El fútbol, deporte rey y negocio global, tiene la vertiente profesional deportiva y la vertiente política identitaria. Mueve mucho dinero, muchas masas de aficionados y muchas ilusiones. La afición por un club tiene un fuerte componente de adhesión emocional. El apoyo a una selección nacional, también, con la capa política añadida. El fútbol despierta pasiones y sublima guerras: mejor una competición entre jóvenes en el terreno de juego que un choque a vida o muerte entre soldados. Ojalá Ucrania y Rusia –o Israel y Palestina– compitieran en los estadios con un balón en lugar de hacerlo desde las trincheras con armas letales.
Hoy en día, además, a remolque de la globalización y de los crecientes movimientos migratorios, las selecciones nacionales cada vez reflejan más la mezcla identitaria de las sociedades modernas. Son un entorno de integración de la diversidad, a pesar de que algunos, como el expresidente español Mariano Rajoy, continúen anclados en patriotismos rancios, supremacistas y racistas. Messi habría podido jugar con España –se formó en La Masia del Barça y tiene nacionalidad española–, pero eligió Argentina. La madre de Lamine Yamal es ecuatoguineana y el padre, marroquí. Él es un chico catalán de Mataró, perfectamente bilingüe. Pero es que a la rojigualda (ahora blanqueada: una segunda equipación menos politizada y más fácil de comercializar) hay dos jugadores nacidos en Francia y nueve que juegan en equipos de fuera del Estado. Y el hermano de Nico Williams, Iñaki, compite con Ghana. Este esquema tan plural se repite en la mayoría de los combinados nacionales del Mundial: Francia aporta casi un centenar de jugadores nacidos en su territorio.
Las dos estrellas que marcarán este domingo la final de Nueva York representan exactamente la realidad del mundo en el siglo XXI: uno y otro son fruto de la globalización y las migraciones. Si algo los une, es el proyecto formativo del Barça, club, por otra parte, que hace la función sustitutoria de selección catalana, de ahí la vigencia del lema surgido durante el franquismo: el "más que un club". Antes de que se juegue la final, y al margen de cuál sea el resultado, La Masia ya es la auténtica ganadora: Messi es su producto más brillante y universal, y en las filas españolas hay ocho jugadores que se han formado allí, incluido el flamante nuevo fichaje del Madrid, Marc Cucurella, único futbolista en la selección del equipo de la capital española. En realidad, una final tan blaugrana, con Messi contra Lamine Yamal, es la peor pesadilla hecha realidad para los de Florentino Pérez.
En bastantes aspectos, el Barça ya hace tiempo que no es un club precisamente ejemplar. Pero, deportivamente, queda fuera de toda duda el éxito y la continuidad de su cantera, un valor consolidado que es de justicia poner de relieve y que es sinónimo, también, de deportividad y de un estilo de juego limpio, bonito y efectivo. Un estilo en el que el trabajo colectivo y la solidaridad de equipo son tan importantes como la ambición y autoexigencia individual. Así pues, sin necesidad de elegir Argentina o España, los barcelonistas pueden estar bien cómodos con el partido de este domingo: los suyos ya han triunfado.