Las vacaciones pagadas fueron, hace menos de un siglo, una conquista de la clase trabajadora, con Francia como primer país que las generalizó en 1936: 15 días para todos. Desde entonces, y en especial tras la Segunda Guerra Mundial, con la consolidación del estado del bienestar europeo, se ha avanzado mucho en bienestar vacacional. Solo así se entiende que el turismo se haya convertido en una industria global, con Cataluña-Barcelona como destino privilegiado. Pero se trata de una industria de poco valor añadido que, paradójicamente, está dejando no sin vacaciones, pero sí sin la posibilidad de disfrutarlas al nivel de años atrás. Cada vez hay más catalanes que no pueden permitirse estancias largas fuera de casa.
El turismo interno de catalanes ha caído un 6,8% desde 2024 y un 19,1% desde el récord absoluto de 2019. Los catalanes, en conjunto, hacemos menos turismo interior y viajamos un poco más al extranjero, pero una cosa no compensa la otra. El total de viajes de los catalanes ha bajado un 2,4% desde 2024 y un 9,3% desde 2019.
En los municipios de renta baja, se sale de vacaciones mucho menos que antes. En los de renta alta, un poco más. El factor clave que frena el hecho de marcharse es el precio de la vivienda: las familias con menos posibilidades han de dedicarle mucha parte de sus ingresos (también las de clase media, especialmente si viven en Barcelona). En esta tendencia a hacer menos vacaciones fuera de casa también influye otra necesidad básica en la que el encarecimiento de los precios se ha notado bastante: el mayor coste de la cesta de la compra.
En resumen, los hogares con menos renta son los que recortan más en vacaciones. Y los destinos más perjudicados son los de proximidad y, entre estos, precisamente los más turísticos, allí donde los precios han subido más en busca de un visitante de mayor poder adquisitivo, a menudo extranjero. Por ejemplo, Barcelona es uno de los destinos donde el turismo catalán ha caído más de 2024 a 2025: un 21,5%, aunque en la capital lo que domina es el turismo internacional. También han notado fuertes descensos de los visitantes catalanes la Costa Brava, la Costa Dorada y las Terres de l'Ebre, que dependían más del turismo interior.
La fractura socioeconómica interna catalana, con una población que cada vez vive más a dos velocidades diferenciadas, también se deja notar, pues, en el ocio vacacional. Probablemente pasa lo mismo con el ocio cultural o con el acceso a la educación superior. El ascensor social está averiado y afecta a todos los entornos. El turismo no se escapa. Claro: entre 2019 y 2025, los precios de los servicios turísticos catalanes subieron un 14,3%, bastante más que el IPC. De manera que todas las familias tuvieron que destinar una porción mayor de sus ingresos a la alimentación y la vivienda: ahora bien, los núcleos familiares con rentas bajas dedicaron casi el 60% de las ganancias, mientras que los más acomodados solo invirtieron entre el 43% y el 48%. En paralelo, las familias más humildes tuvieron que reducir más que el resto el gasto en transporte, restaurantes y alojamientos, que son precisamente tres de las principales partidas de la actividad turística.