Periscopio global

El país donde la autarquía económica se paga en hectáreas de bosque tropical

El presidente de Indonesia ha convertido la producción de alimentos y energía en una prioridad nacional para reducir la dependencia exterior

Cultivo de cebolla en las laderas del Monte Cereme, Majalengka, Java Occidental, Indonesia.
18/09/2026 - 07:02 h.
5 min

TokioEl bosque ha desaparecido. El arroz ni siquiera se ha podido plantar. En Kalumpang, en el centro de la isla de Borneo, unas 200 hectáreas de bosque fueron taladas el año pasado para convertirlas en campos de arroz dentro del programa del gobierno indonesio para alcanzar la autosuficiencia alimentaria. Las máquinas empezaron a trabajar allí en abril de 2025 y en septiembre casi toda la zona ya había sido desbrozada. Un año después, los campos continúan prácticamente abandonados. El terreno, formado en buena parte por turberas ácidas, no es adecuado para el cultivo del arroz. Para los habitantes de la zona, aquel bosque tenía otro valor: les proporcionaba alimentos y materias primas.

Kalumpang es un pequeño episodio de una política mucho más ambiciosa. Desde que llegó a la presidencia, en octubre de 2024, Prabowo Subianto ha situado la autosuficiencia alimentaria y energética entre las prioridades de su gobierno. Quiere reducir las importaciones, aumentar la producción nacional y utilizar los recursos del país para impulsar un crecimiento económico que llegue al 8% anual.

“Ninguna nación puede ser libre si no puede proporcionar alimentos a su pueblo. Una nación no puede ser independiente si su suministro de alimentos depende de otros países”, afirmó Prabowo en enero. El gobierno da por alcanzada la autosuficiencia en arroz en 2025 y quiere extenderla a productos como el maíz y el azúcar. En paralelo, apuesta por los biocombustibles, sobre todo los derivados del aceite de palma, para reducir las importaciones de combustibles.

Tierra de la autosuficiencia

Para hacerlo hace falta tierra. El gobierno ha identificado 20,6 millones de hectáreas de superficie forestal que podrían acoger proyectos relacionados con la alimentación, la energía y el agua. Según la organización ambiental Auriga Nusantara, 8,8 millones de estas hectáreas todavía mantienen cobertura de bosque natural. Yakarta asegura que esto no significa que toda la superficie deba ser deforestada y que cada proyecto deberá pasar los estudios de viabilidad y los procedimientos ambientales correspondientes.

Los primeros proyectos permiten hacerse una idea de la escala. El programa estatal para crear nuevos campos de arroz prevé actuar sobre 455.000 hectáreas, unas 33.000 de las cuales mantenían cobertura forestal. Al sur de Papúa, los planes para producir arroz y caña de azúcar pueden llegar a afectar cerca de dos millones de hectáreas.

El ejército también participa en esta política. Miles de soldados y policías colaboran en la preparación de los terrenos, la construcción de carreteras y canales y el apoyo a las nuevas explotaciones agrícolas. El gobierno defiende su participación como una manera de acelerar proyectos que considera estratégicos para la seguridad nacional. Para las comunidades que viven en estos territorios, el bosque no es una superficie vacía. De allí obtienen alimentos, madera y otros materiales, y para muchos pueblos indígenas forma parte del territorio que han ocupado tradicionalmente. Cuando desaparece, también desaparecen recursos de los que dependen estas comunidades.

Los datos de deforestación añaden otra dimensión al debate. Según el análisis de satélite de Auriga Nusantara, Indonesia perdió 433.751 hectáreas de bosque en 2025, un 66% más que el año anterior. La organización calcula que más de 78.000 hectáreas están relacionadas con los programas de autosuficiencia alimentaria y energética del gobierno. Yakarta rechaza que la política consista en abrir indiscriminadamente el bosque para convertirlo en tierras agrícolas. Las autoridades insisten en que las superficies seleccionadas deben pasar procesos de verificación y que no toda la superficie identificada será deforestada. La discusión es también sobre qué considera el estado una tierra disponible para el desarrollo.

