El acuerdo EE.UU.-Irán que no firman los que lo pueden romper

Washington tiene una capacidad limitada de influir sobre Netanyahu y Teherán no puede controlar la respuesta militar de Hezbollah

Pilas de escombros de edificios destruidos en Deir Qanoun al-Nahr, en Tiro, el sur del Líbano, este lunes.
15/06/2026
4 min

BeirutEl memorándum que Estados Unidos e Irán prevén firmar este viernes se presenta como un intento de apagar varios incendios a la vez en Oriente Medio. No es un tratado definitivo, sino un marco de entendimiento que abre sesenta días de negociación y que busca, sobre todo, evitar una nueva escalada regional.

El texto, según los borradores conocidos, plantea un alto el fuego ampliado en distintos frentes abiertos desde hace meses, la reapertura del estrecho de Ormuz y un alivio progresivo de sanciones a Irán. A cambio, Teherán aceptaría sentarse en una negociación formal sobre su programa nuclear bajo supervisión internacional con la Agencia Internacional de Energía Atómica.

El esquema incluye también el desbloqueo parcial de activos iraníes, congelados en el extranjero, la flexibilización de exportaciones energéticas, y un calendario condicionado de levantamiento de sanciones. Todo ello sujeto a verificación.

Sobre el papel es un intercambio claro. Contención regional a cambio de alivio económico y un proceso nuclear encauzado. Pero en la región nadie mira tanto el texto como lo que no está escrito, quién puede hacerlo cumplir. Porque el problema no está en Ginebra, sino en el terreno, y es allí donde están los actores decisivos.

Este lunes el sur del Líbano volvió a recordar hasta qué punto la diplomacia y la realidad discurren por carriles distintos. En distintas zonas del país, de Kfar Tibnit a Tiro y Bint Jbeil, se registraron nuevos ataques israelíes con víctimas que siguen aumentando. En Mansouri, un dron lanzó una granada aturdidora contra civiles, causando un muerto y varios heridos. El balance de las últimas horas, según el Ministerio de Salud libanés, es de 15 muertos y 82 heridos en ataques israelíes. Desde marzo la cifra total de fallecidos en el país asciende ya a 3.798.

Todo ello ocurre mientras se intenta cerrar ese marco de entendimiento entre Washington y Teherán que, de forma indirecta, también alcanza a los frentes donde Irán mantiene influencia, incluido Líbano.

El contraste es evidente. Mientras se habla de desescalada regional, la violencia sigue marcando el ritmo en el sur del país.

El ministro de Exteriores iraní Abbas Araghchi ha defendido en los últimos días que cualquier acuerdo real debe abarcar el conjunto de los frentes regionales. En su lectura no se trata solo de nuclear o sanciones, sino de un rediseño del equilibrio de poder en Oriente Medio donde la red de aliados de Irán forma parte del propio sistema de seguridad.

Desde Israel el mensaje es el contrario. El ministro de Defensa Israel Katz ha reiterado que el país mantendrá libertad de acción militar en Líbano independientemente de cualquier entendimiento entre Washington y Teherán. En la práctica eso deja fuera del acuerdo cualquier garantía automática sobre el terreno.

En Beirut el presidente Joseph Aoun insiste en la necesidad de evitar una nueva escalada en la frontera sur mientras el presidente del Parlamento Nabih Berri habla de una oportunidad que no debería desperdiciarse. Ambos, sin embargo, observan un proceso que se decide fuera del país y con márgenes muy estrechos de influencia.

Hezbollah añade una capa más al escenario. El movimiento asegura que no ha llevado a cabo operaciones contra Israel desde el anuncio del acuerdo entre Estados Unidos e Irán. Al mismo tiempo rechaza lo que considera la libertad de movimiento israelí en territorio libanés y advierte de que cualquier cambio en el equilibrio sobre el terreno será determinante. Ahí aparece el núcleo del problema; El acuerdo se firma entre Estados Unidos e Irán, pero su aplicación real depende de actores que no están en la mesa.

Washington puede negociar con Teherán, pero su capacidad para influir sobre Israel es limitada cuando el gobierno de Benjamin Netanyahu sostiene que la seguridad en la frontera norte no es negociable. Irán puede influir sobre Hezbollah, pero no controlar por completo su respuesta si la presión militar continúa.

En la práctica el acuerdo no se juega entre firmantes sino entre aliados. Hezbollah mantiene una posición de contención, pero la condiciona a lo que ocurra sobre el terreno. Israel insiste en que seguirá actuando para impedir la reconstrucción militar del grupo en el sur del Líbano. Entre ambos el margen de estabilidad es estrecho y reversible.

El resultado es una paradoja que atraviesa toda la negociación. El texto busca reducir la tensión regional, pero no define con claridad los mecanismos que deberían impedir su reactivación.

En paralelo el diseño del acuerdo muestra su desequilibrio. El capítulo nuclear está lleno de verificación, inspecciones y calendarios concretos. El componente regional en cambio, el que afecta directamente a lugares como Líbano, queda mucho más difuso y apoyado en compromisos políticos sin garantías operativas. Lo verificable queda en el ámbito nuclear, y, lo incierto, en el militar. Y ahí el acuerdo se vuelve frágil, porque en Oriente Medio la distancia entre lo firmado y lo ejecutado rara vez depende de los textos. Depende de la capacidad real de los actores para disciplinar a quienes actúan en su nombre.

El memorándum puede sellarse en Ginebra este viernes. Pero su continuidad no se decidirá allí. Se decidirá en los márgenes donde Israel y Hezbollah calculan sus próximos movimientos y donde Washington e Irán comprueban hasta qué punto todavía controlan lo que dicen controlar. Y en ese punto el acuerdo no empieza como una solución, sino como una prueba.

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