Porto Alegre, de la utopía social a la utopía tecnológica
La capital del estado de Río Grande do Sul, "sur del Sur Global", desarrolla hace años un dinámico hub para empresas emergentes inspirado en el 22@ de Barcelona
En la Praça da Alfândega, situada en el centro histórico de Porto Alegre, capital de Río Grande do Sul, una exposición fotográfica rememoraba este otoño pasado las catastróficas inundaciones de 2024.Q.A.
Porto Alegre (Brasil)Desde la sala de recreo del último piso delInstituto Caldeira, un hub tecnológico del barrio de Navagantes, en el Cuarto Distrito de Porto Alegre (Brasil), el paisaje que se ve a través de sus ventanales de pavés recuerda mucho al de Poble Nou de Barcelona de hace treinta o cuarenta años. Antiguas naves industriales en proceso de remodelación para abrazar la utopía tecnológica del siglo XXI, definida por conceptos como empresas emergentes, inteligencia artificial o economía digital.
Un cuarto de siglo después de haber liderado el Foro Social Mundial (FSM), otra utopía, en ese caso antineoliberal, la capital de Río Grande do Sul (RGdS) parece haber encontrado un nuevo horizonte gracias a un clima de colaboración entre agentes políticos, económicos, empresariales, académicos y movimiento. El entendimiento podría negar lo que acapara buena parte de los grandes titulares internacionales cuando se refieren al país: que Brasil está irreconciliablemente roto entre lulistas y bolsonaristas. ¿Es cierto? ¿Hasta qué punto ese ambiente de colaboración público-privada puede contribuir a enmendar desigualdades estructurales que el FSM también ansiaba corregir? Y sobre todo, ¿ha sustituido a Porto Alegre (POA) la fracasada utopía de izquierdas de enero del 2001 por la nueva panacea del siglo XXI? ¿Los chips y la inteligencia artificial no pueden acabar siendo, más que una utopía, una pesadilla?
Más allá de la semejanza barcelonesa, Caldeira –una entidad privada pero sin ánimo de lucro– tiene puntos de contactos objetivos con la capital catalana. En parte, el proyecto se "inspiró" en la transformación del distrito 22@ y las zonas de innovación de Barcelona, comenta Josep Miquel Piqué, presidente ejecutivo de La Salle Technova, y ex consejero delegado del 22@Barcelona y ex director de la Oficina de Crecimiento Económico del Ayuntamiento a mediados de la década anterior. Piqué viaja un par de veces al año a Porto Alegre para colaborar con el hub y otros centros académicos y de investigación de RGdS, para evaluar proyectos, compartir experiencias y generar sinergias.
En un futuro a medio plazo, el Instituto Caldeira quiere expandirse hasta los 22.000 metros cuadrados. Lo hará extendiéndose como una mancha de aceite en unos terrenos antes fabriles en la barriada de Navegantes. El objetivo es darle la vuelta, dinamizarla y construir uno de los motores de desarrollo de la ciudad y el estado: la apuesta tecnológica y la economía digital son el ideario en el centro de la sala de máquinas. Las dos enormes caldeires (calderas) de donde el hub toma el nombre, importadas de Escocia en el siglo XX, antes quemaban carbón y producían vapor para las hilaturas AJ Renner. Ahora Caldeira quema talento para crear más y, con él, innovación.
Hay dificultades, ¡claro está! Los promotores detrás de estos proyectos admiten que la ciudad y el estado son "el sur del Sur Global". Lo dice Rafael Prikladnicki, presidente de la agencia de desarrollo Invest.RS, el organismo que tiene el reto de situar a Porto Alegre (POA) y RGdS en un mapa global cada vez más competitivo. La fórmula, apunta, es la suma de "personas, comunidad y colaboración". Lo que está ocurriendo sólo es posible gracias al "alineamiento del sector público, el privado y la comunidad", remacha.
En el Instituto Caldeira, un hub tecnológico en Porto Alegre.Quim ArandaUn aspecto de los viejos tinglados, espacios ahora reconvertidos en zonas de ocio y restaurantes, que en el 2024 quedaron inundados pero ahora vuelven a vibrar.Quim Aranda
Lisboa es la única capital de Europa –un norte sin norte, últimamente– unida a Porto Alegre con un vuelo directo. Once horas interminables hasta el sur del Sur Global, un país muy alejado de las imágenes más tópicas de Brasil. POA quizá sufre de no ser ni Río, ni Sao Paulo ni Buenos Aires, y encontrarse algo diluido en medio de estos tres enormes polos económicos, vitales y culturales de América Latina.