El precedente del Mega Rice Project

Indonesia ya ha vivido una experiencia similar. En 1995, durante el régimen de Suharto, el gobierno puso en marcha el Mega Rice Project, un plan para convertir más de un millón de hectáreas de selva tropical y turberas de Kalimantan en una gran zona de producción de arroz. Se talaron extensiones de bosque y se construyeron canales para drenar las turberas. El terreno no respondió como esperaban los planificadores. Tres años después, el proyecto había sido abandonado sin haber conseguido producir el arroz previsto. El drenaje había secado las turberas y las había dejado mucho más expuestas a los incendios. Los fuegos de 1997 y 1998 afectaron a cientos de miles de hectáreas de bosques y turberas de la región.

El proyecto de Prabowo no es el mismo, pero comparte con aquel plan una idea de fondo: convertir grandes extensiones de territorio en una herramienta para aumentar la producción nacional. La presión sobre el territorio no se limita a la agricultura. Indonesia también quiere reducir su dependencia del petróleo importado y aprovechar una de sus grandes materias primas: el aceite de palma. El gobierno ha acelerado el programa de biodiésel y este octubre está previsto que entre en vigor el B50, una mezcla con un 50% de combustible derivado del aceite de palma. Yakarta calcula que el B50 permitirá reducir las importaciones de diésel y ahorrar al estado unos 170 billones de rupias anuales. Para Prabowo, la fórmula es sencilla: menos dependencia energética del exterior, más consumo de materias primas nacionales y más actividad económica dentro del país.

La palma, sin embargo, también necesita tierra. Indonesia dispone de grandes extensiones de plantaciones ya existentes y el gobierno asegura que quiere aumentar su productividad antes de abrir nuevos espacios. El crecimiento de la demanda de biodiésel, no obstante, llega en un momento en que la presión sobre los bosques vuelve a aumentar.

Y hay otro país que mira hacia los bosques indonesios. Japón se ha convertido en el principal mercado exterior para los pellets de madera procedentes de Indonesia, utilizados como combustible en centrales de biomasa.

La madera que alimenta la transición japonesa

Las importaciones japonesas de pellets indonesios pasaron de 66.460 toneladas en 2023 a 402.310 en 2025, más de seis veces en solo dos años. En total, Japón importó el año pasado 8,64 millones de toneladas de pellets, un 35% más que en 2024. La biomasa ocupa así un espacio creciente en la estrategia japonesa para reducir el uso de combustibles fósiles. Pero la discusión comienza antes de que la madera llegue a una central eléctrica. Organizaciones ambientales y representantes de comunidades locales alertan de que la expansión de las concesiones para producir biomasa puede afectar a bosques naturales. En Indonesia hay al menos 45 concesiones de biomasa que ocupan más de 750.000 hectáreas, según datos recogidos por organizaciones ambientales.

Sobre el papel, la biomasa permite a Japón contabilizar parte de la electricidad producida como renovable. Sus efectos climáticos, sin embargo, son objeto de una discusión creciente. La combustión de la madera libera CO₂ y, según sus críticos, la tala de bosques puede generar emisiones importantes cuando se tiene en cuenta todo el ciclo de producción, transporte y regeneración forestal. Indonesia busca en sus recursos naturales una manera de depender menos del exterior. Japón, en cambio, necesita recursos de otros países para avanzar en su transición energética. Una parte de esta demanda acaba llegando a los bosques indonesios.

En Kalumpang, el bosque desapareció. El arroz ni siquiera se ha podido plantar. En otros puntos de Indonesia, los bosques se transforman en plantaciones, concesiones energéticas o materia prima para un mercado exterior que necesita biomasa. Yakarta quiere más alimentos, más energía y menos dependencia del exterior. Y para conseguirlo, necesita cada vez más tierra.

stats