K.O.

Rosalía, mucho más que un espectáculo musical

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Periodista i crítica de televisió
3 min

Un elemento omnipresente en el concierto de Rosalía es un gran lienzo blanco que sirve de telón del escenario, como si estuviera tensado por unos bastidores de madera. Es el reverso de una tela inmensa, como si vieras la parte posterior de un cuadro imponente. Con un Palau Sant Jordi todavía con las luces encendidas y con el público llenando la grada con prisa, el dorso de este lienzo espera paciente el inicio del espectáculo hasta que, cuando todo queda a oscuras, se abre por la mitad, como si accediéramos al interior de la obra de arte. Es una manera de decirnos que aquello que estamos viendo no es solo un espectáculo musical, sino también un proceso artístico que se expandirá ante nosotros. Es mucho más que un concierto, es una obra de arte total, en movimiento, llena de vida, de referentes y en constante evolución y transformación. Rosalía es la artista que va completando su obra durante las dos horas de espectáculo.

Enmarcar el escenario de una manera tan literal nos hace testigos de un ejercicio creativo magistral. El concierto es un cuadro en proceso de elaboración. Rosalía no se limita a interpretar canciones: compone escenas extraordinarias. Igual que un pintor va añadiendo capas de colores y texturas a su obra, la cantante va aportando niveles narrativos, símbolos y referentes. Hace dialogar sistemas culturales diversos desbordando cualquier límite. Es una suma de lenguajes artísticos que apelan a la cultura visual, a la historia del arte, a tradiciones musicales, a espacios sonoros, a corrientes estilísticas, a la moda, a la religión, a la diversidad lingüística... Rosalía aparece al inicio como una bailarina de Degas dentro de una caja de madera, y convierte el cuerpo en una especie de escultura, un objeto que toma vida sobre el escenario. Se ofrece al público como una experiencia colectiva de trascendencia. En una puesta en escena con constantes alusiones a la mística, los espectadores devienen una comunidad de fieles preparados para el éxtasis.

Cuando Rosalía canta una versión de Can’t take my eyes off you adopta la sensualidad de Rita Hayworth en Gilda, que a la vez emula a la Gioconda dentro del marco de un cuadro. El paisaje de fondo que hay pintado a su espalda, sin embargo, es la montaña de Montserrat. De inmediato, un pequeño grupo de espectadores tienen la suerte de subir al escenario y hacer de turistas fascinados que, como en el Louvre, retratan con el móvil la obra de arte.

Códigos y referentes

Rosalía mezcla códigos y referentes, pero en vez de buscar la fricción provoca una belleza y una armonía sublimes gracias a un criterio artístico muy sólido, al atrevimiento juguetón y a un finísimo sentido del humor. En un breve entreacto, el espectáculo propone un ejercicio similar al público para distraerlo de la espera. Es la hora del Art Cam, un experimento mucho más divertido que la famosa y típica Kiss Cam de los conciertos que ha desembocado en grandes disgustos virales. Una de las grandes pantallas proyecta obras de arte muy populares y la otra muestra a algunas personas del público y las invita a imitar la expresión de las figuras representadas: desde El grito de Munch hasta el Ecce Homo de Borja. Las personas enfocadas por la cámara hacen muecas para parecerse a ellas, entre la vergüenza de sentirse observadas por la multitud y las ganas de jugar. En el espectáculo, hay siempre el equilibrio justo entre la trascendencia y la proximidad, entre una diosa y la chica del BaixLlo.

Lux consolida a Rosalía como una profesional culta, estimulada por criterios que van más allá de las ideas comerciales y las inercias, que confía en un público que sienta la misma curiosidad que ella por evolucionar, experimentar, descubrir y aprender.

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