¿Y si hace falta otra mirada sobre las nucleares?
La energía nuclear tiene muy mala fama y, ya desde Chernobyl, se ha ganado a pulso el miedo que provoca. Sin embargo, esto no ha impedido que muchos países siguieran apostando por ello porque la necesitan para seguir funcionando. Sin ir más lejos, en Cataluña supone más del 50% de la energía que generamos. El terremoto en Fukushima de ahora ha cumplido 15 años, sin embargo, dio argumentos a los antinucleares y varios países, entre ellos Alemania, pero también España, empezaron planes para desnuclearizarse confiando en un gas y un petróleo que parecían estables y en los que había tiempo para adaptarse a las energías renovables hacia una sostenibilidad a largo plazo. La guerra de Ucrania primero, que cortó el suministro del gas ruso, y ahora la del Golfo, han hecho cambiar las cosas.
De hecho, el debate sobre si esta decisión de cierre fue precipitada hace ya tiempo que está en marcha. Japón, por ejemplo, está intentando reabrir las centrales cerradas, y ahora más que nunca tendrá alicientes tras el parón del paso del gas y el petróleo por el estrecho de Ormuz. El canciller alemán, Friedrich Merz, ya ha dicho que fue un error, aunque no lo ve reversible. Reino Unido está construyendo nuevas centrales, más modernas, que serán las más caras del mundo. Y Francia, que siempre se ha mantenido fiel a su apuesta nuclear —también en lo que respecta al armamento— anima a Europa a invertir más y presiona para que se levante el veto.
Con la guerra de Ucrania, que rebajó mucho las expectativas de la gran revolución verde que se esperaba para esta década, las inversiones para la transición sostenible disminuyeron, y no sólo algunos países tuvieron que volver al carbón, sino que la misma Unión Europea incluyó la nuclear como "energía verde" se refiere a los residuos radiactivos— que se ha ido incrementando con el tiempo. El mundo necesita y consume cada vez más energía, pero todavía no existen alternativas reales a los combustibles fósiles y, además, éstos son cada vez más difíciles de asegurar. Por eso en Bruselas se está imponiendo un pragmatismo que posiblemente acabarán pagando a la larga.
La guerra en Irán ha reavivado aún más el debate, y esto puede acabar teniendo repercusiones sobre el futuro inmediato de las centrales catalanas. El sector está pendiente de lo que ocurra en la central extremeña de Almaraz, que es la primera que debería cerrar, el primer reactor a finales de este año y el segundo a finales del próximo año. Las empresas propietarias (Iberdrola, Endesa y Naturgy) han pedido al gobierno español que posponga el cierre hasta el 2030, y si acaba aceptando, esto afectará al resto de centrales, entre ellas las tres catalanas, que aseguran que pueden continuar diez años más con las inversiones necesarias. El debate está abierto y hay argumentos razonables en todos los casos porque, ciertamente, como explicamos también en el dossier de hoy, cada vez se ha aumentado más en seguridad, y el de las nucleares es uno de los sectores energéticos en los que hay más innovación. Sea como fuere, no se puede ser maximalista. Por el momento necesitamos energía y las nucleares todavía son necesarias. Sobre todo porque son necesarias grandes inversiones en redes de distribución y almacenamiento para hacer más fiables las renovables. Cualquier decisión debe tener en cuenta todas las variables.