Las edades del edadismo
Bienvenidos a un año más en nuestras vidas, momento adecuado para recordar que si hay algo muy personal es la edad. Cada uno la lleva como quiere o cómo puede. Pero parece que no. De acuerdo con la sentencia inapelable de la mayoría, la vida se pone interesante cuando todavía no tenemos edad por hacer según qué cosas y comienza su declive social cuando ya no tenemos edad para ir haciendo esas mismas cosas.
Siempre hay prescriptores que te informan puntualmente sobre qué puedes hacer y qué no deberías hacer a tu edad. Por eso, saber la edad de los demás es fundamental para que los prescriptores puedan emitir un juicio de valor que nadie les ha pedido. No te miran a ti, te miran el carnet, que es más fácil: "¿Cuántos años de diferencia se llevan esta pareja?", "Si tienes 64 supongo que te jubilarás pronto", "Esta se ha separado a los 67", "Esa, que tenía marido, se ha ido con 5 a su edad?", "Habrías tenido que verla, a las 4 de la madrugada dándolo todo", "Se ha puesto pecho", "Se tiñe", "No se tiñe"... No aciertas nunca.
Se ve que no cuenta si estás bien o no estás bien de salud, la edad a la que hayas tenido los hijos o se hayan muerto los padres, tu grado de satisfacción con el trabajo, el peaje que hayas tenido que pagar por una decisión equivocada, los gustos que hayas ido puliendo, los descubrimientos que has hecho tardía por una decisión que por fin te atreviste a tomar.
Seguramente lo hace, también, porque nos comparamos y porque nos es más fácil decidir que ya no tenemos edad para según qué. Juzgamos mucho por la edad, renunciando a pensar un momento en la vida de los demás ya saborear el encanto que tiene que cada vida pueda ser vivida de forma diferente, afortunadamente.