Memorias de un bombero del 11-S: "Incluso los días festivos bajaba a buscar los restos de mi padre"
Veinticinco años después, Joe Downey ve cómo sus hijos comienzan a vestir el mismo uniforme con el cual murió su padre, también bombero, durante el 11-S
Nueva YorkPara Ray Downey, el 11-S fue el último acto de servicio como jefe de operaciones especiales del cuerpo de bomberos. Para su hijo Joe, también bombero, fueron ocho meses entre escombros y humo buscando los restos de su padre. Para sus nietos, Connor y Joseph, es un recuerdo heredado: el de su padre, Joe, dejándolos en casa de unos vecinos mientras se marchaba corriendo hacia el World Trade Center.
El mismo año que se cumple el 25.º aniversario de los atentados, Joe está a punto de jubilarse con 64 años –un año más de los que tenía su padre cuando murió, 63–, cuando sus hijos apenas acaban de entrar en el cuerpo de bomberos de Nueva York.
"No volví a casa, aquel día. Los siguientes cinco o seis días yo y mi hermano, que también es bombero, nos quedamos allí. Dormíamos allí mismo, en el suelo. Nos traían comida y comíamos allí. Nos quedamos por si encontraban a alguno de los compañeros que habíamos perdido, pero especialmente porque si encontraban a nuestro padre queríamos estar allí para sacarlo nosotros”.
Joe vuelve a aquel día con la misma firmeza con la que se recorre con el dedo el relieve de una vieja cicatriz. Lo hace cada mañana cuando entra en la oficina. "Desde este despacho es donde mi padre respondió al primer aviso y después fue hacia el World Trade Center. Durante los últimos cuatro años yo he ocupado su lugar, aunque el cargo tiene un nombre un poco diferente: yo soy el jefe de rescate. Son sentimientos contradictorios. Evidentemente, la mayoría son buenos, porque de alguna manera he podido continuar su legado", explica el bombero detrás de una mesa de caoba llena de papeles amontonados. Las voces granulosas de las radios de comunicaciones envuelven la modesta sala de la estación, en medio de Roosevelt Island.
Las fotografías de Ray durante los años de servicio en el cuerpo de bomberos se entremezclan con las fotografías familiares. En uno de los estantes, guardada dentro de una pequeña vitrina, hay una gorra de color azul marino que todavía está cubierta por un polvillo blanco. En blanco y rojo hay bordado "Jefe de los equipos de rescate. FDNY". Joe se levanta para acercarse a la gorra y señalarla con una sonrisa torcida. Sin dejar de mirarla explica que el tercer o cuarto día –ya no recuerda exactamente cuál– les avisaron de que habían localizado el camión de su padre. Dentro estaba esta gorra y la del uniforme. Cree que también estaba el rosario personal de su padre. Mueve los dedos en el aire, como si pasara unas cuentas invisibles.
"Era una locura, porque aquellos edificios tenían muebles, sillas, mesas, pero no encontrabas ninguno. Todo se había evaporado. Era simplemente polvo y acero... Lo que más recuerdo es el olor a muerte, que persistía día tras día". Pasaron ocho meses hasta que encontraron e identificaron a su padre a través de pruebas de ADN.
Durante aquellos meses cada día era igual. Nueva York se reducía al camino que había entre la Zona Cero y el cementerio donde se oficiaban los funerales. Enterró a siete de sus hombres. En total allí murieron 343 bomberos. Ahora, con la perspectiva de los años, piensa más en ello. No por lo que vivió, sino por lo que no vivió.
"Estuve meses sin ir a casa, y tenía dos hijos pequeños: uno de cuatro años y el otro de dos años y medio. Y pienso en todo lo que tuvo que pasar mi mujer, que tuvo que criarlos sola durante meses. Y me perdí muchas cosas, porque incluso los días festivos bajaba a buscar los restos de mi padre. Todavía hoy, no creo que la gente piense lo suficiente en lo que vivieron las familias mientras nosotros estábamos allí abajo. Por suerte, seguimos juntos y tenemos una buena familia". Antes de acabar la frase, golpea las manos. La mirada, que se había marchado durante un rato, vuelve a la oficina donde estamos hablando. Ahora sonríe con ganas: "Mi madre me dijo que después del 11-S quería mantener a la familia unida".
Buena parte de lo que Joseph y Connor saben de su abuelo y de aquel día son recuerdos prestados de los demás. “Mi hijo mayor, Joseph, que está metido en esto de las redes sociales, se dedica a buscar y revisar historias de su abuelo: encuentra a personas que lo conocieron en algún momento, escucha las historias y las publica", explica.
Relevo generacional
A Joe, sin embargo, le pilló por sorpresa que el mayor le dijera que quería ser bombero. "Nunca les encaminé hacia aquí. Y tampoco creo que la razón fueran los atentados ni el papel de su abuelo. No lo planteó nunca así: era más que estaba a disgusto con su trabajo y me había visto a mí haciendo de bombero, la camaradería que hay en la estación. Ellos han visto cómo amo el trabajo, a pesar de lo que pasó aquel día". Ahora que sus hijos empiezan a vestir el mismo uniforme con el que murió su abuelo, Joe ve de otra manera el riesgo de la profesión. "No lo había pensado nunca para mí. Pero ahora pienso más en ello. Existe siempre la posibilidad de que los pueda perder".
Joe no es el único miembro del cuerpo que se retira. Cierra los ojos mientras intenta hacer el cálculo mental de cuántos bomberos y técnicos de emergencias de los que había entonces deben quedar en el cuerpo. "No quedan muchos. Quizás un par de centenares". No duda que la memoria de aquel episodio seguirá una vez ya no quede ninguno de los que lo vivieron. "Lo que no sé es si las generaciones más jóvenes entienden realmente qué vivimos nosotros ahí abajo. Creo que es difícil ver la parte humana si no estuviste allí. Lo creo de verdad. Me gustaría pensar que sí que la ven, y espero que mis hijos, por el hecho de ser el legado de su abuelo, entiendan la importancia de todo ello".
En el momento de realizar esta entrevista todavía faltan dos semanas para la conmemoración del 25º aniversario. Ni su madre, ni sus hermanos y hermanas irán. Como cada año, irá él con sus dos hijos, su hija de 20 años y su mujer. "Cada uno tiene su manera. A mí me gusta porque era el último lugar donde estuvo mi padre vivo". Después va a su antigua estación de bomberos, en la West 10th Street, para reunirse con las familias de los otros bomberos. "Y acabo el día en casa de mi madre. Es una madre italiana, así que siempre tiene comida para nosotros y nos quedamos allí hablando".
También sabe que llegará un día en que todos los que asistirán al memorial solo habrán conocido las dos grandes fuentes de agua que ocupan el lugar donde estaban las Torres Gemelas. La Zona Cero para ellos será la sombra de los árboles que hay y el leve olor a bronce que dejan en los dedos las barandillas que guardan los nombres grabados de quienes murieron allí.
"Me gustaría que continuaran recordándolo y leyendo los nombres. Con el tiempo la mayoría de la gente ya no sabrá quiénes eran, excepto las familias, porque el recuerdo pasa de generación en generación. Y sé que, en el caso de mi familia, mis hijos, ahora que son bomberos de Nueva York, probablemente lo serán veinte o veinticinco años".