La politización de las desgracias

Accidente ferroviario en Adamuz, Córdoba
20/01/2026
3 min

BarcelonaEn menos de 24 horas, Santiago Abascal aprovechó el accidente ferroviario de Córdoba para decir que "nada funciona bajo la corrupción y la mentira" y Silvia Orriols se agarró a la infección de Salvador Illa para piar que "la vida de un presidente no vale más que la de un policía, un mecánico o una florista…". Yo diría que si las dos declaraciones nos llaman la atención no es tanto porque el contenido nos haya escandalizado más de lo habitual en estas dos figuras como porque reflejan la confianza de las nuevas derechas que los vientos culturales les son favorables, el exceso retórico que delata a quienes se han creído las encuestas y se pasan de frenada. Es imposible saber a ciencia cierta si estas comunicaciones acabarán sumando o restando, pero se ha visto muy claramente que el aura de autenticidad de los líderes de la derecha es una pose igual que la de los rivales que tanto critican y, en realidad, todos utilizan un manual.

Una de las ironías de este manual, y que también explica nuestro desconcierto, es que se le inventó la izquierda: el hecho de que tras la neutralidad institucional y el énfasis en la gestión técnica haya decisiones de diseño político que no tienen nada natural y podrían ser muy diferentes es una idea originaria de la izquierda que quería sacudir las conciencias de una clase. Como explica la teoría del populismo de Ernesto Laclau, para disputar la hegemonía debes romper los consensos y leer cualquier problema a través de un esquema amigo/enemigo, aprovechar las roturas de la normalidad como prueba de que las élites corruptas han traicionado a la gente normal. Y Laclau era el autor de cabecera de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. Desde la crisis económica del 2008 hasta la dana, la idea de que deben politizarse las catástrofes en vez de cerrar filas con el rostro compungido ha sido la palanca con la que la izquierda debía mover el tablero.

Naturalmente, si la derecha ha adoptado este manual se debe a que funciona. Que debería haber temas sagrados es una idea que nos hace sentir bien, pero lo cierto es que detrás de cada cosa que nos parece intocable existe una postura sobre cómo debería ser el mundo que se puede discutir en términos políticos.

Las llamadas a la decencia y contra la deshumanización que se han hecho para responder a los aspavientos de Abascal y Orriols no son apolíticas, sino una forma de contrarrestar una politización con otra. De la misma manera que hay quien ha llamado a defender a uno trato especial para los presidentes, otros han aprovechado el episodio de los trenes para tratar de abrir un debate sobre si España puede permitirse una infraestructura de alta velocidad tan cara, y unos terceros han hablado del ingreso de Salvador Illa para recordar la infrafinanciación de la sanidad catalana o las infracciones de derechos lingüísticos que se cometen cada día.

Navegar en un mundo magmático en el que todo está hiperpolitizado es ambivalente: podemos responder agotándonos y dejando de creer en la política misma, o sentir que las pilas se nos recargan porque el cambio necesario sólo necesita encontrar el análisis y el mensaje que politicen los problemas en la dirección adecuada. La paradoja de Abascal y Orriols es que la misma energía que quieren cabalgar es la que puede alimentar la contrarrevolución que les acabe echando. Lo único seguro es que vivimos tiempos en los que todo está especialmente abierto, y que la partida no la van a ganar los más despolitizados, sino los que sepan politizar con la nariz más fina.

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