Pero quizá no necesite ser más de lo que es. Quizás sólo tiene que demostrar al mundo que "aquí está pasando algo increíble", dice Pedro Valério, el director ejecutivo del Instituto Caldeira. "Vas a Londres, a Europa, a Oriente Medio, a Asia y casi nadie habla de América Latina. Pero aquí creemos que podemos cambiar el mundo; amamos profundamente lo que estamos haciendo". Corrección: de América Latina sí se habla de ello. Pero es de Milei, Maduro, etcétera, y de cómo Donald Trump ha levantado una vez más la bandera de la doctrina Monroe.
El relato desde Caldeira es muy diferente. Y hablan a diestro y siniestro. Y promueven charlas sobre tecnología, sostenibilidad, cambio climático, y llevan a cabo estrategias de desarrollo local, regional y global a través, pero no sólo, de la Semana Caldeira, la punta del iceberg de una ambición enorme. Para constatar todo ello, este periodista fue invitado a primeros de octubre junto a un grupo de colegas de la Foreign Press Association de Londres.
¿Unos primeros precedentes?
Como ya se ha apuntado, no es la primera vez que Porto Alegre ha creído que podía cambiar el mundo, y no sólo el fútbol o el Barça, en este caso de la mano de Ronaldinho Gaúcho, nacido en la capital riograndense. Por al menos un par de generaciones, incluida la de este cronista, la ciudad se asocia al ya citado intento de "globalización alternativa" que fue el Foro Social Mundial. El primer encuentro se celebró la última semana de enero de 2001 –hace justo un cuarto de siglo– como Némesis del poder económico de Davos. Entonces, las élites mundiales cabalgaban sobre el dogma de fe de la desregulación de unos mercados "más atentos a los intereses financieros que al bienestar de la gente", en palabras del Nobel de economía Joseph Stiglitz. La socialdemocracia se acostaba sin rubor con el neoliberalismo y creía que saldría indemne. La crisis del 2008 puso las cosas en su sitio. De ese polvo, vienen estos lodos. Los epígonos presentes son, también, los modelos de gobernanza tecnomedievales y autoritarios que asedian a las democracias liberales.
El Foro Social Mundial de Porto Alegre no surgía de la nada. Había entonces anteriores. Por ejemplo, los presupuestos participativos del ayuntamiento de la ciudad cuando fue encabezado por el alcalde Tarso Genro (1992-96), abogado laboralista vinculado al Partido de los Trabajadores. A finales de octubre de 1998, en un encuentro en Barcelona, Genro comentaba con este periodista que, en aquella época, "en la ciudad había una suerte de régimen asambleario, porque [los presupuestos participativos eran el resultado] de la combinación de las instituciones democráticas representativas más los consejos profesionales, los barrios, sindicatos, que formaban lo que podríamos decir una que podríamos decir". Porto Alegre pactaba consigo misma. Veinticinco años después, lo sigue haciendo. La coyuntura social, política, económica y tecnológica es muy distinta, por supuesto.
Aquellos movimientos sociales, ONGs y colectivos de activistas de izquierdas querían pensar formas más justas de organizar la economía y la democracia. El FSM se ofrecía como respuesta al neoliberalismo ya las grandes corporaciones, aspirando a hacerlo a escala global. Pregonaban que, frente a lo no hay opción, otro mundo era posible. "Contra el pesimismo de la razón [neoliberal, el FSM anteponía] el optimismo de la voluntad", para utilizar la clásica expresión de Antonio Gramsci. El experimento no tuvo éxito, y quizás causó tanta o más frustración como esperanza había despertado, al menos entre los más ingenuos o comprometidos. El FSM fue languideciendo poco a poco, hasta convertirse en una nota a pie de página de la historia de las utopías fracasadas aunque necesarias. Como dicen ahora en Caldeira, "el mayor riesgo es no tomar ninguna". En 2001 se arriesgaron. Ahora también. Pero la tecnología nunca es neutra, ni inocente. Los riesgos son evidentes. ¿Cómo se conjuran?
Visión del entorno del Instituto Caldeira desde la sala de fiestas del último piso.Q.A.Praza de Alfândega, en el centro histórico de Porto Alegre.Q.A.
Con el agua en el cuello
Un año después de que el Instituto se abriera como espacio físico –inicialmente, unos 4.000 metros cuadrados–, en el 2020 la pandemia envió a todos a casa. La gran hibernación podría haber terminado con el proyecto. Pero ocurrió todo lo contrario: la plaga y la necesidad del teletrabajo supuso la confirmación de que la apuesta tecnológica de sus impulsores era y sería estratégica en los próximos años. Caldeira la redobló. Pero superado el impacto de la covid, en el 2024 llegó otra sacudida, tan o más brutal, en este caso en forma de inundaciones. Y no sólo se vio afectado el Instituto, donde todavía se ven por todas partes las marcas de hasta dónde llegó el agua: a más de dos metros de altura.
