Ayer por la tarde vi a millones de barcelonistas bajando hacia el Camp Nou desde la Diagonal. En aquel mar de cabezas animadas que se dirigen al estadio en cada partido vi a un chaval que en el año 71 perdió la Liga en la última jornada y a quien todavía le dura el desconcierto de aquella tarde. Y vi pasar a Sadurní, Rexach y Sotil volviendo de El Molinón, y al buen tipo de Quini, y a Maradona que bajaba haciendo malabares con el balón, y a Urruti abrazado por la multitud, y a Stòitxkov subido a una señal de tráfico dirigiendo los corazones, y a Ronaldinho haciendo elásticas, y a Messi haciendo eslaloms al lado de Iniesta, de Xavi, de Guardiola, y de Valdés, que las paraba todas. Cruyff iba explicando a todo el mundo que ganar la Liga en casa contra el Madrid después del año que han hecho los dos equipos era pura lógica, y a su lado también bajaban Armand Carabén y Marjolijn van der Meer. Estaban todos los del 0-5, y los de los 5-0, y los de las tres Ligas seguidas en el último minuto, y por encima de todos sonaba la voz rotunda de Manel Vich que nos iba saludando por megafonía: “¡Buenas tardes a todos, y bienvenidos al estadio!”
Éramos millones porque íbamos acompañados de todos los barcelonistas que nos han precedido, porque los días que ocurre algo grande, uno va al fútbol con los que ya no están. Y también bajábamos con los que vendrán, porque algún día les explicaremos qué pasó ayer.
Ya me disculparán. El mundo está fatal, pero incluso en las guerras hay permisos, y el gran permiso global de este mundo vapuleado sigue siendo el fútbol.
Bajamos hacia el Camp Nou alborotados como nunca y salimos felices como de ningún otro Barça-Madrid. Felices y campeones.