Daniel Verdú: "Los periodistas hombres son un cóctel de vanidad y ego como no hay en ninguna otra profesión"
Periodista, autor de 'La bola'
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BarcelonaLa editora de la revista JotDown, conocida con el nombre (falso) de Mar de Marchis, causó una revolución en la prensa española no solo con su publicación sino haciéndose amiga o confidente de numerosos personajes con poder mediático en la época sin salir de casa, por culpa de una agorafobia y una depresión. El periodista y corresponsal de El País Daniel Verdú ha querido explicar quién se escondía realmente detrás de este pseudónimo, pero, sobre todo, mostrar qué panorama mediático había hace ahora una década, que fue sensible a este vendaval de ideas, desvergüenza, misterio, brillantez y engaño que era De Marchis.
La excusa del libro es la búsqueda de un personaje misterioso y esquivo como Mar de Marchis. Pero, ¿cuál es el tema, en realidad?
— La descomposición de la verdad a raíz de la crisis financiera de 2007. Fue cuando nos dimos cuenta de que todo era mentira, incluyendo la política y el periodismo. Se instala la sensación de estafa y eso lleva a la acampada en la Puerta del Sol y a todo el resto. Por eso el libro se llama La bola: es como llamaban a Mar de Marchis por el logotipo de JotDown, pero una bola es también una mentira y, sobre todo, una cosa que se va haciendo grande a medida que avanza.
¿Tenías dudas sobre desmontar la identidad falsa tras la cual se protegió?
— Yo no quería hacerle un juicio. No quería hacer El impostor, de Cercas. No necesitaba ni desmontarla ni condenarla, sino explicar que muchas veces las mentiras, o la ficción, son el único vehículo para explicar determinadas verdades.
El libro se centra en el momento de máxima borrachera de los medios digitales que vivieron a rebufo de unas redes que inflaban sus audiencias... hasta que dejaron de hacerlo. “Contaba más un tuit bien diseñado y compartido cien mil veces que la portada de un diario”, escribes. ¿Ya no estamos aquí?
— Afortunadamente, algunas redes sociales han quedado superadas. X se ha convertido en un vertedero cósmico de Elon Musk y ya no nos la podemos tomar como antes, que era un constructor de relato nuevo, de libertad, de progreso. Ahora la inteligencia artificial es lo que representaban las redes sociales en aquella época y será también el motor de una crisis de modelo económico, de modelo periodístico y de poder distinguir entre qué es verdad y qué no lo es.
¿A qué atribuyes que la familia no quisiera que se explicara su historia?
— Mar tuvo una vida muy complicada. No le hizo fácil la vida a nadie de los que tenía cerca, empezando por su familia. Era una persona con una capacidad de fabulación fuera de lo normal. Mentía muchísimo, pero tenía cosas maravillosas y yo quería explicarlo todo. Ahora bien, entiendo que muchas veces las familias tienen miedo de que las partes malas también salgan a la luz. El libro es respetuoso y Mar tenía cosas que podrían haber sido mucho más desagradables de explicar de las que no aparecen.
El socio de JotDown que le ha sobrevivido no lo ve así. Dice que reduces la revista al simple juego de engaños y seducción que utilizaba De Marchis para fichar colaboradores masculinos.
— No tengo claro si lo ha leído, por los comentarios que hace. Además, el libro no es ni una biografía de Mar ni una historia de JotDown, que creo que no daría para tanto: es un retrato de una época. Dicho esto, en realidad paso muy por encima de los engaños sexuales que hacía. A Mar la retrato como una mujer inteligentísima, divertida, corrosiva, insistente, con talento e intuición... Era como esos animales que, justo antes del terremoto, ya empiezan a correr antes que los demás. Notaba que aquello era un mundo en crisis, en pleno cambio, y que podía ser una oportunidad.
Pero enviar fotos de una peluquera amiga a quien le pedía que posara con poca ropa haciéndose pasar por ella es realmente un método de reclutamiento heterodoxo.
— Sí, y aquí es donde ella roza el poste de la portería, en lo que respecta a moral y ética. No deja de ser suplantar la identidad de otra persona para conseguir lo que quieres. Con la peluquera, que es la única persona a quien le cambio el nombre, llega a una especie de acuerdo, porque ambas tenían muchos problemas y se ayudaban mutuamente. Pero ella nunca supo realmente dónde iban a parar todas aquellas imágenes. Y eso es muy grave. Pero fíjate, en esto también era una avanzada. El catfishing, los filtros... de alguna manera, hoy en día todos somos un poco Mar de Marchis. Estamos en las redes y explicamos unas vidas fantásticas, pero es una mentira como una catedral.
De este vodevil de imágenes en WhatsApp, ellos tampoco salen muy bien parados, claro: ¿la vanidad es uno de los males que condena la profesión?