Toda la ciudad y prácticamente todo el estado sufrió las consecuencias del mayor desastre natural de la historia de Brasil y uno de los más graves de América Latina. Entre abril y mayo del 2024 unos aguaceros sin fin dejaron 185 muertos. Más de 81.400 personas tuvieron que ser acogidas en refugios –todavía hay más de 300–. Hubo casi 600.000 desplazados, 806 heridos y todavía hay 23 desaparecidos. Dos millones de personas –el estado tiene una población de unos 11,2 millones– se vieron afectadas de una u otra forma. El 95% de los municipios declararon el estado de emergencia o calamidad. Durante semanas, las aguas también inundaron los bajos y sótanos de edificios en los que se guardaban obras de arte y todo tipo de patrimonio, que se perdieron irremediablemente. Cientos de miles de hogares quedaron igualmente destruidos. El Diluvio Universal se repitió en Río Grande do Sul.
Pero ni en estas condiciones Porto Alegre pudo escapar a su destino de sur del Sur Global. Analizados en una misma escala de Google Trends, las inundaciones provocadas por el Katrina (Nueva Orleans) en 2005 y las de RGdS muestran magnitudes de interés muy distintas. Las primeras son dominantes: ningún otro desastre similar del siglo XXI ha generado una atención informativa comparable. En cambio, las inundaciones en POA y RGdS registran elevados datos de búsqueda en Brasil, pero su impacto mundial es más modesto. La comparación revela cómo el interés público se dispara cuando un desastre ocupa la centralidad mediática internacional –Nueva Orleans– y se mantiene contenido cuando los titulares son, sobre todo, regionales. Los medios, y ahora las redes, construyen y destruyen mensajes, para parafrasear a Marshal MacLuhan. La devastación fue enorme, sin embargo. Nunca vista. El Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo y la Comisión Económica para América Latina y Caribe calcularon que el desastre supuso unos 16.000 millones de dólares en pérdidas económicas. Las emocionales de la población, más graves cuanto más vulnerable es, nunca se contabilizan.
Praça de Alfandega, en el centro histórico de Porto Alegre.ARALas inundaciones históricas del 2024 dejaron negada a buena parte de la región de Río Grande do Sul, en Brasil.GRBUna de las calles inundadas tras las fuertes aguaceros del 2024 en Porto Alegre, Brasil.ARA
Dieciocho meses después de todo aquello, la ciudad todavía intenta recuperarse y se prepara para futuros choques parecidos: las proyecciones climáticas indican que lo ocurrido en el 2024 –culminación de años de fenómenos climáticos muy severos– podría ser cinco veces más frecuente y el 20% más intenso. En la reconstrucción se ha comprometido a todos: la administración local, estatal y federal, empresas, sociedad civil, universidades, voluntariado.
La fractura de 'petistas' y 'bolsonaristas'
Una vez más, en un país que por lo menos desde fuera parece fracturado entre petistas y bolsonaristas, Rio Grande do Sul y POA se quiere abrir paso como una fórmula intermedia posible. A esta opción no es ajeno el gobernador del estado, Eduardo Leite, de 40 años, reelegido excepcionalmente para un segundo mandato y que evalúa actualmente sus posibilidades para concurrir como candidato de su partido, el PSD, a las elecciones presidenciales de octubre de 2026. Tiene una historia personal muy destacable y un magnetismo político. "Lo que quiero ayudar a hacer es encontrar un camino alternativo entre Lula y Bolsonaro. La polarización tan radical nos está causando muchos problemas. Las redes sociales, sin duda, lo están fomentando, pero creo que queremos y necesitamos llevar las cosas a un terreno mucho más pacífico, donde los conflictos puedan existir, pero sin que cada uno intente destruir quién es distinto", decía a este.
La tarea es casi titánica. Cómo lo es la reconstrucción de la ciudad y del estado. Pero, ¿realmente es posible el compromiso entre los dos polos? ¿Es posible que la experiencia de Caldeira y el llamado Pacto Alegre (2018), que está en la base de la cooperación que hizo posible el Instituto, tenga una traslación política que rompa la presente dinámica? ¿El espíritu de debate y la utopía que estuvo detrás del FSM, y que hizo de POA un faro mundial del pensamiento social, se ha transformado, sencillamente, en una utopía tecnológica sin alma o tendrá mucho más recorrido?
