¿Cómo solucionar el caos de los aeropuertos?
Los usuarios del aeropuerto de Heathrow llevan tiempo lamentando los problemas de congestión de las instalaciones. Más allá del debate sobre si hace falta o no una tercera pista, muchas críticas tienen que ver con la gran cantidad de usuarios que se pasean desordenadamente por las terminales dificultando una circulación fluida. Heathrow da servicio a una gran cantidad de pasajeros en una superficie más reducida que otros grandes hubs europeos. Hace una semana, preguntado por esta cuestión, el director general del aeropuerto, Thomas Woldbye, arremetió la responsabilidad en los usuarios. A su juicio, no es un problema de espacio sino que la gente camina por donde no toca. El diario The Guardian recogió sus declaraciones: "El problema es que todos los británicos se mantienen a la izquierda y, normalmente, los europeos se mantienen a la derecha. Y lo hacen en ambos sentidos. Así, acabamos chocando unos con otros, y lo digo por experiencia personal". Woldbye insinuó que si no fuera por eso, todo sería más fácil: "Solo hay que asegurarnos de que todo el mundo que va en un mismo sentido se mantenga a la izquierda y que quienes van en el sentido contrario vayan por la derecha. Sé que es una simplificación, pero es el planteamiento que necesitaríamos ahora mismo".
Para Woldbye, la gente no anda bien. El director del aeropuerto tiene un sueño húmedo en el que, a coste cero, el problema de congestión se solucionaría gracias a la disciplina. De un día para otro, la multitud desordenada comprenderá que ella misma es la generadora del caos y establecerá un lado único por cada sentido, consciente del beneficio colectivo. Por una vez en la historia de la humanidad, miles de personas sin nada en común pasarían a priorizar el espíritu comunitario a lo individual. Se formaría una coreografía perfecta con un ritmo de circulación adecuado para que todos los usuarios pudieran avanzar sin aplastarse los zapatos, sin obstáculos ni dificultades. Todo el mundo al mismo paso. También podría estipularse la mano con la que se debe coger la maleta para reducir las posibilidades de fricción. Quizás habría que construir algún tipo de rotondas para facilitar el cambio de sentido en caso de haber olvidado el cinturón en el control del equipaje. Las personas caminarían con una fluidez fascinante, desviándose por las puertas de embarque como si fueran hormigas obreras organizando el nido. Gente desplazándose sin dudas, a paso firme y ligero. Concentrados, con maletas manejables, sin criaturas, sin ganas de ir al baño, sin hambre y siempre a tiempo. Ni demasiado temprano ni demasiado tarde. En perfecta sincronía con el vuelo.
En realidad, los aeropuertos son lugares diseñados para detenerse cada dos por tres y no para circular a ritmo militar. enormes instalaciones con usuarios poco familiarizados con el espacio. Pantallas cada pocos metros apretadas de letra pequeña con códigos y horarios. Indicaciones confusas. Áreas de espera en las que se acumulan pasajeros de vuelos perdidos o vidas erráticas. Colas en las puertas de embarque y serpentinas kilométricas para ordenar a la gente que espera. Letreros que indican aseos que a veces están fuera de servicio. Tiendas que tientan a realizar el último gasto y supermercados duty free más llenos y mejor iluminados que los de la calle de casa. Grupos organizados que se mueven como moscas despistadas, familias que se discuten, cochecitos de criaturas y chiquillos que descubre en la inmensidad de un suelo reluciente una pista para correr. Gente con prisa, cansada, cargada y desorientada. Culturas que generan inercias, talante e idiomas distintos.
El problema no es el diseño ni la saturación de las infraestructuras. Lo que molesta son a las personas. Ante esta utopía, quizá sea más realista empaquetarnos en el mostrador de llegada y aparecer, bien ordenados, en la cinta transportadora del equipaje.