— Totalmente. Piensa que entonces había una crisis muy grande que tenía a la gente asustada. Faltaban ideas y ella era especialista en periodistas hombres, que son un cóctel de vanidad y ego insuperable como no hay en ninguna otra profesión, en ningún otro rincón del mundo. Y, efectivamente, dice mucho sobre lo fácil que es engañar a la gente, lo fácil que es embaucarlos.
No solo periodistas de tropa, sino también directores y otra gente de gran poder.
— Es que creemos que el poder es una habitación cerrada con catorce candados y a veces es solo gente que está aburridísima, colgada, sola, con muchos problemas y ganas de que los hagan reír. Ella tenía mucha cara dura: llamaba a puerta fría y te hablaba como si fuerais amigos de toda la vida aunque la acabaras de conocer.
Su gesta insuperable fue conseguir que Juan Luis Cebrián, entonces factótum omnipotente de Prisa, se dejara fotografiar con un casco de Darth Vader mientras su imperio mediático se resquebrajaba por la crisis y había olas de despidos.
— Esta escena siempre me ha fascinado. Y dice mucho de esta vanidad periodística. Si te fijas, el libro muestra que los hombres y las mujeres la veían muy diferente. Ellos la imaginaban como una Mata Hari que posaba con lencería de Victoria’s Secret, y las mujeres, como alguien vulnerable, con problemas psicológicos, fobias sociales... Al final, era una persona que no se aceptó nunca tal como era y se construyó una identidad nueva para ser amada. JotDown no es una publicación que le diera dinero: solo amor, respeto.
No deja de ser paradójico que alguien con esta habilidad para detectar talento no consiguiera hacer una revista rentable.
— Sí, pero ¿quién consigue hacer una revista rentable hoy en día, no?
¿Era una revista más admirada que leída, la JotDown de aquella época?
— De eso no hay ninguna duda. Eran revistas que servían para amontonar y poner encima una lámpara bonita, porque era muy estética visualmente.
Hay un momento en el que caen las máscaras, pero tampoco cambia gran cosa.
— Todo el mundo se come la cabeza, empezando por Enric González, como él mismo explica. Entran hasta la cocina y hacen cosas inexplicables por teléfono con esta señora. Intentaban quedar y siempre había una excusa de última hora para anularlo. Hasta que El Confidencial publica en 2007 la historia de quién es en realidad y ella sufre una crisis extrema y se plantea si quiere seguir viviendo. Piensa en la decepción que sufrirán los demás, cree que tendrá que exiliarse a Corea del Norte, pero entonces hace el descubrimiento más fascinante: que la gente decide seguir creyendo en ello.
Todos necesitamos el engaño...
— La gente, en el fondo, no quiere ver el truco del mago. Sabemos que muchas cosas que nos explican los políticos no son verdad, pero si encajan en el tipo de respuesta que queremos oír, nos es cómodo no hacernos determinadas preguntas. Eso explica a Vox, por ejemplo.
Una de las relaciones más fascinantes que tuvo fue con Antonio Caño, el director de El País en los años del Procés.
— Me dijo que, en un momento dado, era una de las personas que más influencia tenía en muchas de las decisiones que tomaba. “¿Pero más que tu equipo directivo?”, le pregunté. Y me dijo: “Probablemente, sí”. Yo le pregunté si se daba cuenta de que aquella persona, en realidad, no existía. Y él me dijo una cosa muy poética pero también inquietante, para un director de periódico: “Ella no existía, pero sus ideas sí”. Le daba ideas nuevas, frescas, y muchas firmas entraron porque ella las sugirió. También le contaba los cotilleos de la redacción: un director a menudo está muy solo y nadie le dice qué pasa de verdad abajo. El poder tiene eso, no puede hablar directamente.
El factor humano siempre revela el óxido del poder rutilante...
— No tenía ni puta idea de periodismo, es increíble que fuera consejera. Pero Caño lo explica bien. Era un momento de crisis total: en el PSOE, en Cataluña, en el mismo diario, que tenía una guerra abierta en el consejo de administración... “Y, de repente, me llamaba esta señora, con aquella voz sugerente, y me explicaba un poco qué estaba pasando aquí y allá”.
¿Cuándo nace, Mar de Marchis?
— Esta cuestión del misterio la descubrió accidentalmente, cuando se encierra cinco años en un piso de Santa Pola. Tiene un divorcio muy fastidiado, entra en depresión, le diagnostican una especie de agorafobia que le impide salir de casa... Topa con los foros de internet y se queda allí, encerrada, aprendiendo a descifrar las psiques de sus interlocutores sin tenerlos delante.
Nace, pues, en una casa cerrada a cal y canto. ¿Y quién era?
— Quien el interlocutor quisiera que fuera.
Otra frase del libro: “El periodismo siempre termina mal”. Vaya...
