El paso de la anécdota a la categoría es demasiado a menudo un ejercicio de funambulismo periodístico, en el cual el medio se despeña en el abismo de los prejuicios. El Español publicaba la siguiente pieza: “Lola tuvo que cerrar su restaurante por la baja de un trabajador: «Me costó la salud, 25.000 euros y venderme la casa»”. La intención editorial que se adivina detrás de este titular se podría formular como: “Mira tú, pobres pequeños empresarios del país, arruinados por los desaprensivos que, aprovechando el régimen socialcomunista sanchista, se cogen bajas que les acaban dejando sin techo”. Pero algo no cuadra, en toda esta historia, porque en una baja larga los tres primeros días no los cobra el trabajador, del cuarto al decimoquinto sí que los paga la empresa y a partir de entonces lo asume el estado o la mutua (y el contratador solo satisface las cuotas de seguridad social, hay que suponer que de unos pocos cientos de euros). Leyendo la pieza uno intuye que no haber podido asumir un sustituto es lo que hizo quebrar a la responsable del establecimiento, con los problemas de salud posteriores, que debieron agravar la situación económica. Por mucha empatía que podamos manifestar hacia la Lola de esta historia, habremos de convenir que el suyo era un negocio extremadamente precario, nada preparado para superar la pequeña marejada que supone una baja laboral: una eventualidad que responde a un derecho social básico como es no tener que trabajar si uno no está en condiciones de hacerlo.
Hay abusos en las bajas? Seguro. Pero la manera de luchar contra ellos desde el periodismo no es con historias particulares que se presentan de manera poco transparente y con un componente emocional. Titulares como el de El Español están pensados para moverse bien por las redes gracias al rage baiting (que en castellano podríamos llamar pescafúries). No deja de ser una forma más de sensacionalismo, más propia de los tabloides que de medios con pretensión de rigor.