Barcelona y las pilas de desechos a los pies de los contenedores
Quiero mucho a Barcelona, a pesar de las dificultades. Que ahora la noticia en la ciudad sea la resistencia de dos bares de toda la vida a cambiar los dos viejos rótulos de las fachadas porque son más grandes de lo que estipula la ordenanza municipal es una broma comparada con todos los incumplimientos fácilmente observables, como la desgracia de los rótulos cutres y la iluminación cegadora de los supermercados 24 horas (que, por cierto, nadie se explica cómo se las apañan para pagar el alquiler de un local céntrico), que son un insulto a la Barcelona que presume de diseño y de buen gusto. Por no hablar de la Barcelona que es incapaz de hacer cumplir la ley que impide a un bar o restaurante tirar un cable de luz de la fachada a los toldos de las terrazas, cuando el reglamento de seguridad impide que haya cables eléctricos suspendidos a la intemperie, ya que suponen un riesgo evidente de electrocución, desprendimiento o incendio.
¿Algún responsable de la limpieza municipal (que ha ido mejorando bastante) ha pensado que ahora ya es urgente crear la figura del ordenanza de contenedores? Alguien que no haga nada más que vigilar que todo vaya dentro, y que haga retirar rápidamente lo que no puede ir, como la taza del váter de unas obras o los ventiladores estropeados del año pasado, y que recuerde a supermercados, restaurantes y comercios en general que el cartón va dentro, no en la acera.
Las pilas de desechos a los pies de los contenedores son la nueva ventana rota de la teoría de Wilson y Kelling, que relaciona el abandono del espacio público con el aumento del comportamiento incívico, la inseguridad y la delincuencia. Todos lo vemos. ¿Esto y muchos más pegas? ¿Los que cobran por verlo no ven todo esto?