La última de Leo

La afición argentina, que nunca deja de creer, se queda con la miel en los labios

Messi y Lamine Yamal se abrazan en medio de la desolación argentina. Un abrazo entre dos generaciones de talento fabricado en Cataluña.
20/07/2026
3 min

L'Hospitalet de LlobregatLos argentinos no miran el partido, se abandonan a él siguiendo el ritmo de la cumbia como si el fútbol fuera a salvarles la vida. El hotel Hyat de l'Hospitalet, el lugar designado para la concentración institucional de los argentinos exiliados en Barcelona, es un ovni en medio de la nada. Pero si a una sala de actos enmoquetada le pones una parada de empanadas y un par de pancartas de Maradona, basta para construir un país. Casi todas las camisetas son de Messi y todas las pieles tatuadas incluyen alguna referencia a Maradona. La percusión y los lololos son incansables, es imposible oír tu propia voz o entender la letra de los cánticos que, culé tribunero como soy, me parecen demasiado festivos y tranquilos para una final del Mundial. Lo entiendo entrevistando a argentinas que han aprovechado la ocasión para teñirse el pelo de color azul y pintarse la albiceleste en las mejillas: Alicia y Rosana, de Mar del Plata y Buenos Aires, llevan más de 15 años aquí y, como todo el mundo con quien hablo, me dicen que su voltaje sentimental se sublimó contra Inglaterra, y que se sienten tan agradecidas porque España las ha acogido que incluso serían capaces de alegrarse en caso de derrota en la final. ¨Ganen o pierdan, luego se va a Arco [del triunfo] a celebrar”. No creo que piensen lo mismo los chicos vestidos con camisetas de la selección catalana o la cuatribarrada del Barça: resulta que hay un puñado de jóvenes catalanes que han decidido venir a la concentración argentina para poder sentirse a gusto, una metáfora insuperable del país que habrá que tener preparada para los de “hay que separar el fútbol de la política”.

la afición argentina antes del partido

El primer enfado estalla cuando se anuncia el nombre de Lionel Messi, y el primer silbido de censura generalizada se lo lleva un plano corto de Donald Trump hablando al oído con Gianni Infantino. Ahora que la cosa va en serio, un desasosiego más reconocible frena el entusiasmo, especialmente con cada aproximación de la selección española. El partido es tan espeso que el vacío se llena sobreexcitándose con cualquier falta y, sobre todo, cantando La cuarta estrella: “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón”. Se acaba la primera parte y el dominio objetivo de los españoles sobre el terreno de juego es incapaz de penetrar la burbuja subjetiva de la afición argentina. Las actuaciones musicales del medio tiempo no importan absolutamente a nadie, y Justin Bieber y Shakira son barridos por una versión de Sobreviviendo, un himno que, por el mismo precio, te deja mover las caderas y bramar proclamas anticoloniales. Nos miramos entre los catalanes y compartimos un suspiro ahogado de envidia nacional.

Los nervios de una final

Comienza la segunda parte: “¡Vamos Argentina, Carajo!”. El juego se tropieza y con los detalles más menores basta para descargar la tensión acumulada. La tregua ha terminado, y si un jugador de España cae a tierra ahora ya es una cuestión de estado. La segunda parte espesísima se cuela que parece que el único jugador de Argentina sea el Dibu Martínez, pero la fe no decae. La expulsión de Enzo Martínez es bastante clara para que la gente prefiera taparla con animación que con escándalo, y sirve para sacudirse las acusaciones de favoritismo que hace tiempo que planean “¡Después decí que ArgenFifa!”. La falta en la frontal del área sí que causa el silencio. La realización del lanzamiento, tan dilatada y fragmentada que es trágica y cómica a la vez, nos transforma en espectadores de un duelo a muerte de spaghetti western. El Dibu detiene el balón con más pena que gloria: han gritado tantas veces “por la última de Leo” que ya nos encontramos en el territorio de la plegaria y el destino.Pero el destino es cruel. Ferran Torres marca un gol tan deslucido como la final entera y, por primera vez en toda la noche, se detienen los tambores. El choque de realidad es duro, pero aún no ha pasado ni un minuto que la afición ya ha vuelto al “Olé Olé Ole, cada día te quiero más, soy argentino, es un sentimiento, no puedo parar”. Messi pica las dos últimas jugadas a balón parado y cada vez que la cámara se cierra sobre él, los argentinos vuelven a creer.

stats