Entrevisté a Marc Giró y, como siempre, fue una fiesta: titulares, ingenio, coherencia argumentativa y aquel punto de show de cabaret que domina a la perfección, especialmente cuando la cámara está encendida (porque la parte de la conversación sin vídeo fue igualmente exuberante en palabras, pero más medida en expansiones físicas). Hablando sobre cómo la ultraderecha enseguida ataca el cuerpo, y para explicar que lo decía en sentido literal, se dio un par de bofetadas en la cara lo bastante sonoras para dejarle marca. Era un clip sorprendente, así que lo subimos a YouTube en formato de short y descubrimos, con sorpresa, que la plataforma aplicaba una de sus formas de censura: no deja monetizar el vídeo, hay que suponer que porque interpreta que incluye violencia, aunque sea leve y contra uno mismo. No hay problema, porque obviamente nuestro modelo de negocio no se basa en conseguir que los invitados se autolesionen en pantalla a cambio de diecisiete céntimos de euro en forma de publicidad digital, pero lo digo por la hipocresía que se deriva por parte de este servicio de Google. Vídeos de Joe Rogan entrevistando a médicos contrarios a las vacunas aparecen con anuncios sin problema y diría que las implicaciones sobre la salud pública de un vídeo y del otro son bastante diferentes.
En realidad, Google no aplica el criterio de responsabilidad. Su algoritmo analiza los clips y discrimina aquellos que cree que los anunciantes rechazan, porque no quieren que sus productos aparezcan junto a según qué contenidos. En este caso, es obvio que el automatismo ha fallado, porque el tortazo de Giró era un acto performativo enfático, nada más. El caso ilustra el problema de dejar estos pequeños actos de censura sutil en manos no humanas. Los criterios acaban siendo arbitrarios, se crean sesgos y se favorece a los desaprensivos que estudian las rendijas para explotar las deficiencias.