Cien años de la reina Isabel II: estas fueron las peores polémicas de su largo reinado
Durante los 70 años que llevó la corona, Isabel II tuvo que enfrentarse a grandes desafíos para la institución en un contexto cambiante que en algunas ocasiones no supo identificar
BarcelonaLa reina Isabel II, que esta semana habría cumplido 100 años, estuvo tanto tiempo en el cargo que tiene una anécdota o una imagen particular depositada en el cerebro de cada uno. Tanto dentro como fuera del Reino Unido. Unos la recuerdan protagonizando una visita de estado a su país, otros por cómo iba vestida a la boda de alguno de sus cuatro hijos, otros inaugurando un nuevo año político en el Parlamento británico, otros disfrutando de las carreras de caballos de Ascot, y otros simplemente acompañada por sus corgis... Y es que la exposición continua a los medios a lo largo de su vida, la particular imagen de mujer normal y corriente que desprendía, y su adhesión a todas las tradiciones más decimonónicas –a las cuales nunca renunció–, hicieron que fuera una persona que resultaba a partes iguales cercana e inalcanzable. Es decir, alguien memorable, uno de los mayores activos a los que puede aspirar un monarca.
Esta precisa mezcla 100% isabelina, además, se sostuvo a lo largo de los 70 años que encabezó la Corona británica. Siete décadas en las que tuvo que capitanear una institución fuertemente sacudida por los escándalos que protagonizaban la mayoría de sus miembros y que, en primer término, la tenían a ella como parachoques. Esta disociación pública entre el protagonista del escándalo en cuestión y quien daba la cara fue una máxima que se mantuvo siempre menos en una ocasión, en la que fue ella quien cometió el pecado contra el cual la sociedad clamaba.
Reina por un escándalo
Durante su reinado los escándalos fueron tan característicos que hasta en la génesis de su ascenso al trono hay uno. Se trata del terremoto social y político que originó el enamoramiento de su tío, el rey Eduardo VIII, que abdicó para poder casarse con la norteamericana Wallis Simpson, una mujer divorciada. Esto fue la puerta de entrada del padre de Isabel II –el rey Jorge VI– a la jefatura del estado y, posteriormente, a ella como heredera. Aquel escándalo tan sonado, de hecho, la persiguió también como reina, ya que, como su padre murió pronto –estuvo solo quince años en el cargo–, fue ella quien tuvo que enfrentarse a las provocaciones políticas y reclamaciones económicas que hacía su tío, entonces duque de Windsor, desde París, donde vivía exiliado.
También su hermana fue una gran coprotagonista –por no decir antagonista...– de su reinado. La princesa Margarita, que nunca tuvo la moderación como rasgo prominente de su personalidad, se enamoró del oficial del ejército Peter Townsend. Por las normas de la época no podía casarse con él, entre otros motivos porque estaba divorciado. A pesar de todo, el asunto se hizo público, así como la resistencia de Margarita a cumplir las normas de la tradición que representaba en última –y primera...– instancia su querida hermana Isabel, que no le permitió hacer realidad su sueño amoroso. Después de someter la vida al deber y no casarse con Townsend, Margarita acabó casándose con el fotógrafo Antony Armstrong-Jones, de quien se acabaría divorciando después de que se conocieran las infidelidades que se dedicaban el uno al otro. Aquel divorcio fue el primero en siglos de un miembro directo de la familia real, y no fue la última polémica de Margarita, famosa por su vida libre en la isla caribeña de Mustique, donde no ocultaba las relaciones que tenía con hombres más jóvenes o sus fiestas sonadas –que ya venían de lejos y siempre incluían pocos aristócratas y muchos artistas–, cosa que la moral de la época no estaba dispuesta a pasar por alto.
El turno de los hijos
Después de los shows de los parientes encontrados llegaron los de los propios. Y es que los hijos de la reina Isabel II –que ya tenía dos cuando llegó al trono, a los 25 años– le han dado disgustos superlativos, tanto a ella como a la institución que los mantiene a todos como un rey. Lo más sonado es el matrimonio del primogénito con Diana Spencer, Diana de Gales después de casada. Aquello fue un desastre desde el principio. A pesar de que la gente se enamoró de aquella preciosa joven desde un inicio, todo aquel amor que la casa real habría podido capitalizar se le acabó volviendo en contra cuando Lady Di empezó a defenderse de una monarquía que solamente la quería sometida.
