¿Fronteras más seguras?
A finales del siglo XX al XXI, la globalización –tecnológica, comercial, cultural– ha hecho el mundo más pequeño, pero ahora tenemos la evidencia de que no le ha hecho más libre ni más permeable a la diversidad. De hecho, el aumento de la movilidad física y de la conectividad digital ha terminado produciendo en los últimos años un cierre de fronteras y un auge de los nacionalismos defensivos y agresivos. En poco tiempo hemos pasado de lo que se había anunciado como el triunfo del liberalismo y la democracia –el proclamado fin de la historia–, a la actual guerra de los aranceles, al rechazo xenófobo a la inmigración y al retorno de las guerras y de los imperialismos. Hasta llegar al segundo mandato del presidente estadounidense Donald Trump, que directa y bruscamente ha roto los equilibrios y consensos del derecho internacional y la multilateralidad diplomática surgidos después de la Segunda Guerra Mundial. El resultado es que hoy el mundo es más inseguro: se ha impuesto la dialéctica de la confrontación, directamente bélica –Ucrania, Gaza– o comercial. También ideológica y cultural.
Todo esto está teniendo una traslación directa en las políticas de control de fronteras, unos controles cada vez más sofisticados e invasivos para la intimidad de las personas. También unos controles que ya no se realizan sólo en la raya de entrada de los países, sino que se externalizan fronteras allá, en territorio de los países emisores de población migrante. A esto, además, cabe sumar el hecho de que la privatización de muchos de estos controles provoca serias dudas sobre quién gestiona los datos de los ciudadanos viajeros, tanto de los extranjeros como de los nacionales. Asimismo, también genera dudas sobre la transparencia del negocio que se ha generado en este nuevo sector de la seguridad a nivel global.
El caso español, tal y como se analiza en el informe que publicamos, no escapa a esta dinámica: implementación de nuevos sistemas de tecnología avanzada invasiva de origen militar –cámaras térmicas, drones con inteligencia artificial, iluminadores láser, herramientas biométricas y grandes bases de datos– y o bases de datos–. Fronteras más seguras, vale, pero ¿cómo y en manos de quién?
Sin tener que caer en ingenuidades ni renunciar, por tanto, a garantías de seguridad en un mundo ciertamente más inestable, parece claro que, en este asunto, hay que reclamar respecto a los derechos fundamentales tanto de los ciudadanos propios como de los migrantes, los cuales, aunque lleguen de forma irregular –a menudo en condiciones inhumanas–, por ejemplo no se les debería prevenir pateras. Tampoco es aceptable que tecnologías avanzadas y externalizadas vayan a parar a manos de grupos paramilitares en países dictatoriales. Son sólo dos ejemplos.
Situaciones como estas deslegitiman no sólo el derecho a realizar controles fronterizos, sino el propio estado de derecho de nuestra sociedad democrática, al tiempo que debilitan los valores sobre los que supuestamente está fundada. Por último, el hecho de que muchas empresas especializadas en seguridad fronteriza tengan, por vía directa o interpuesta, sello israelí y hayan probado sus artilugios de control fronterizo con la población de Gaza, es otro punto de oscuridad. El negocio es multimillonario y la opacidad de las concesiones de dinero público, demasiado grande.