Carolina Cavalheiro, jefe de Desarrollo de Negocio y Comunidad del Instituto, no cree que "Porto Alegre haya cambiado una utopía por otra". Pero sí reconoce un hilo que conecta épocas muy distintas: "La capacidad de articular actores diversos en torno a un propósito con resonancia internacional". Antes esto tomaba la forma de un "gran espacio de encuentro y debate [el Foro Social Mundial]", sigue, hoy se expresa "en la creación de un entorno donde el talento elige quedarse, crecer e innovar, conectando oportunidades, educación, investigación y mercado".
Pero hubs tecnológicos existen en todas partes, a menudo más conectados globalmente o con más o igual financiación y talento que los que han crecido en Porto Alegre. ¿Qué aporta, pues, la ciudad? "La dimensión social", responde Josep Miquel Piqué. "El uso de la tecnología para propósitos sociales". Y pone un ejemplo: la red de wifi público instalada en la comunidad de Morro de Cruz –uno de los rincones menos favorecidos de la ciudad– por Procempa, la empresa municipal de tecnología. "Llevo Alegre –sigue Piqué– siempre ha tenido presente esta dimensión; otra cosa es cómo la ha abordado". Ahora lo hace a través de la innovación, después de un pasado de gran "debate social". En 2018, el Pacto Alegre cristalizó en un ecosistema que acelera y favorece proyectos colectivos. "La palabra que define el momento de la ciudad es colaboración", insiste Pedro Valério.
Piqué añade que lo que une el espíritu actual de la ciudad con el de los años del Fòrum es "la capacidad de acuerdo". "El Pacto Alegre –sigue– ha conseguido unir economía y sociedad para impulsar proyectos comunes de forma práctica, con un fuerte espíritu de acuerdo y diálogo sociales. Las empresas lo financian, pero las universidades son las líderes y actúan como agentes neutros e inclusivos, combinando las dimensiones económica y social". Son las universidades, por tanto, las que deben "liderar la necesaria reflexión sobre el impacto de las nuevas tecnologías". Sólo con reflexión ética y filosófica sobre los desafíos presentes se podrá consolidar la dimensión social que une el Porto Alegre de 2001 con el de 2026, por más distancias que los separen. Y, en este campo, una persona clave podría ser otro catalán muy vinculado a la ciudad: el doctor Joaquim Clotet, ex párroco de la Pontificia Universidade Católica del Río Grande del Sul(PUCRS).
La región de Río Grande do Sul es más cercana a la cultura argentina del churrasco.Estância das Oliveiras
Una tradición distinta
La cultura gaúcha, propia de Río Grande do Sul, se impone por encima de Brasil más tópico
Con 1,3 millones de habitantes, por historia y por voluntad, Porto Alegre es una urbe muy alejada de las postales habituales de Brasil: ya sean las de Río de Janeiro y sus playas, sus favelas o su carnaval; las del Pelourinho (Salvador de Bahia) lleno de colores y literatura de Jorge Amado; las de la caótica y dinámica Sao Paulo; o, más aún, Javier Reverte describió en un libro del 2004, El río de la desolación , en relación con el Amazonas y los inalcanzables mundos y culturas que fluyen a lo largo de su curso.
Porto Alegre, epicentro de la cultura gaúcha, está mucho más próximo físicamente de la frontera con Uruguay y Montevideo que de Río, por ejemplo. Porto Alegre es y no es Brasil; Rio Grande do Sul es y no es Brasil. Históricamente, ha acogido una gran inmigración italiana y alemana desde mediados del XIX. La identidad de su gente también está definida por una tradición vinculada a los antiguos gaudérios –los hombres de campo seminómadas que vivían a las grandes llanuras en los territorios de frontera con el Uruguay y la Argentina–, y al chimarrão – una especie de mate –, el churrasco , las bombachas o la música nativista.
La población no tiene un afán de independencia, como puede haber en una parte de la sociedad de Cataluña, de Escocia, del País Vasco u otras naciones sin estado. Pero es tanto el carácter que rezuma RGdS que no se puede obviar que libró una guerra por la defensa de sus intereses –una guerra de independencia, de hecho, llegando a declarar la República Riograndense– ante Brasil imperial, iniciada el 20 de septiembre de 1835. Lucharon los farrapos —revoltados rurales y militares— el estado, Bento Gonçalves, y, también por una muy carismática figura, el italiano Giuseppe Garibaldi y su esposa, Anita, más implicados en el intento secesionista de la República Catarinese. La Revuelta Farroupilha se alargó diez años y terminó con un acuerdo conciliador que permitió la amnistía, la integración de los sublevados en el ejército imperial y una serie de concesiones comerciales para los estancieiros —propietarios de grandes estancias de ganado—, tales como la reducción de impuestos sobre el charque , la carca.