Japón bate el récord histórico de deuda pública mientras acelera la expansión del gasto
El pasivo del estado representa más del doble del PIB en un momento en el que el gobierno de Takaichi pone a prueba la independencia del Banco de Japón
TokioJapón cerró el 2025 con un récord histórico de deuda pública, que se situó en 1.342,17 billones de yenes (unos 8,6 billones de euros), según datos publicados esta semana por el ministerio de Finanzas. La cifra, que supera ampliamente el doble del producto interior bruto del país –de unos 660 billones de yenes (4,2 billones de euros)–, llega en un momento clave, con el nuevo gobierno recién salido de las urnas apostando por una política fiscal claramente expansiva mientras el Banco de Japón inicia una paulatina normalización de los tipos de interés.
El volumen de deuda se ha incrementado en 24,5 billones de yenes respecto al año anterior (unos 157.000 millones de euros), impulsado principalmente por el aumento del gasto en seguridad social, defensa y servicio de la deuda, en un contexto de rendimientos al alza de la deuda soberana. Del total acumulado, 1.197 billones de yenes (7,7 billones de euros) corresponden a bonos del estado, a los que se suman 44 billones en préstamos (239.000 millones de euros) y 100 billones en bonos de financiación (541.000 millones de euros en cambio de la financiación en cambio de la financiación).
El problema no es sólo la magnitud de la deuda, sino el momento político y monetario en el que se alcanza este récord. El gobierno de la recientemente elegida primera ministra, Sanae Takaichi, ha optado por profundizar en una estrategia de gasto expansiva –especialmente en defensa, subsidios energéticos, apoyo a familias y empresas– justo cuando el Banco de Japón ha empezado a abandonar, tímidamente pero de forma significativa, la era de los tipos de interés ultrabajos. Esta descoordinación entre política fiscal y política monetaria abre una tensión inédita en una economía acostumbrada a financiarse sin apenas coste.
Durante décadas, Japón ha podido sostener un nivel de deuda extraordinaria gracias a un banco central dispuesto a comprar masivamente buenos soberanos ya mantener los tipos cercanos a cero. Pero ese equilibrio ya no está garantizado. Con la inflación consolidada por encima del objetivo y el Banco de Japón presionado para normalizar su política, cada punto de subida en los tipos incrementa de forma directa el coste de financiación del estado. El margen político para seguir gastando sin límites se reduce, y el gobierno evita un debate incómodo: hasta dónde puede estirar la deuda sin comprometer la sostenibilidad futura.
Impacto global
Este giro no es sólo un asunto doméstico. Japón es el principal acreedor mundial y una pieza clave de los mercados financieros globales. Cualquier cambio en su política monetaria tiene efectos inmediatos sobre el yen, los flujos de capital y el conocido carry trade, una operación en la que inversores internacionales se endeudan en yenes baratos para invertir en activos más rentables en el extranjero. Si los tipos japoneses siguen subiendo, este mecanismo puede deshacerse de forma abrupta y generar turbulencias en mercados emergentes y en plazas financieras occidentales.
Este escenario contrasta con el buen momento aparente de los mercados financieros japoneses. La Bolsa de Tokio, con el Nikkei 225 consolidado por encima de los 57.000 puntos, ha encadenado récords históricos, impulsada por la debilidad del yen, los elevados beneficios de las grandes corporaciones exportadoras y la entrada de capital extranjero. Esta euforia bursátil proporciona al gobierno un relato cómodo de éxito económico, pero esconde una realidad menos visible: el aumento del valor de los activos no corrige los desequilibrios fiscales, sino que puede contribuir a aplazar aún más un incómodo debate político sobre deuda, impuestos y sostenibilidad presupuestaria.
A diferencia de otras crisis, el riesgo japonés no proviene de un colapso inminente, sino de una acumulación de decisiones aplazadas. El país sigue siendo percibido como un deudor seguro, pero esa confianza se fundamenta en la idea de que el Banco de Japón actuará siempre como último garante. Si esa premisa se rompe, Japón podría convertirse, paradójicamente, en una fuente de inestabilidad global. El récord de deuda no es sólo un dato histórico: es un aviso sobre los límites de un modelo que ha funcionado demasiado tiempo sin ser cuestionado políticamente.
Interferencia política
El récord de deuda llega en un contexto de pobreza deliberada del debate político: el gobierno de Takaichi presenta la expansión del gasto como una necesidad casi natural –seguridad nacional, protección social, competitividad–, pero evita explicar cómo piensa financiarlo en un escenario de normalización monetaria. La cuestión de la deuda ha desaparecido del centro del discurso público, sustituida por una retórica de fortaleza económica que confía, implícitamente, en que el Banco de Japón seguirá absorbiendo el coste de las decisiones políticas.
Esta estrategia traslada el riesgo del terreno democrático al tecnocrático. El ejecutivo gasta; el banco central gestiona las consecuencias. Pero esta separación es cada vez menos sostenible: presionar al Banco de Japón para que mantenga una política acomodaticia mientras el gasto público se expande limita de facto su independencia y convierte a la política monetaria en una extensión silenciosa del programa fiscal. No sólo es una cuestión económica, sino una erosión del principio de responsabilidad política.
El problema de fondo no es tanto el volumen de la deuda como la ausencia de voluntad para asumir su coste político, puesto que ni el gobierno ni ningún partido de la debilitada oposición proponen reformas fiscales estructurales ni un debate honesto sobre impuestos, envejecimiento y sostenibilidad presupuestaria. La deuda se normaliza como algo técnico e inevitable, mientras se traslada a las generaciones futuras una factura que no ha pasado por ninguna deliberación democrática real. Más que una crisis inminente, Japón afronta una crisis de gobernanza económica.
La deuda japonesa ya no es sólo la herencia de años de estímulos, sino el resultado de una decisión política consciente y reiterada a lo largo de los años. El gobierno de Takaichi confía en que el Banco de Japón siga actuando como amortiguador permanente, neutralizando cualquier señal de riesgo y aplazando indefinidamente decisiones que tendrían coste electoral. Este pacto tácito permite sostener la estabilidad a corto plazo pero vacía el debate fiscal de contenido real y desplaza la responsabilidad fuera del campo político. Cuanto más se normaliza un endeudamiento sin límites claros ni relato honesto, más se erosiona la capacidad de control democrático sobre una de las variables centrales de la economía del país.