Cristianismo contra darwinismo social: una guerra ideológica para el siglo XXI

Elon Musk durante la ceremonia de inauguración de Donald Trump.
07/02/2026
Periodista
3 min

Yo soy ateo. Y, sin dejar de serlo, me encuentro ahora en el bando de los cristianos. Nuestro enemigo es fuerte: se apoya, quizá sin mucha conciencia de ello, en el paganismo, en la misma naturaleza y en la filosofía posterior a Friedrich Nietzsche. Quizá los del bando cristiano tampoco sepamos que lo somos. No hablo, evidentemente, de religión, sino de un enfrentamiento entre cosmovisiones que estalló en el siglo XX y está caracterizando el siglo XXI.

Permitan que me explique.

Pertenezco a un bando que cree en los derechos humanos. Que cree en la igualdad de todos los seres humanos. Que cree en los sistemas democráticos y está convencido de que cada ciudadano tiene derecho a expresar su opinión en forma de voto, sin que ningún voto valga menos que otro.

Todo esto, mirado fríamente, resulta bastante absurdo. Sabemos, en conciencia, que ni todas las personas son iguales ni valen lo mismo, y que tampoco valen lo mismo todos los votos, ni todas las opiniones. Pero nos empeñamos en ello porque es lo que consideramos justo.

Hablamos de ideas culturalmente cristianas, o judeocristianas si lo prefieren. Sólo el cristianismo, entre todas las religiones y creencias, asegura que cada uno de los humanos es hijo de un mismo dios y está hecho “a imagen a semejanza” de ese mismo dios. Sólo el cristianismo proclama la primacía de los esclavos, de los pobres, de los deformes. Sólo el cristianismo arranca de aquello que Friedrich Nietzsche llamó, en “La genealogía de la moral”, la “fuerza corruptora” de “un Dios en la cruz”, “aquel misterio de una inimaginable, última, extrema crueldad y autocrucifixión de Dios para salvación del hombre”.

Del humus de los evangelios y la predicación de Pablo de Tarso surge la convicción, reflejada ya por el derecho canónico medieval, de que existe una dignidad inherente al ser humano. Esa convicción queda establecida por primera vez, como documento político, en la declaración de la independencia de los Estados Unidos, escrita en 1776: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

En 1789, los revolucionarios franceses redactaron su propia Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Pero esos derechos, o esas “verdades”, nunca han sido “evidentes”.

La teoría de la evolución, planteada por Charles Darwin en su libro “El origen de las especies” (1859), sostiene que la naturaleza privilegia la transmisión genética de los individuos más fuertes y adaptables y, por tanto, no es en absoluto igualitaria. Ninguna de las religiones precristianas o postcristianas (incluyendo el Islam) cree en la igualdad o los derechos humanos. Y Nietzsche resulta convincente cuando se horroriza ante la “moral de los esclavos” implantada por el cristianismo. Nietzsche defiende la figura del “superhumano” o “ultrahumano”, “más allá del bien y del mal”, sin otra moral que su propia fuerza.

El nazismo utilizó algunos argumentos (pero no otros) de Nietzsche. En un boletín interno de las SS se decía: “Al insistir una y otra vez en que Dios murió en la cruz por compasión hacia los débiles, los enfermos y los pecadores, exigían luego que los genéticamente enfermos se mantuvieran con vida en nombre de una doctrina de la piedad contraria a la naturaleza y de una concepción errónea de la humanidad”.

Por fortuna, no hemos vuelto ahí. Pero ciertos aspectos del neoliberalismo como el “darwinismo social”, ciertas actitudes aporófobas y xenófobas (véase el rechazo a los inmigrantes pobres), la creciente admiración hacia el “hombre fuerte” y la razón de la fuerza, y ciertas actitudes de quienes se sienten hoy dueños del mundo (los tecnomagnates o el propio Donald Trump), convencidos de ser el “übermensch” profetizado por Nietzche, están vinculados, pese a ciertos rasgos de protestantismo (como la bendición divina en forma de riqueza), con la reacción contra la cultura cristiana.

En lo fundamental, este parece ser el campo de batalla ideológico para este siglo.

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