19/06/2022

Cuando aceptas que no hay salida, empiezas a salir

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Cuando aceptas que no hay salida es cuando empiezas a salir. Estamos en uno de estos momentos, en uno de estos cruces. Ni mesa de diálogo ni confrontación inteligente. Quien más quien menos, con la boca grande o pequeña, todos hemos ido aceptando que ninguno de los dos caminos lleva a ninguna parte. Al otro lado no hay nadie dispuesto a dialogar y en este lado no hay suficiente inteligencia ni cohesión ni fuerza para confrontarse con un Estado rocoso con tics autoritarios.

La retórica de los dos partidos mayoritarios del independentismo se está agotando en ella misma, cada vez resiste menos el contraste con la realidad. Se está convirtiendo en retórica vacía. No se puede construir un país, es decir, un futuro, ni se puede gobernar un presente, con discursos de cartón piedra, con meras tramoyas que solo sirven para esconder las propias fragilidades y para tirarse agriamente los platos a la cabeza los unos a los otros, a ver quién es más traidor, más ingenuo o más irresponsable. Y, por si alguien se había olvidado, este circo de reproches diarios pasa entre dos pandillas que gobiernan juntas. El espectáculo no hace sino provocar más y más desconfianza y chasco entre los sufridos espectadores, antaño comprometidos y esperanzados.

El juego se ha vuelto diáfano y ridículo para la mayoría. Ahora solo falta que los propios partidos, ERC y JxCat, se den cuenta de que van por el mundo rasgados y empiecen a pensar en un nuevo vestido. Estaría bien que unos y otros fueran a un sastre profesional, alguien creativo, pero que tenga los pies en la tierra, que conozca con precisión el clima político y social de estos nuestros alrededores y que les tome bien la medida tanto a republicanos como a juntistas. Alguien, en fin, que sepa de verdad qué pie calza el país, que tenga muchos clientes diversos y, por lo tanto, una verosímil perspectiva de las necesidades y anhelos globales. No hay nada como conocer bien aquello que quieres vestir, aquello que quieres cambiar.

Vestir bien, que en el supuesto que nos ocupa quiere decir ideológicamente, programáticamente y estratégicamente bien, es una condición sine qua non para convencer. La política, ahora y siempre, tiene un buen componente de seducción, de comunicación. Las formas son importantes porque son la expresión del fondo. Es aquello tan sudado del estrecho parentesco entre ética y estética.

Pero vamos al grano. Primero, en cualquier caso, ERC y JxCat tienen que aceptar lo que todos ya vemos, que van mal vestidos, mal equipados: las ideas les sientan mal, les bailan o les van apretadas. Todo ello da más bien vergüenza ajena. El descuido ya es notorio e indisimulable. Y no sirve la excusa de que en Madrid también van pésimamente ataviados y dan igualmente pena, de que a la derecha mesetaria no se le caen los anillos por ponerse vestidos retro de época franquista y de que en la izquierda socialista se cambian cada día de chaqueta en un tacticismo ecléctico delirante. Allí, claro, tienen la ventaja de que lo disimulan con la pátina del dinero que aquí no llega y con la del poder que aquí no tenemos. Ya se sabe: un mal vestido caro llevado por un poderoso siempre sienta mejor que un vestido barato en un no nadie.

Sin embargo, tengamos claro que no hay vestidos mágicos que te devuelvan una imagen perfecta cuando te miras en el espejo. Por mucho que nos adornemos, somos quienes somos y somos los que somos. Una buena equipación (ideas con más grueso y concreción) no los hará volar, ni su moda se contagiará de golpe a las multitudes. En tiempo de cambio climático y crisis recurrentes, el vestido ideológico, programático y estratégico que se haga el independentismo tiene que ser cómodo y adaptable, y si, además, es vistoso y atractivo, pues fantástico. Tiene que ser también presentable tanto de puertas para dentro como de cara a Europa y al mundo. Y, si puede ser de larga duración, o sea, mínimamente reciclable en función de la temporada, mejor. Porque hay otra cosa importante que tener en cuenta: la salida del callejón sin salida pide tiempo. Aceptar esto también es empezar a salir del pozo.