Moda

Un año más, el (no) vestido de Pedroche

Cristina Pedroche posando con su traje de Fin de Año.
01/01/2026
Analista de Moda i Tendències
3 min

En tiempos recientes hemos enviado un robot a Marte, secuenciado el genoma humano, desarrollado vacunas de ARN en tiempo récord, detectado ondas gravitacionales provenientes del universo profundo y la inteligencia artificial está transformando radicalmente la vida que conocíamos. Pero, a pesar de todo esto, seguimos despidiendo el año con las mismas puñeteras campanadas del siglo pasado. Vivimos atrapados en un déjà-vu campanilo, una rueda de hámster sexista que gira sin fin y de la que se desprenden conclusiones bastante evidentes.

Las mujeres, a diferencia de los hombres, parecen no disponer de la capacidad biológica de sufrir frío. Mientras ellos aparecen con camisa, americana y abrigo, ellas, sea de forma literal oa través de transparencias estratégicamente calculadas, dejan buena parte del cuerpo al descubierto. No estoy descubriendo nada nuevo. Hace años que se denuncia este patrón y, sin embargo, nada cambia, porque el valor de la mujer como presentadora de campanadas no radica en su capacidad comunicativa ni en su profesionalidad, sino en su disposición a exhibir el cuerpo.

Un "tatxaaaaan" perfectamente cronometrado pocos minutos antes de acabar el año para mostrar pecho, muslo y poco más. Una versión mejorada pero igualmente chabacana de Los bingueros de Pajares y Esteso. Como si nada hubiera cambiado desde que todo un país estaba pendiente de que el pezón de Sabrina Salerno hiciera acto de presencia entre bote y bote. De hecho, los senos han aparecido —de forma más o menos explícita— en casi todas las retransmisiones, incluso en programas de poscampanadas, como en el caso de Eva Soriano. Pero no nos engañemos: no sirve cualquier cuerpo. Para ocupar este lugar es necesario ser joven, delgada, blanca y sin discapacidad visible, con contadas excepciones como la de Nia en TVE Canarias, una flor que, desgraciadamente, no hace verano.

Un cuerpo que, antes de revelarse, debe ir envuelto con piezas más cercanas al papel de caramelo que a un abrigo real, como se ha visto con Laura Escanes o Sandra Barneda. Y ahí es donde Cristina Pedroche ofrece el contraste más flagrante. Encarcelada en un vestido imposible y de nulo valor creativo, confeccionado con recortes de los vestidos lucidos a lo largo de todas las campanadas que ha presentado, tenía dificultades incluso para llevar a cabo acciones básicas, como desplazarse un metro, debido al exceso evidente de peso, volumen, un peinado con superestructura y unos tacones. Después de doce años de tener que mantener el mismo señuelo, el cuerpo de Pedroche ha protagonizado una escalada del 'más difícil todavía', que nos ha conducido a unos resultados de despropósito sin sentido racional.

Y, como manda la liturgia de las campanadas, lo aliñamos todo con deseos grandilocuentes y vacíos, disparados al aire sin voluntad real que se cumplan. Un paripé que ya hace demasiado tiempo que debería haberse acabado, porque refuerza aún más esta idea de chica guapa e ingenua que proclama el cambio climático, el amor, la paz y el hermanamiento universal mientras paralelamente anuncia, sin ningún pudor, turrones Vicenç o la última película de Santiago Segura Torre. Todo ello en medio de un bombardeo de anuncios de Iberdrola y Netflix que apenas dejan ver la pantalla. Deseos de cartón piedra, mal leídos del cole, al mismo nivel que las Miss Universo que reclamaban la paz en el mundo mientras afirmaban que Rusia era un país muy bonito lleno de rusos.

En el caso de Pedroche, el mensaje final adquiere una trascendencia especial porque actúa como cortina de humo: reivindicaciones solemnes que lo envuelven todo para evitar cualquier acusación de superficialidad. Lo de desnudarse, sí, pero por una buena causa. Como si el fin tuviera que justificar a los medios. Como si la paz en el mundo tuviera que pasar necesariamente por la degradación del cuerpo de las mujeres. Este año ha reivindicado la necesidad de reconstruir la vida de las personas que padecen cáncer a través de un traje repuesto a parches. Así pues, tranquilos pacientes de cáncer: gracias al (no) vestido de Pedroche, todos sus problemas seguro que quedarán resueltos. ¡Feliz 2026!

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