20260423 Dos mujeres vestidas de flamencas, en la feria de Abril, en Sevilla
hace 14 min
Periodista
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He estado unos días en Andalucía y he tenido una curiosa sensación de bienestar, no nueva, porque me remite a una estancia reciente en Madrid, en circunstancias totalmente diferentes. No he tardado en deducir que el motivo de este bienestar es la lengua. Más precisamente, la ausencia de estréslingüístico que los catalanes sufrimos en nuestro día a día. Cuando me muevo por los territorios de la España monolingüe, mi cerebro hace un clic y se libera del desasosiego idiomático: aquí se habla español, solo español, y no hay nada que discutir. Entonces la relación con los demás, con la gente, se simplifica de entrada, la conversación fluye y se alarga, y al cabo de poco rato esta tregua lingüística se traduce en una distensión física; el cerebro siente que se ha librado de una molestia.Por mucho que nos digan que el bilingüismo es una riqueza, lo cierto es que una lengua franca indiscutible facilita mucho las relaciones humanas. Y en la mayoría de ciudades y países la lengua de relación colectiva es una y basta. En Barcelona y buena parte de Cataluña, por razones mentales, sociales y finalmente demográficas, la lengua franca es el castellano, y contra esta constatación nos rebelamos los que consideramos que el catalán necesita tanto nuestra firmeza como la empatía de los otros, como un buen paraguas legal. Pero los catalanohablantes socializamos con la certeza de que cada día nos exponemos a situaciones potencialmente conflictivas. Si mantenemos el catalán siempre –como es nuestro derecho, y como recomiendan los sociolingüistas– nos arriesgamos a no ser comprendidos, a tener que repetirlo todo dos veces, a soportar malas caras y quizás alguna exclamación, a ser tildados de intolerantes, xenófobos e incluso insolidarios. Y aunque nuestro interlocutor hispanohablante sea receptivo, empático o haya entendido que con el catalán le irá mejor la vida (que es lo que debería ser), a menudo la conversación que surge es demasiado básica, ortopédica, como de turistas, y el estrés lingüístico se mantiene.Si, por el contrario, cambiamos a la lengua del otro (por “educación”, por pereza, por evitarse malos ratos o porque sencillamente el futuro del catalán no nos importa tanto), nos vemos abocados a un segundo estrés linguistique añadido: el que proviene del sentimiento de culpa, la vocecita interior (o exterior, que para eso hay redes sociales) que nos dice que lo estamos haciendo mal, que de poco servirá invertir en normalización si los catalanoparlantes no lo hablamos siempre, a riesgo de amargarnos el día, o cogernos un resfriado, o vete a saber qué.Entiendo muy bien la frustración del ciudadano pakistaní u hondureño que, después de hacer el pertinente curso de catalán, no lo puede practicar porque los autóctonos dan por hecho que no lo entenderá. Pero es que normalmente es así: la gran mayoría de los forasteros no entienden el catalán ni lo hablan (no lo han necesitado). Y a todos nos llega un momento que el estréslingüísticonos pide una tregua. O un poco de cariño: a los catalanoparlantes, además de pedirles firmeza, también se les ha de recordar que la reculada del catalán no es culpa suya, y se les ha de agradecer la suma de pequeños y grandes gestos que han permitido a nuestra lengua sobrevivir a siglos de agresiones.Escribo esto en el avión que me lleva de Sevilla a Barcelona. En la cola para embarcar, un matrimonio mayor adorable se me ha dirigido con una sonrisa: “Usted salía en TV3, ¿verdad? Ahora no sale. ¡A ver si vuelve!”Llevan décadas viviendo en Terrassa, pero vienen de visitar a la familia en Córdoba. Soy catalanoparlante, pero estamos en Sevilla. ¿Cómo me dirijo? Digo un par de frases de cada. Elogio la primavera andaluza. Contestan en castellano, miran el Polònia. Yo callo y sonrío. Estrés lingüístico. Les podría preguntar por qué no hablan catalán después de tanto tiempo en Cataluña. Pero son tan simpáticos...

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