En 1992 la situación era tan insostenible que Carlos y Diana se separaron, principalmente por la relación de él con Camilla Parker, de quien siempre había estado enamorado y con quien nunca se habían dejado de ver. Aquello fue el colofón de un año terrible, el 1992, que la monarca bautizó en un discurso muy recordado con el latinismo annus horribilis. Cuatro años más tarde, para poder reconducir aquella situación, Isabel II recomendó a su hijo mayor de manera pública que se divorciase. Aquello marcó un punto de inflexión, ya que hasta entonces la reina siempre había considerado asuntos familiares todos los escándalos previos, y no asuntos públicos de la institución.
Otra sociedad
De la mano de Diana, la reina conoció cinco años después de su año horrible uno de los momentos más bajos de todo su reinado. Después del accidente mortal de la madre de sus nietos en el puente del Alma de París, el desconcierto por la muerte de Lady Di era global. A pesar de ello, la reina siempre trató el deceso como si fuera el de alguien que no era miembro de la familia real, y eso indignó al Reino Unido y también al extranjero. El fervor popular por Diana y las montañas de flores y postales acumuladas a las puertas de Buckingham dejaron una imagen para el recuerdo de la reina, vestida de negro y rodeada por todas aquellas muestras de afecto popular por su exnuera con una mirada descolocada, propia de alguien que se estaba dando cuenta en ese mismo momento de que los tiempos habían cambiado más rápidamente de lo que ella había sido capaz de concebir. Cuando poco después pasó el féretro de Diana por las puertas de palacio, Isabel le hizo una reverencia con la cabeza: una de las pocas que se le recuerdan. El reconocimiento en público de un error –con la bandera de palacio por fin a media asta y un discurso televisado de condolencia– que se convirtió en un pasillo simbólico hacia una nueva etapa de su reinado.
El 1992 fue horrible para la monarca, porque se le quemó el castillo de Windsor pero también porque sus hijos estaban haciendo lo que ella no podría hacer nunca –a pesar de haber tenido motivos–: divorciarse. En un solo año, su hija Ana se divorció del capitán y padre de sus dos hijos Mark Phillips y se casó con otro miembro del ejército, el vicealmirante Timothy James Laurence. Su hijo preferido, Andrés, también se separó de Sarah Ferguson aquel año. Había habido rumores de todo tipo sobre el matrimonio. De hecho, aquel mismo año, poco después de anunciar que se separaban, la prensa británica publicó unas imágenes de ella con un empresario de los EE. UU. en las cuales él aparecía lamiéndole los dedos de los pies. Una imagen realmente horribilis que debía perseguir intrusivamente la mente de la reina hasta la muerte. Tal como el Tampaxgate de Carlos y Camila, filtrado en 1993.
Un trágico epílogo
El último tramo de su reinado estuvo marcado también por Andrés, del que trascendió que era pederasta y había hecho negocios poco claros con el también pederasta Jeffrey Epstein cuando estaba a sueldo de los británicos para conseguir inversiones para el país. La reina siempre lo avaló e hizo servir todo su poder para protegerlo. Incluso pagando la mayor parte de la millonada que le costó evitar el juicio por pederastia que tenía pendiente en EE. UU. Aquel aval ha sido un escándalo en diferido para su hijo heredero, Carlos, que ha tenido un hartazgo para extirpar a Andrés de la institución. El caso ha puesto en cuestión la ética democrática de un sistema que le ha dado todas las dignidades a alguien que, en cualquier otra institución, habría sido apartado preventivamente desde el primer momento del escándalo. La trayectoria de Andrés de York como miembro de la familia real quizás acabará siendo analizada por los historiadores como un error de juicio mayúsculo de la reina, que se dejó llevar más por la pasión que por el deber.
Y, para acabar, un escándalo de escala planetaria que sería propio de la cuarta generación, pero como Isabel II reinó tantos años se produjo dentro de su reinado. Se trata del abandono de la familia real en activo del príncipe Enrique y su esposa, Meghan Markle, que no tuvieron bastante con marcharse sino que, además, se marcharon reclamando derechos de toda índole a la monarca y, posteriormente, concediendo entrevistas remuneradas en EE.UU. para hacer caja a costa de perjudicar la institución de su abuela. Ir públicamente en contra de la imagen de miembros de la familia es un grado de degradación del sentido del deber que Isabel II jamás habría podido imaginar, y que le tocó, con más de 90 años, capear.