Crianza
Estilo 29/06/2022

Begoña Gómez Urzaiz: "Mercè Rodoreda y Maria Montessori querían tener hijos pero no ser madres"

Periodista y autora de 'Las abandonadoras'

7 min
Begoña Gomez acaba de publicar Las Abandonadoras.

BarcelonaMuy poca gente sabe que Maria Montessori, un nombre que va ligado a crianza respetuosa, abandonó a su único hijo. Tampoco se sabe demasiado que Mercè Rodoreda –a la que casaron con su tío, catorce años mayor– también lo hizo cuando marchó al exilio. Comparten historias similares Doris Lessing o Muriel Spark. Mujeres brillantes con carreras de éxito, pero con capítulos personales oscuros, forzadas –o no– a dejar a sus criaturas en una decisión difícil de entender, porque sobre las madres, ya se sabe, recaen siempre todos los juicios. ¿Y es que qué tipo de madre abandona a sus hijos? Esta es la pregunta que la periodista Begoña Gómez Urzaiz hace tiempo que se hacía y que ha intentado responder en Las abandonadoras (Destino), en que recoge historias de algunas de estas mujeres célebres que tienen en común haber abandonado a sus hijos.

¿Por qué quisiste explicar la historia de estas madres?

— Era una obsesión que tenía desde hacía tiempo y que valía la pena explorarla, puesto que nadie había escrito sobre este tema. Me di cuenta de que era algo frecuente en algunas escritoras, pero es un tema muy poco explorado: las maternidades de las mujeres conocidas no se tratan casi nunca en sus biografías oficiales. No se le da importancia.

¿Por qué?

— Creo que es un reflejo machista, un tic patriarcal que lleva a una manera de entender la vida en la que la maternidad no es importante. Igual que no se ha dado importancia a las paternidades de hombres conocidos. No se considera relevante porque es un tema doméstico. Creo que es importante abordar las vidas desde todos los ángulos, incluso los ángulos más personales, porque nuestra vida también es lo que hacemos dentro nuestras casas, no solo en la vida pública.

¿Después de bucear en estas historias y en las vidas de estas mujeres, has llegado a alguna conclusión?

— La conclusión más básica es que muchas de estas mujeres querían tener hijos, pero no querían ser madres. Ser madre implica una cosa diferente; es una carga social, una transformación, convertirte en una cosa que apenas unos meses antes no eras, y esto es muy duro y es normal que haya gente que se quiera apartar de ello. Ellas querían tener hijos y no querían ser madres.

¿Esto las une a todas?

— A lo mejor a todas no, porque yo creo que había que no querían tener hijos, pero que los tuvieron por imperativo social, como el caso de Mercè Rodoreda, a la que casaron con su tío, que era mucho mayor que ella, cuando era jovencísima. De hecho, se había criado con él como una figura paterna. Aquella era una relación muy extraña.

Tú evitas juzgar a estas mujeres y esto es una novedad. Si una cosa sabemos las madres, es que somos objeto constante de juicio y críticas.

— Este era el punto de partida del libro. No quería ponerme en el papel de fiscal, quería estar en el banquillo de los acusados con ellas. La maternidad es un tema abierto a debate, y por eso he intentado explicar estas historias desde la empatía, a pesar de que reconozco que mi impulso inicial era juzgador y lo explico en el libro. De hecho, me castigué por hacerlo, me pregunté por qué estaba dudando de estas mujeres y de sus decisiones y de alguna manera lo he continuado haciendo a lo largo del libro. Pero en conjunto ha sido un proceso de intentar entenderlas, de dialogar con ellas. Cuando escribes con profundidad sobre alguien es como que aquella persona te acompaña todo el día y vas pensando en todo lo que hizo y por qué lo hizo.

¿Las has entendido al final?

— Sí, a la mayoría sí. A algunas más que a otras, también es verdad.

¿Hay alguna historia que te haya tocado más?

— Todas me han tocado mucho. La historia de Rodoreda, por ejemplo, la encuentro de película, y creo que esta parte de su vida no se explica nada, está como escondida, y pienso que se tiene que hablar de ella y con normalidad. Ella no necesita más canonización, pero hay episodios de su vida que no están nada tratados y quizás son los capítulos que incomodan, como su relación crepuscular con Carme Manrubia. También me fascina la historia de Doris Lessing con la relación que tuvo con su tercer hijo, tan tensa y tan opresiva al final, y con la hija que acogió.

Una historia que llama la atención es la de Maria Montessori...

— Me chocó mucho, porque ella no crio a su hijo. Si lo hubiera hecho, tendría que haber renunciado a su carrera de médica y no quería hacerlo. Y lo que es curioso de este caso es que fue su madre quien la empujó a renunciar a su hijo. Su madre, que sabía lo que significaba la renuncia a tener un hijo, era una madre un punto opresiva que tenía en su hija su objeto más precioso. Montessori después quiso compensar a este hijo y crearon una relación un poco asfixiante; trabajaron juntos toda la vida, ella incluso le eligió las esposas…, una relación marcada por la culpa desde el inicio.

