Cuerpo y Mente

Pantallas, azúcar y 'scroll': así nos hackean el cerebro con superestímulos

Entrevistamos al experto en biomedicina Nicklas Brendborg, autor del libro 'Sobreestimulados'

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11/05/2026
4 min

BarcelonaPor qué nos cuesta tanto dejar de comer alimentos procesados, hacer scroll con el móvil o ver series durante toda la noche? En todo el mundo hay una epidemia de problemas relacionados con la salud mental y las adicciones, sobre todo entre los jóvenes, y aparentemente no parece que estén relacionados. Pero nada más lejos de la realidad: todo viene de los superestímulos.

Los seres humanos nos sentimos atraídos de forma instintiva por los superestímulos, que son versiones exageradas y antinaturales de cosas que nos producen mucho placer, como los alimentos, el sexo o el reconocimiento social. Esta es la razón por la que nos obsesionamos con hacer scroll sin parar, comemos dulces ultraprocesados y nos pasamos las noches enganchados a las plataformas de streaming. La buena noticia es que todo esto no se debe a que nosotros seamos débiles, sino a que muchas empresas con poder se gastan millones de euros para manipular nuestra biología para que consumamos más.

Al menos esta es la premisa del libro Superestimulados (Destino, 2025), escrito por el experto en biomedicina Nicklas Brendborg, en el que analiza desde la perspectiva de la bioquímica las principales tácticas que utilizan las empresas para crearnos estímulos que nos generen un placer inmediato y nos arrastren hacia la adicción.

Uno de los grandes exponentes de todo este montaje es la pasión que tenemos los humanos por el azúcar. Durante milenios, hemos buscado el azúcar comiendo fruta. Pero nada natural puede competir con un caramelo hecho del mismo gusto: “Si en lugar de una fresa fabricas un caramelo, y con la tecnología haces que el gusto de la fresa sea mucho más dulce, es normal que acabes prefiriendo el producto procesado”, explica Brendborg. Y lo mismo pasa con elementos como la grasa y la sal, a los que se añaden aditivos artificiales para potenciar su sabor y engañar al cerebro para que cada vez tenga más necesidad de consumir.

Opciones infinitas

En el ensayo, Brendborg también habla sobre los superestímulos sexuales, que se encuentran en miles de webs pornográficas y que crean dependencia en muchos de sus seguidores, sobre todo hombres heterosexuales. En estos vídeos no solo se exageran los atributos sexuales de los actores, sino que también se presentan un gran abanico de mujeres que hacen que se acaben quedando mucho más tiempo en la plataforma. “Llega un momento en que las mujeres del mundo real no pueden competir con estos superestímulos y muchos de estos hombres sienten menos deseo hacia sus parejas”, lamenta el experto.

Este hecho también está relacionado con que cada vez cuesta más emparejarse y establecer una relación comprometida con otras personas. “Las aplicaciones de citas nos muestran miles de personas como potenciales parejas. Pero, irónicamente, nos cuesta más elegir una opción cuanto más variedad tenemos, y nos sentimos mucho menos satisfechos con nuestra elección sabiendo que detrás hay tantas otras posibilidades”, explica Brendborg. Todo esto provoca que cada vez haya más relaciones inestables y con falta de compromiso, porque “siempre puede haber algo mejor” al otro lado.

Otro superestímulo es la manera como nos relacionamos con las pantallas. En este sentido, el autor analiza el funcionamiento de las compañías tecnológicas que ganan dinero a partir de la manipulación de nuestros instintos sociales, como las redes sociales o los creadores de contenido audiovisual de entretenimiento. “Solo pretenden que pasemos el mayor tiempo posible enganchados a su producto”, afirma. En el caso de las plataformas de streaming, el peor enemigo es el sueño. Quien duerme no consume.

Y ¿por qué nos enganchan tanto las series? Por ejemplo, ¿cuántas hay que giran alrededor de un grupo de amigos que viven aventuras juntos, o de una familia que comparte situaciones constantemente? “Son experiencias que, en teoría, podríamos vivir muchos de nosotros, pero la serie elimina todo aquello que no es estimulante: los silencios incómodos, los días de lluvia, la rutina en la que no pasa absolutamente nada”, matiza Brendborg. Lo que hace la ficción es identificar qué puede resultar atractivo y exagerarlo. Como es un relato inventado, las historias se llevan al extremo: siempre hay algo divertido, siempre hay situaciones disparatadas. “Y así llegamos al punto en que una familia real o un grupo de amigos normal no pueden competir con este bombardeo de superestímulos. Es sencillamente imposible”, indica.

En cuanto alscroll obsesivo con el móvil, al final, responde a una necesidad muy humana: sentirnos parte de una vida social, obtener reconocimiento, seguir qué hacen los demás. El patrón es el mismo. “En la vida real nos gusta que alguien nos felicite o nos diga que le gusta nuestro jersey; pero en las redes podemos recibir cincuenta o cien «Me gusta» en cuestión de minutos”, continúa Brendborg. El nivel de reconocimiento es mucho más alto del que nunca tendríamos cara a cara. Es, de nuevo, un superestímulo.

Esto lleva a una paradoja: hay personas que tienen menos amistades y pasan menos tiempo socializando... pero no porque se hayan vuelto menos sociales, sino porque la vida real no puede competir con la versión digital de la socialización, ya que el móvil ofrece una gratificación inmediata y exagerada y acaban refugiándose en este entorno digital.

Una de las consecuencias de vivir rodeados de superestímulos es el aumento de la ansiedad, la depresión y el aislamiento. Por suerte, siempre estamos a tiempo de contrarrestar el problema. Brendborg pone como ejemplo la lucha contra las tabaqueras: El tabaco también es un superestímulo y, con el tiempo, establecimos normas, restricciones, impuestos”, señala. Pero probablemente una de las medidas más efectivas fue informar a los consumidores sobre los perjuicios de fumar y sobre las prácticas manipuladoras de la industria.

De la misma manera, hoy necesitamos que la gente tenga suficiente información para llegar a decirse: “Ya no quiero hacer esto, porque sé que me perjudica”, concluye.

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