La alfombra roja de los Gaudí nos anticipaba los contrastes de la gala. Las entrevistas preliminares a los protagonistas navegaron entre las pretensiones glamorosas del Liceu, la logística del tentempié en el Foyer y el abrigo bajo el brazo.
Que la gala empezara con una advertencia sobre la duración de los agradecimientos y las amenazas sonoras en caso de alargarse demasiado ya indicaba la magnitud de la tragedia. No sirvió ni para que la presidenta de la Academia se aplicara la norma. A juzgar por el repertorio de discursos, el cine catalán tiene muy poco que decir sobre sí mismo.
Lo mejor de la gala es que, pese a ser anodina, fue bastante por trabajo y sin complicaciones. Diluyó la figura única del maestro de ceremonias para acoger unos hilos narrativos poéticos a través de cinco actrices y una teoría algo elemental sobre la luz y el color. Nora Navas, Maria Molins, Maria Arnal, Laura Weissmahr y Carla Quílez declamaron un guión de cierto lirismo pero más bien vacío. Un problema de sonido (que no fue el único) estropeó la culminación de la idea. La incorporación del blanco y la música de Rosalía, que ya empieza a estar sobreutilizada, creó unas falsas expectativas en medio de la chapuza. La idea introductoria no se resolvió bien. Fue un problema recurrente. Cada vez que se intentaba crear una atmósfera aspiracional y sofisticada, a continuación aparecía la cosa tronada para tocar con los pies en el suelo.
El planteamiento de incorporar a las espectadoras anónimas como representantes del público era bienintencionada, pero fue muy mal ejecutada. Inexplicablemente, las convirtió en la excusa para hacer humor. Fueron infantilizadas y tratadas con una condescendencia sexista de manera recurrente que sabía mal incluso: "¿Qué? ¿Se lo está pasando bien?", "¿Verdad que es guapo en Verdaguer?", "¿Ha venido solas? ¿Que tiene pareja?" No sabían qué decir. Fueron más utilizadas que escuchadas. Si éste es el trato que la Academia considera que merece el público del cine catalán, si éste es el imaginario que depositan sobre la gente que compra las entradas, estamos arreglados. Las bromitas sobre la cagarela de Joel Díaz, añadido a la fiesta con calzador, remataban el esperpento.
Fernando Trueba apareció en el escenario abrigado como si viniera de la calle. Fue desconcertante la sucesión de interpretaciones musicales de temática aviar: El águila negra; La gaviota; Gallo rojo, gallo negro y El canto de los pájaros. Mucha pluma pero la metáfora no levantó el vuelo. Si debía inferirse alguna alegoría, no la entendimos.
Pese a la gran pantalla, las imágenes quedaron reducidas a los fragmentos de las películas nominadas. De nuevo, se cayó en la retórica en lugar de demostrar el potencial visual del sector. Confiaron más en el glamour del Liceu que en el contenido del cine catalán. Era una gala señalada. La de los dieciocho años. Pero lejos de ser el estallido empoderador de la mayoría de edad fue una fiesta tímida, esteticista e insustancial.