a favor y 147 goles en su contra.
Pero no pierde la pasión. Sonríe cuando habla de ese pequeño club de este pequeño municipio, de poco más de 1.700 habitantes. Hernández llegó a Cabrera de Anoia, a media hora de Igualada, hace cuatro décadas. La familia emigró a Catalunya en los años sesenta para buscar un futuro. El pasado verano tenía previsto ir una o dos semanas de vacaciones a Pozuel del Campo, pero no pudo: sólo continuaban tres jugadores del curso anterior y se quedó para completar el equipo como fuese. "Sería una pena que desapareciera el fútbol porque es un pueblo donde prácticamente no hay nada. Hay alguna pista de petanca y ahora han hecho dos pistas de pádel, pero el fútbol es la bandera del pueblo. Es lo que lleva el nombre de Cabrera por toda la comarca hasta Barcelona. A veces vamos a pueblos que nos dicen: «Ah, pero en Cabrera hay fútbol?». A última hora pudo conseguir las piezas necesarias para poder inscribir al equipo. Es lo único que tiene el club. Entrenan y juegan en la Torre de Claramunt, un pueblo vecino, porque en Cabrera de Anoia no hay campo.
Lleva tres temporadas siendo el presidente y también ejerce como delegado. La temporada 2022-2023 fue también el entrenador, por necesidad: se sacó el título con setenta años. "La situación deportiva duele. Los partidos son largos y duros. Los jugadores hacen lo que pueden. No son Messis ni Ronaldos. Pero hay que seguir", admite. Sueña con una victoria. "Sería una superalegría. Sería una locura". Pero la existencia del equipo es ya una victoria, y por tantos motivos: "El vestuario es una familia. Es un abrazo".
"A veces incluso da vergüenza"
Guillem Riu (Capellades, 1989), centrocampista, admite que "a veces incluso da vergüenza" perder tan a menudo y por tanto, por lo que dirán, pero reivindica que el fútbol es "un regalo". Se ha reenganchado este año, a los 36. "¿El peor equipo de Catalunya? ¿Sí? ¿No jodas. ¿Quieres decir? –responde riendo–. El fútbol es como la vida. La actitud que tienes jugando al fútbol es la actitud que tienes en la vida: si tiras la toalla conseguirás pocas cosas. A veces si uno se esfuerza las cosas." El objetivo está claro: ganar un partido. "Echar la toalla es el camino fácil. Rendirte, irte a casa y joderte una sartén el fin de semana. Pues me foto la sartén igualmente, pero vengo aquí y sudo y me parto la cara. Si me joden diez o quince pero salgo con las piernas ensangrentadas y al día siguiente no me llevo".
Hace tres o cuatro años compuso el himno del club a cuatro manos con Emilio Benito, el futbolista más veterano del Cabrera junto a Javier Aguilar. "Con 45 años nunca me había pasado eso. Si los rivales no nos ganan por 10-0 sienten que es como si no hubieran ganado. Pero nosotros no nos damos por vencidos. Queremos tener una alegría. Nos la merecemos. Tenemos que luchar", destaca Aguilar. Tiene una pequeña empresa de construcción. El despertador suena cada día a las cinco y media de la mañana. Y pese al vía crucis que es esta temporada afirma que vale la pena acostarse a las 12 de la noche –martes y jueves–, después de entrenar: cenar solo, no ver a sus hijas, de 12 y 13 años, porque cuando llega ya duermen. Compensa. ¿Por qué? "Porque el fútbol es un oasis. Sales, desconectas, te despreocupas. Allí todo es diferente. A veces juego con hijos de hombres que fueron compañeros de clase o de fútbol. Alguna vez me han preguntado si venía como entrenador. «No, no, como jugador todavía». El fútbol me da vida. Me hace sentir vivo".