Este jueves, a los protagonistas del programa La revuelta les sirvieron el humor en bandeja de plata. Habían recibido la resolución de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) sobre una denuncia que había interpuesto la UTECA, la Unión de Televisiones Comerciales en abierto. El conflicto tiene un origen estrictamente normativo: RTVE no puede emitir publicidad convencional y solo puede incorporar anuncios en forma de patrocinio en programas de contenido cultural o deportivo. La denuncia partía de la premisa que La revuelta vulneraba este marco legal. La CNMC lo contradecía con un redactado desconcertante que justificaba la emisión como cultural. “El programa está presentado por su director en clave de humor y tiene un gran dinamismo”. Y añadía que Broncano aparecía en el escenario “con gran energía y viveza”. El texto de la resolución era tan delirante que el mismo presentador y el colaborador Jorge Ponce se reían de las filigranas argumentales, por ejemplo a la hora de describir los contenidos: “Se habló de los capibaras, del 'walking football' o del síndrome de Angelman y se entrevistó al actor Salva Reina y a la selección española de rugby”. Por todo ello, el ente regulador consideraba que a pesar de ser un espacio de entretenimiento, el formato no era incompatible con la dimensión cultural y, por tanto, el patrocinio no contravenía la normativa.
Obviamente, la denuncia de la UTECA no nace de la preocupación sobre los contenidos culturales de la televisión pública, sino que se trata de una estrategia para combatir la competencia que hace La1 a las privadas en esa franja televisiva, especialmente contra El hormiguero. Pero, aun así, es inevitable considerar que el criterio de la CNMC es, como mínimo, discutible. Quizás no tanto por la conclusión —que puede responder a una interpretación laxa de la norma— como por los argumentos que la sustentan. El informe resume la presencia ocasional de temas para forzar una conexión con cuestiones de valor cultural. Pero que un programa mencione una enfermedad rara, un deporte minoritario o un animal exótico no lo convierte precisamente en cultural ni divulgativo. La revuelta ha normalizado que un grupo de hombres de cuarenta años hablen entre ellos como si tuvieran diez, toquen el timbal, se insulten entre ellos gritándose “alcohólico”, hagan bromas con las drogas o le pregunten al invitado: “¿Prefieres estar comiendo macarrones y encontrarte un pelo de coño o estar comiendo un coño y que haya un macarrón?”. Cuando han hablado de enfermedades o abordado temas médicos, al día siguiente un experto ha tenido que corregir las informaciones que dieron. Convertir todo eso en programa cultural es grotesco. En vez de ser La revuelta quien se adapta a un criterio cultural pasa a ser el criterio cultural el que se adapta al programa. Si un órgano regulador, por necesidad o conveniencia, empieza a estirar el concepto de cultura hasta hacerlo encajar con cualquier cosa, está desactivando el valor real de la cultura y la función de la televisión pública.