Mano robótica en el Mobile World Congress 2026.
19/06/2026
Filósofo, pedagogo y ensayista
3 min

Una parte relevante de la izquierda está defendiendo que la IA ha desplazado la lucha de clases al terreno digital. Me sorprende esta postura, porque la izquierda se ha caracterizado por una mentalidad tecnológica muy marcada. ¿Cuántas veces hemos oído que los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, cuando lo que hay que hacer es cambiarlo? El supuesto que sostiene esta tesis de Marx es que el mundo es un artefacto que puede ser reconstruido en sintonía con nuestros ideales. En esta convicción reside la esencia de la tecnología.Hoy consideramos prioritario el cambio, pero no porque esté en nuestras manos modificar la dirección de la historia, sino porque se ha independizado de nuestra voluntad. Quien no se adapte a lo nuevo, nos dicen los futurologos, está condenado a desaparecer.Cuando Marx quería cambiar el mundo se comportaba como un representante de la verdad. Hoy la verdad es el cambio. Por eso no hay manera de criticar coherentemente la IA desde la izquierda sin cambiar radicalmente la imagen del mundo como un objeto manipulable; es decir, sin recuperar una relación con el mundo que no sea exclusivamente utilitarista y que nos permita detenernos a escuchar nuestros propios miedos. Este simple gesto de detenerse a escuchar el mundo circundante es, en sí mismo, una afirmación de libertad que nos permite anclar nuestras urgencias en la orilla del río de Heráclito. No sabemos si nos estamos embarcando en el Titanic, pero hemos asumido que lo único que no podemos hacer es no embarcarnos, porque ya no hay tierra firme. No sabemos, tampoco, si los icebergs son ilusiones de nuestro propio miedo. Ya no somos capaces de diferenciar lo que es real de lo que es posible.

Pondré dos ejemplos.En 2003, Nick Bostrom, filósofo de la Universidad de Oxford, propuso el inquietante experimento mental del maximizador de clips. Su objetivo es ayudarnos a pensar los riesgos potenciales de una inteligencia artificial muy evolucionada programada para perseguir incondicionalmente un fin aparentemente inofensivo, pero ilimitado.Imaginemos que le pedimos que fabrique clips sujetapapeles de manera que maximice continuamente su producción. Recuerde que estamos tratando con una IA superinteligente que sabe encontrar de manera autónoma estrategias creativas para alcanzar su objetivo, empezando por la mejora constante de sus capacidades. En consecuencia, impedirá la intervención de todo lo que dificulte la producción de clips. No habrá manera de desactivarla. Cuantos más clips fabrique, más recursos necesitará y, en consecuencia, más reforzará todo lo que pueda ayudarla a incrementar la producción. Esta IA no sería enemiga de los humanos, pero tampoco su amiga. Se limitaría a considerarlos materia potencialmente utilizable.Más recientemente, los economistas Brett Hemenway Falk y Gerry Tsoukalas han llegado a la conclusión de que la IA podría estar dirigiéndonos a una productividad ilimitada con una demanda cero. Produciría en cantidades crecientes lo que nadie se encontraría en condiciones de comprar. Cada vez que una empresa reemplaza a un trabajador por la IA, parece que actúa racionalmente… Pero los trabajadores son consumidores y, si son despedidos, reducirán su consumo. Las empresas, entonces, recortarán costes automatizando más la producción, lo que favorecerá la caída de la demanda y se aventurarán en un ciclo que no sabemos si tendría salida natural.Según estos investigadores, ni el ingreso básico universal, ni los impuestos sobre la renta, ni los programas de reconversión laboral, etc. pueden impedir el crecimiento de esta “racionalidad” productiva. Lo único que, a priori, podría parecer efectivo sería la imposición de un gravamen a la automatización, de manera que una empresa tenga que pagar, bajo la forma de un impuesto, lo que se ahorra despidiendo a un trabajador. Pero nadie está discutiendo esta alternativa. Las empresas, entonces, ¿están condenadas a seguir una racionalidad productiva que no dispone de ninguna posibilidad de pararla?¿Estos dos ejemplos, muestran lo real, lo posible o lo quimérico? Cada vez es más difícil hacer coincidir nuestra imaginación (lo que es posible) con nuestra producción (lo que es real). A pesar de todo, parece que se imponen algunos interrogantes:¿Se puede criticar la IA con una mentalidad tecnológica que ve el mundo como un artefacto a nuestro alcance?¿Si los objetivos que marcamos para la IA no están bien definidos, no asumiremos riesgos considerables?¿Alinear los sistemas de IA con los valores humanos es un reto técnico o moral?¿Nos dirigimos hacia la obsolescencia del hombre?¿Cómo se puede cambiar un mundo que se mueve a toda marcha y sin freno?

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