Carroñeros de la tragedia

El tren accidentado en Gelida, el miércoles por la mañana.
21/01/2026
Escritora
3 min

De todos los medios de transporte que existen el tren siempre me ha parecido lo más cómodo. Te lleva sin que tengas que conducirla, si las vías serpentean no las notas como en un autocar, los vagones se deslizan como si todo el terreno fuera plano. A diferencia del avión no te asoma al vértigo de las alturas y aunque el viaje sea largo no debes despojarte de la dignidad al pasar el control de seguridad como en los aeropuertos. Me he pasado media vida, en los trenes, desde la peor línea de cercanías hasta Aves en los que me ofrecían cava. Siempre se produce una convivencia única, es un espacio donde se pueden observar vidas ajenas, actitudes y formas de hacer alejadas de las que nos son cercanas. En lo último que cogí la semana pasada una mujer con acento brasileño pedía ayuda para colocar su enorme maleta gritando: "¿es que no hay ningún hombre aquí?". No soy hombre, le dije, pero puedo ayudarla. Otras veces me lo han ofrecido a mí, la mano. Que alguien esté dispuesto a hacerlo me llena de esperanza y confianza. Mientras nos ayudamos a subir maletas, a bajar cochecitos de bebés, a colocar la silla de ruedas y ofrecemos un brazo en el que pueda apoyarse una mujer mayor conservaremos el rasgo evolutivo más importante y más humano de todos: la empatía.

Vi el testimonio de una joven en la televisión que contaba con desesperada impotencia cómo no había podido hacer nada por algunas de las víctimas del accidente de Adamuz. Su conmoción me representa, me reconozco en su dolor como me reconozco en el dolor de quienes perdieron a personas queridas. Resuena en mi pensamiento lo que explicaba otro superviviente: cómo se hizo el silencio dentro del vagón tumbado y todo eran teléfonos sin responder. Madres, padres, amigos, novias o maridos llamando después de la noticia, deseando con todas las fuerzas que no te haya tocado a ti ser familiar de una de las treinta y nueve, después cuanta-una víctimas. Me imagino el latido intenso de quienes apretaban el aparato contra la oreja esperando una respuesta.

Y qué contraste tan grande entre la crispación continua en la que nos hemos acostumbrado a vivir, la polarización que deshumaniza y demoniza, el clima de agresividad que nos obliga a estar oa la defensiva o atacante, qué contraste toda esta violencia de alcance global con las personas que se apresuraron a socorrer a los heridos, que a prestar. Vecinos en bata de andar por casa llevando mantas, el personal de emergencia tratando de retirar la chatarra, técnicos sanitarios, todo el cuerpo de profesionales que dedican su vida a rescatar a desconocidos. No preguntan, cómo no, antes de ayudar, de dónde son los que piden socorro ni qué piensan ni a quién votan. El instinto de cuidar es el más fuerte de todos, no sólo noble, sino esencial para nuestra supervivencia colectiva. Ni siquiera necesita justificarse por un sistema de principios morales o religiosos, se da suficientemente ante el sufrimiento ajeno.

Está claro que también existe el instinto opuesto, que a la fuerza debe ser minoritario o no estaríamos aquí. Es el de los psicópatas que ya nacieron sin el órgano de la compasión y creen y afirman que todos somos como ellos, egoístas por naturaleza. Los cínicos, los perversos que atienden al odio de unos hacia otros y fomentan el caos nihilista de la violencia gratuita y la falta de humanidad. Aparecen siempre después de las tragedias que conmocionan a la mayoría como caracoles después de la lluvia o como buitres que sobrevuelan presas agonizantes. En el accidente de Adamuz fueron los de VOX quienes se precipitaron sobre los cadáveres aún calientes para difundir ideas absurdas sobre las razones de la catástrofe. Intento esquivar tanto como puedo las excreciones venenosas de esta gente enferma de odio y aún así me acabo enterando. Ojalá se muerdan la lengua y dejen a los muertos en paz.

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