La maternidad va ligada a la culpa. ¿Por qué?

— Creo que la frase “la culpa es de las madres” es universal y atávica y puede funcionar en cualquier cultura y momento de la historia. “La culpa es de las madres” es una frase que siempre encuentra maneras de reciclarse y ahora mismo también, aunque parece que nos hemos librado de esto. Lo encontramos, por ejemplo, con la ciencia. Esta semana leía la noticia de que el estrés de las madres perjudica a los hijos. Te están diciendo: no estés estresada que se lo pasas a tus hijos. ¿A quién le sirve esto? O las teorías de la impronta fetal, que estudian todo lo que pasa durante el embarazo y cómo impacta en tu hijo. No lo cuestiono; solo digo que tenemos que pensar en las consecuencias sociales de estos descubrimientos científicos porque juegan a favor de la frase “la culpa es de las madres”.

Y las redes no ayudan a dejar atrás la culpa cuando tenemos todo este escaparate de madres perfectas.

— Sí. En estas maternidades todo es perfecto, incluso la suciedad y las casas desordenadas son perfectas y esto incrementa la sensación de culpa. Ya llevamos cierta alfabetización digital y sabemos que está preparado, pero nos afecta igualmente. Y después hay el fenómeno que algunas de estas momfluencers, lo digo en el libro, están flirteando con la idea más conservadora de la maternidad, con eslóganes antifeministas y a favor de una idea retrógrada de lo que tiene que ser una madre.

¿La relación del feminismo con la maternidad ha sido complicada?

— Sí. Han tenido una relación de fricción durante todo el siglo XX. Es comprensible, porque cuando una mujer se rebela contra el lugar doméstico que le ha preparado la sociedad, pues la parte central de este lugar es la maternidad. Pero ahora mismo un feminismo que no se ocupe de la maternidad no tiene interés. Todavía hay cierta maternofobia en algunas secciones del feminismo, pero esto se tiene que superar. El feminismo tiene que servir para redefinir la maternidad.

Ahora hay una tímida reivindicación de las malas madres, madres imperfectas pero siempre dentro de la corrección.

— Sí, hemos generado un modelo de mala madre cuqui y aceptable que es muy fértil y ha dado para muchos libros, anuncios, series… Ves que se permiten unas pequeñas transgresiones, pero que no son significativas, porque solo están fortificando el modelo de la madre canónica y si vas más allá te penalizan. Es normal que lo hagamos y yo también participo de ello porque es una válvula de escape, pero no nos está llevando muy lejos. Este perfil de la mala madre cuqui es la que compra el disfraz en Amazon, el pastel en el Mercadona…, pero son otras cosas las que tenemos que cuestionar.

¿Qué es lo que tenemos que cuestionar?

— Todo. El modelo de crianza competitiva e individualista que tenemos en el que cada familia invierte en su hijo como si fuera un bien material, una inversión que tiene que salir bien y que genera mucha presión para todo el mundo. También habría que hablar de la soledad en la crianza. Todo el mundo tiene sus problemas y se los soluciona solo, todo el mundo se lleva sus dramas de puertas adentro, y esto no tiene sentido. Es un modelo de crianza poco solidario, con poca red, nos estamos encontrando muy solos.

¿Un libro como el tuyo pero con hombres interesaría?

— Que los hombres abandonen a los hijos no es noticia y no interesa, pero tendríamos que hablar de ello. Tenemos que empezar a reescribir las vidas de los grandes hombres teniendo en cuenta sus vidas domésticas. Es un poco lo que hizo Maggie O’Farrell con su libro Hamnet: ¿cómo puede ser que nadie, ningún estudioso de Shakespeare, haya dado importancia al hecho de que su hijo muriera con 11 años y que un año después de su muerte escribiera una obra dedicada a él –Hamlet–? Que se te muera un hijo es un hecho dramático en la vida y en la de Shakespeare también. Tenemos que unir obra y artista porque la vida se cuela en la obra siempre.

Al final del libro incluyes varias historias de mujeres migrantes. ¿Por qué?

— Porque son las más habituales. Son las que se ven obligadas a dejar a los hijos y lo tenemos tan normalizado que casi no lo vemos. Quizás no nos parecen trágicas y sí que lo son. Se tiene que hablar de ellas y darles espacio. La circunstancia más comuna que lleva a una mujer a separarse de sus hijos es el dinero. Y se generan unas historias con patrones que se repiten: la distancia que se genera, la extrañeza, la dificultad del reencuentro, las expectativas, las separaciones, cómo ellas vuelcan todo este amor en los niños que cuidan aquí y se generan también relaciones complicadas…

¿Cómo fue recoger estos testigos? Porque leerlos es muy duro.

— Quería hacer un contrapeso. Es un capítulo que casi anula los otros, pero tampoco se trataba de hacer una cosa virtuosa diciendo estas mujeres sí y estas no, como si las otras fueran unas frívolas que querían escribir. No se trata de esto, sino de ampliar el foco.

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