Los europeos demócratas nos hemos llevado las manos a la cabeza al ver que en Sajonia-Anhaltla AfD acaba de conseguir alrededor del 44% de los votos en una victoria histórica. Nos preguntamos por qué, especialmente en Alemania, que ha hecho de la memoria de su pasado una responsabilidad colectiva. Pero es que la historia no se repite porque la olvidemos. Se repite cuando conseguimos convencernos de que esta vez es diferente.Lamentablemente, recordar no garantiza aprender. La memoria histórica puede coexistir con mecanismos psicológicos que, en situaciones de amenaza, frustración o pérdida de confianza, hacen atractivas precisamente las soluciones que sabemos que pueden ser destructivas. Cuando las personas perciben que su mundo está amenazado, el miedo reorganiza las prioridades. Tenemos una prueba reciente de ello en Ceuta. La amenaza puede ser económica, cultural, territorial o física, pero, sea cual sea, siempre aumenta la necesidad deseguridad, orden, control y pertenencia. Y no hace falta que la amenaza sea objetiva para ser psicológicamente efectiva: basta con que se perciba como real. Las amenazas simbólicas pueden ser tan poderosas como las materiales. Es en este contexto que los discursos autoritarios encuentran un terreno fértil: prometen protección, ofrecen certezas y simplifican el mundo.
En situaciones de incertidumbre nos aferramos a nuestro grupo como fuente de protección e identidad, y entonces la frontera entre "nosotros" y "ellos" se hace más nítida. La extrema derecha ofrece una operación psicológicamente muy efectiva: "Nosotros somos los que pertenecemos aquí; ellos son los que amenazan aquello que es nuestro".La persona inmigrante, la extranjera, el feminismo, las élites, la izquierda, las personas LGBTI… pueden convertirse en versiones diferentes de un mismo mecanismo: un "otro" que nos permite definir quiénes somos. Y a partir de aquí, buscar cabezas de turco es solo un paso. El psicólogo social Henri Tajfel explicó cómo nuestra identidad grupal puede alimentar los prejuicios y los conflictos intergrupales. Cuando queremos convertir una crisis compleja en un problema sencillo, aparece una gran tentación cognitiva: encontrar un culpable. Es mucho más fácil pensar "mi vida empeora porque me están quitando algo" que asumir una explicación sistémica que obliga a entender mercados, políticas fiscales, transformaciones tecnológicas, globalización o desigualdad.Hay todavía otra razón para entender por qué no aprendemos del pasado: cuando prevalece la emoción, elegimos primero la conclusión y después construimos los argumentos que la justifican. Una persona puede saber perfectamente que el nazismo produjo una catástrofe y, a la vez, pensar: “Sí, fue terrible, pero esto de ahora es diferente”. Estaoperación psicológica de excepcionalización nos permite convivir con afirmaciones como “No somos fascistas”. “Solo queremos restaurar el orden”. “Solo queremos controlar la inmigración”. La información histórica no ha desaparecido. No la hemos olvidado. La hemos reinterpretado para que deje de ser incompatible con nuestra decisión actual.Hay otros mecanismos implicados en este "olvido" selectivo de la Historia, pero no quiero terminar sin destacar el que me parece más inquietante: la desconexión moral. Antes de aceptar la crueldad, debemos hacer que deje de parecer cruel. Albert Bandura conceptualizó la desconexión moralparaexplicar cómo las personas pueden mantener una imagen positiva de ellas mismas mientras apoyan acciones que perjudican a los demás. Y esto nos recuerda lo que Hannah Arendt analizó en Eichmann en Jerusalén: las grandes barbaries no comienzan necesariamente con personas que se consideran bárbaras. Pueden empezar con cambios aparentemente pequeños en el lenguaje:de personas a números; de inmigrantes a "oleadas"; de derechos a "privilegios"; de exclusión a "defensa de nuestra identidad".Cualquier actuación para frenar a la extrema derecha que no tenga en cuenta estos mecanismos psicológicos está condenada al fracaso. Igual que necesitamos filósofos para afrontar la IA y sus consecuencias, necesitamos profesionales de la psicología para comprender y afrontar el miedo. Porque vemos que el verdadero peligro no es olvidar la Historia. Es recordarla y, aun así, conseguir pensar que esta vez es diferente.