— Bueno, esta es de Enric González, que tiene una manera de ver este oficio muy suya... y poca paciencia con los jefes y con los procesos más estructurados de las redacciones. Así que creo que me la dijo pensando en él, porque siempre acaba saliendo un poco rebotado de los sitios.
¿Tú te la haces tuya, sin embargo?
— Podríamos extenderla a todos, supongo. El periodismo es un oficio maravilloso, precioso, y que disfrutamos mucho. Pero en los últimos años hemos visto cómo muchos compañeros han acabado despedidos, marchándose con mala leche. Hay pocas historias felices al final de la profesión. Bru Rovira publicó un libro que se llamaba Matar al director, ¡por ejemplo!
Hay un momento en el que tú recibes una foto de ella y decides no verla. ¿Por qué?
— Había muy pocas imágenes suyas. Al principio quise buscarlas, pero como no encontraba, entendí que quizás lo interesante era intentar construir un relato sobre cómo la habían imaginado los demás. Y pensé que, si veía una foto, destruiría toda aquella capacidad de meterme en la cabeza de la gente, porque se rompería el hechizo. Un día, Isabel Coixet, que no sabía que había dejado de buscarlas, me dijo: “Toma, te envío esto”. Cuando la abrí, la borré inmediatamente. No quería tener la contaminación visual de algo que estaba basado en la fantasía.
En el libro explicas la historia de aquel noble toscano que encarga el retrato de su enamorada a cien pintores. Pero, por celos, no deja que la vean.
— Sí, el noble les hace la descripción más exacta posible, pero cuando regresan ningún retrato es igual... y ninguno se parece a la mujer. Yo llegué a esta conclusión: en la cabeza de toda esa gente que nunca la había visto había 150 o 200 Mar de Marchis, todas diferentes.
Su muerte también ocurre como fuera de cámara, después de un coma y de vivir los últimos tiempos autoexiliada en Roma.
— Claro, mucha gente se quedó con dudas o no se lo creía. Circularon rumores de que si estaba detenida en un consulado de Ecuador, de que si se había ido a Wisconsin a hacer no sé qué... Hablando después con mucha gente que tuvo una relación con ella sin haberla conocido me di cuenta de que es muy difícil cerrar el duelo por alguien que en realidad no has llegado a ver nunca.
¿Ha dejado legado?
— Creo que, modestamente, el libro ayudará a hacer que haya un legado suyo. Puedo entender la reticencia de la familia, pero debemos hacer justicia un poco también al personaje. Quizá las nuevas generaciones no sabrán quién es, pero sí que hubo un cambio de modelo con la revista que hizo, con el tipo de periodistas que contrató. Todavía hay ecos de Mar de Marchis en muchas de las cosas que hacemos.
El Grupo Prisa de hoy es menos convulso que el de hace una década, ¿que muestras en tu libro?
— No me querría meter en jardines, porque trabajando en ello no puedo decir muchas cosas y es un tema delicado. Pero sí diré que la mejor noticia para un periódico, y supongo que también para un país, es la estabilidad. La tranquilidad y la independencia. Y eso se consigue con un periodo largo en el cual el mismo propietario invierte en el medio, se preocupa de él y lo quiere hacer crecer. Los cambios de propiedad bruscos y frecuentes... no son nada buenos, digámoslo así.
¿Tienes confianza en el futuro?
— Los grandes diarios como El País quizás lo tienen un poco más encarrilado, con el sistema de suscripciones que cada vez es más sólido. Cuando a raíz de 2011 se fue al garete la publicidad, la prensa aún no estaba preparada para la suscripción y estábamos obsesionados con el clickbait. Aún no hemos consolidado un modelo sólido que permita pensar que los medios son un buen negocio y una buena inversión para los accionistas. Esto hace que el panorama tenga una cierta debilidad generalizada.
Por tanto, ¿eres optimista y no piensas, como Enric, que en el periodismo todo acaba mal?
— Veo cosas muy buenas que han pasado en el periodismo. La calidad de los periodistas. Veo gente superpreparada. Dicen que los periódicos antes se escribían mejor y es mentira: vas a un periódico de 1985 y están peor escritos y son un tostón, excepto por algunos locos como Enric que salieron de la pirámide invertida. Por no decir que entonces hacían una noticia al día y llegaban a las seis de la tarde a la redacción, después de haber ido a comer con no sé quién y poniéndose hasta aquí de botellas de vino, porque pagaba el diario y se ataban los perros con longanizas. Y hoy haces mucha más producción.
La última pregunta es inevitable, faltando como faltan pocos días para las elecciones. Las encuestas auguran una mayoría de PP y Vox.
— La entrada de Vox en el gobierno me parecería una noticia pésima: para la libertad de información, para la cultura, para los derechos sociales... Y, como ocurre con estos movimientos, tendrían un sentimiento de revancha. Esta ultraderecha ha venido con ánimo de revancha porque se ha sentido en minoría y excluida.