Internacional  /  Europa 27/05/2022

De viajar a Ucrania para luchar a dormir en la calle en Madrid

El ARA habla dos meses después con los voluntarios que fueron a combatir a los rusos

4 min
Un soldado en una trinchera en Ucrania

BarcelonaY de repente, boom. Cuando la bomba estalla, Wahari Urbina está a solo tres metros de la explosión. Lo pilla moviéndose, intentando apartarse, pero la ola expansiva provoca que caiga en el suelo. Se levanta con un dolor “impresionante” en la rodilla. Está en medio de un bombardeo ruso en el frente de Kiev y no tiene tiempo para remordimientos, solo de levantarse y contraatacar con misiles portátiles y fuego de artillería. “Me pasé semanas arrastrando el pie”, explica. Hace dos meses y medio, Wahari hablaba con este diario desde la capital ucraniana, desde una pequeña trinchera a las afueras de Kiev, unas semanas antes de estar a punto de perder la vida por culpa de aquella bomba. “Tuve suerte”, comenta ahora. Era guardia marina del ejército venezolano. Hace tres años que llegó a España y al inicio de la guerra en Ucrania se alistó como voluntario. Compartió trinchera con Carlos (nombre ficticio), un antiguo marine norteamericano. La guerra en Ucrania aún no se ha acabado, pero ellos dos ya han puesto fin a su misión.

A finales de marzo, Rusia retiró las tropas de la región de Kiev y Wahari y Carlos dejaron de escuchar el sonido de la artillería. “Yo me voy a casa, ¿quién viene conmigo?”, preguntó al cabo de unos días su comandante, que no era ucraniano, sino norteamericano y voluntario, pero gracias a su experiencia lo habían hecho jefe. Después de un mes en el frente, Wahari y Carlos tenían la oportunidad de volver a casa y viajaron desde Kiev hasta Leópolis. Allí les dejaron un piso, pero se tenían que esperar unos días para atravesar la frontera y participaron en el entrenamiento de nuevos voluntarios y de ciudadanos ucranianos que no sabían usar un fusil.

Jaime (nombre ficticio) también tendrá que pasar por esta formación: tiene pensado ir a Ucrania en las próximas semanas para combatir a las tropas rusas. No será la primera vez que va. Ya llegó a territorio ucraniano hace unos meses, los mismos días que llegaban Wahari y Carlos, pero cuando aterrizó en Leópolis vio que tenía que firmar un contrato de dos años con el ejército y esto hizo que se echara para atrás. Casi no había avisado ni a su mujer ni a sus hijos y solo quería estar allí seis meses. Por lo tanto, decidió volver a España y tuvo que recorrer un camino torturante hasta la frontera polaca. Todo ello no lo ha hecho cambiar de opinión y ahora quiere volver para luchar. “He podido convencer a mi mujer. Tiene miedo, pero dice que no me puede retener”, explica. Él está en el paro y su sueño es formar parte del ejército español, pero lo intentó en plena crisis y no aceptaban nuevos miembros. Además, ve una especie de señal del destino en el hecho de que la primera vez se lo acabara repensando y volviendo a casa. “Si me hubiera quedado, seguramente estaría muerto”, dice Jaime. Es posible, porque unos días después de renunciar a alistarse y volver hacia la frontera, varios misiles rusos destruyeron la base de Yavoriv, cerca de Leópolis.

Escenas de guerra en Ucrania

Sin embargo, ahora le dan miedo varios rumores que escucha, como por ejemplo que a los voluntarios extranjeros los usan “de carne de cañón”. Lo más probable es que sea destinado al Donbás, donde actualmente se está librando la gran batalla de la guerra.

Preparación y secuelas

Wahari y Jaime están en Madrid. Uno se despierta a medianoche, nervioso, y piensa que tiene que salir a salto de mata, que tiene que huir de una guerra que ya ha vivido. El otro recibe clases de primeros auxilios y de tiro para prepararse para ir con un amigo. “Lloro mucho soñando y recordando lo que he vivido”, explica Wahari. “Chaleco antibalas, casco, un botiquín, pantalones, rodilleras y guantes tácticos”, enumera Jaime cuando repasa todo lo que se llevará a la guerra. Jaime duerme todo lo que puede estos días para llegar descansado a Ucrania. En cambio, Wahari ha tenido que dormir unos cuantos días en la calle porque ha vuelto sin nada, sin trabajo y sin techo. “Han sido unos primeros días muy duros, he tenido ataques de ansiedad”, explica. En Madrid ha dormido en una casa en ruinas, abandonada, llena de desechos. Ahora ha encontrado trabajo en un restaurante y ha alquilado una habitación -la suya la tuvo que dejar justo cuando marchó hacia Ucrania la primera vez-. Por otro lado, el Gobierno ucraniano se ha puesto en contacto con él para pagarle sus servicios como soldado. Carlos, con quien Wahari compartió días y noches de trinchera, cogió un avión desde Polonia que lo llevó a Miami.

El espacio abandonado donde ha dormido Wahari unos días en Madrid

Francisco Floro, otro español que fue a luchar a Ucrania, sigue viviendo entre trincheras, concretamente en la cercanía de Járkov, la segunda ciudad del país, una de las más castigadas por los ataques rusos y que ahora está siendo escenario de una de las grandes pugnas del conflicto. Cuando el ARA habló con él hace dos meses estaba en Kiev con una milicia de georgianos. Al cabo de unas semanas, decidió legalizarse y alistarse en la legión internacional. De Kiev fue a Odesa y de allí hasta Járkov, donde su batallón ha conseguido adelantos los últimos días y ha empujado a los rusos hacia la frontera. Cuando puede, escribe. Le gustaría recoger las vivencias en el frente en un libro para “concienciar a la gente”. Primero, antes de salir hacia Ucrania, justificaba la decisión de irse diciendo que "lo tenía que hacer y lo quería hacer". Ahora hace una puntualización: “Ahora solo creo que lo tengo que hacer, ya no sé si lo quiero hacer”. Jaime, en cambio, se ha alistado porque quiere tener trabajo “a largo plazo” y, si hace falta, dice, se quedará ayudando a la reconstrucción del país una vez se acabe la guerra, y también porque después lo puede tener más fácil a la hora de encontrar otros trabajos; por ejemplo, de vigilante de seguridad. Todavía no sabe qué día exacto se marchará y de momento solo lo sabe su mujer: “Mis padres no saben nada, lo sabrán el día que me marche, no quiero que me digan que es un suicidio”.

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