Durante el verano, en la hierba de la piscina, cuando humea el café de la mañana, durante el atardecer de cerveza y brisa fresca, es el momento de coger aquellos libros viejos e importantes que piden una lectura lenta y profunda. En mi caso, la obra escogida ha sido el Daodejing y fragmentos del taoísta Zhuangzi. Son escritos que hay que leer como un poema: deteniéndose en cada palabra, al tiempo que dejándose llevar por el espíritu del conjunto. La mística taoísta es, a la vez, seductoramente lejana y sorprendentemente aplicable al mundo actual. Nos habla de una China de hace miles de años, donde imperaba un mundo materialista, acelerado, utilitarista, hipócrita y belicoso. Y de cómo salir de este círculo nocivo y absurdo. Autores como Tolstói, Heidegger, Borges o Le Guin han sido lectores profundos de la literatura taoísta.
A menudo se habla de China como una nación confuciana. Es verdad que, durante siglos, el confucianismo ha sido la ideología oficial del imperio. Pero ha habido otras filosofías que han tenido un papel importante. Ahora mismo, el marxismo tiene más influencia en los líderes chinos que Confucio. Otra rama filosófica menos conocida, el legalismo de Han Fei, ha servido para legitimar una visión maquiavélica y hobbesiana, donde el autoritarismo y la violencia son las grandes herramientas para gobernar el imperio. El taoísmo, como una corriente subterránea, oscura, fluida y constante, ha estado siempre presente, a veces llevando las mejores mentes del país a retirarse como ermitaños a las montañas y, en otras ocasiones, haciendo estallar movimientos revolucionarios, milenaristas y populares, que han hecho caer dinastías.
El impulso vital del confucianismo siempre ha sido la vida activa y política: el autocultivo para crecer éticamente, la vida de letrado para influir positivamente en el imperio. Es una filosofía orientada a la acción. El taoísmo, por el contrario, confía en la resolución natural de las cosas, en no forzar ninguna situación. El mundo se mueve en círculos vitales infinitos: vida y muerte, guerra y paz, ventura y desventura. Ninguna situación es permanente. Hay fuerzas silenciosas y orgánicas que haríamos bien en escuchar y seguir. El confucianismo observa el mundo como un ingeniero, buscando solucionar problemas para construir un equilibrio social armónico. El taoísmo, en cambio, se mira el mundo más bien como un viejo campesino, que tiene una intuición trabajada por los años de experiencia, adaptándose a lluvias, vientos y sequías que están más allá del control de los hombres.
Consejo para el gobierno chino
¿Qué le diría un sabio taoísta al actual gobierno chino? Que enfrentarse a Estados Unidos es el camino a la derrota: los imperios suben y caen por sí solos; solo hay que esperar de manera paciente. Que el mejor gobierno es aquel que pasa desapercibido: que deje que el pueblo crezca de manera natural, que la innovación y el éxito económico han florecido cuando el Partido no ha querido controlar y orientarlo todo. Que gobernar a través de leyes, imposiciones y exhortaciones morales es contraproducente, conduce a la hipocresía: a largo plazo, la única fuerza personal sólida es la construcción del carácter.
Si un sabio taoísta dijera esto, seguramente el gobierno no le escucharía. El sabio se retiraría, sonriendo y silencioso. Y continuaría susurrando eternamente al alma de los grandes intelectuales, de las grandes masas populares chinas, como ha hecho durante siglos.