Berlín se ha despertado, y esto lo puede cambiar todo

BarcelonaEl fado portugués, una música europea, habla recurrentemente de un sentimiento que ahora hace pensar en el momento político de Europa con los Estados Unidos: un amor antiguo, que ha derivado en dolor, en maltrato, pero que cuesta dejar atrás. En esencia, la geopolítica es también una historia de amores y desamores y, por tanto, de divorcios.

La disputa entre Washington y Berlín por la guerra en Irán es la crisis diplomática más grave que puede haber entre los Estados Unidos y la Unión Europea. De Pedro Sánchez, el primer líder de la Unión Europea que desafió abiertamente a Donald Trumpla estrategia de la condescendencia, del miedo, de no hacerlo enfadar no funcionaAlemania ha protagonizado un visible cambio de chip en las últimas semanas. El gobierno de Merz dominaba con habilidad el arte de la genuflexión ante Trump: recuerden que fue él quien se quedó en silencio, e incluso asintiendo, mientras Trump atacaba con dureza a Sánchez –y, por tanto, a la Unión Europea– desde el Despacho Oval. El presidente español dijo que sabía que el alemán lo había defendido después, fuera de cámaras. Pero lo que se vio por la televisión forma parte de la larga lista de humillaciones que Trump ha regalado a sus aliados europeos. Han tardado, pero los mandatarios del Viejo Continente han acabado aprendiendo una lección básica del manual de supervivencia ante el trumpismo: la estrategia de la condescendencia, del miedo, de no hacerlo enfadar no funciona.

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Pero el problema es el de siempre. Europa pecó de ingenuidad, no hizo los deberes cuando tocaba y se ha encontrado en una posición de dependencia demasiado vulnerable ante Washington –y ante Moscú y, probablemente, ante Pekín–. La condena actual de Europa es sobre todo europea.

Ahora Trump ha ordenado retirar 5.000 soldados que tiene desplegados en bases de Alemania, una decisión sorprendente –aunque ya nada nos sorprende–. Estratégicamente, es una mala noticia para los europeos: la protección americana sigue siendo necesaria porque la autonomía estratégica es por ahora una utopía y la guerra hace cuatro años que está instalada en el continente. Pero simbólicamente, la lectura puede ser positiva: si se mantiene, el despertar de Berlín es la señal más clara de que el despertar de Europa no tiene marcha atrás. Con los micrófonos apagados, voces relevantes de Bruselas hace tiempo que admiten que las amenazas de Estados Unidos de invadir Groenlandia supusieron un quiebre ideológico irreversible para la mayoría de capitales del club comunitario. Aunque Trump abandone la Casa Blanca dentro de tres años, Washington difícilmente volverá a ser visto como un socio fiable en un mundo que ha mutado a imprevisible. En este camino, el problema de Europa siempre ha sido el tiempo y la voluntad: necesita años y consenso entre todos los socios para liberarse.

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Precisamente esta semana, el canciller Merz aparecía vestido de militar  -¡qué imagen en Berlín!- y su gobierno anunciaba un rearme masivo para convertir el ejército en superpoderoso. Alemania quiere ser la fuerza convencional más grande de Europa y erigir un papel de líder de una OTAN de nuevo herida. Más pistas del cambio de chip en Berlín.

. El verso difícilmente le sonará a Trump. En más de una ocasión, ha confesado que casi solo escucha música americana.

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tiene uno de los mejores –y más modernos– ejércitos del mundo. Si se analiza en términos puramente militares, una entrada al club comunitario de los ucranianos supondría un salto de calidad notable para las capacidades de Europa.

En el origen de la tensión entre Berlín y Washington está Teherán y las críticas de Alemania a la forma como los EE. UU. han gestionado la guerra en Irán. También está la necesidad de Merz de encontrar un culpable exterior a la profunda crisis estructural que vive Alemania, pero eso ahora es otro tema. Las consecuencias para los Estados Unidos de la muy mal calculada tercera guerra del Golfo serán diversas y profundas. Es paradójico que haya sido en Irán –y no en Ucrania ni en Gaza– donde Europa haya decidido iniciar el divorcio con Trump, negándole el apoyo a Ormuz y tildando abiertamente de ilegal la operación conjunta de Washington y Tel Aviv. Si la guerra de Irán –ahora en suspenso pero pendiente de escalar– ha supuesto un capítulo relevante en el despertar europeo, sería bueno que el efecto no disipara cuando Trump cambie de opinión y diga que sus amigos alemanes son socios indispensables. Al fin y al cabo, después de Irán, puede venir Cuba, pero también Groenlandia o el golpe definitivo a Ucrania.

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"Háblame de las horas de hoy. Del pasado no me hables más. / Hoy sigo otros caminos. Hice de tus brazos una prisión", cantaba Amelia Rodrigues, reina del fado, en Aquela rua. La estrofa difícilmente le sonará a Trump. En más de una ocasión, ha confesado que casi solo escucha música americana.