‘Famear’ aura: cuando el prestigio se convierte en juego
Hay palabras que explican mejor una generación que muchos tratados de sociología. “Farmear aura” es una de esas expresiones. Si un adolescente nos dice que alguien ha farmeado aura, no nos está hablando de ninguna energía espiritual ni de una propiedad misteriosa, no hace falta que pensemos que la cosa va de esoterismo, no. Quiere decir, más o menos, que aquella persona ha hecho alguna cosa que le ha hecho ganar presencia, carisma, estilo o admiración. Ha sumado puntos, ergo ha ganado aura.La palabra farmejar (del verbo to farm o farming, en inglés) viene de cultivar, labrar, etc., pero, para los jóvenes, su significado proviene del mundo de los videojuegos y quiere decir repetir una determinada acción para acumular experiencia, recursos o puntos y aumentar el valor o nivel. De los videojuegos ha saltado a la vida cotidiana y se hacen incluso batallas reales en parques y plazas. La lógica es fascinante porque también nosotros podemos acumular capital social a través de gestos, maneras de vestir, actitudes, frases, miradas o situaciones que nos hacen parecer más interesantes ante los demás. El aura deja de ser aquella cualidad intangible que hace que una persona adquiera un cierto magnetismo, aquello que simplemente emana de una persona, y se convierte en una especie de marcador invisible.Pierre Bourdieu nos ayuda a entender que quizá no hay nada tan nuevo como parece. El sociólogo francés ya había explicado que el prestigio no es una propiedad individual, sino una forma de capital simbólico, ya que algo adquiere valor porque una comunidad se lo reconoce. La ropa, los gustos musicales, la manera de hablar, los lugares que frecuentamos o nuestras referencias culturales pueden funcionar como signos de distinción. Lo que cambia ahora es la velocidad y, sobre todo, la conciencia del mecanismo.Farmear aura se ha convertido en una expresión característica de la jerga digital de la generación alfa, compartida también con la generación zeta. Ya no solo se trata de tener estilo, sino que hay que saber producirlo, exhibirlo y administrarlo. Una mirada en el momento adecuado, una celebración futbolística, una manera de caminar, una respuesta ingeniosa o incluso saber mantenerse impasible ante una situación ridícula pueden generar "más mil de aura". En las batallas de aura, esta lógica se hace explícita, porque los jóvenes compiten ante un público que decide quién transmite más presencia.
Si nos remitimos a Walter Benjamin, el concepto de aura se utilizaba para referirse a aquella singularidad de la obra de arte que está vinculada a su presencia única, a un aquí y ahora irrepetible. La reproducción técnica, pensemos en la fotografía o el cine, alteraba radicalmente esta relación con el original. El aura estaba vinculada precisamente a aquello que no podía reproducirse completamente. El farmeo de aura parece llevar esta paradoja hasta el extremo al reproducir el aura para conseguir que parezca única.Una determinada mirada se convierte en un meme. Una postura se repite millones de veces. Un gesto pasa de un vídeo a otro, del videojuego a TikTok y de TikTok a la plaza del barrio. Aquello que debía conferir singularidad se construye mediante la repetición. El aura ya no es necesariamente el rastro de una experiencia irrepetible, sino una performance que ha aprendido qué signos producen reconocimiento y, de rebote, una identidad. Esta identidad se basa en unos códigos que nacen en un ecosistema en el que la vida social y su representación ya no son fácilmente separables. Porque mientras una parte de los jóvenes farmea aura, otra tendencia cultural contemporánea propone exactamente lo contrario: el JOMO, joy of missing out, la alegría de perderse cosas, tal como muy bien ha expresado Juan Evaristo Valls. Ante el FOMO (el miedo a quedar excluido, a no estar, a no saber qué está pasando), el JOMO reivindica la satisfacción de no participar, de no mirar, de no estar permanentemente disponible, como sí que ocurre con el farmear aura. Son dos lógicas aparentemente opuestas. Farmear aura significa decir, por ejemplo, mírame. JOMO significa decir, en cambio, no necesito que me mires. Pero quizás ambas son hijas del mismo mundo.En una sociedad en la que cada experiencia puede convertirse en contenido, también puede convertirse en capital. Vamos acumulando fotografías, seguidores, likes, referencias, experiencias y momentos que nos proporcionan una determinada posición ante los demás. El problema no es que los jóvenes quieran tener aura. El problema sería que llegáramos a pensar que solo existimos cuando tenemos aura ante alguien.Quizá por eso el gesto más radical hoy no es conseguir tantos puntos de aura, sino desaparecer voluntariamente del marcador. Hacer algo que nadie registrará. Escuchar una canción sin convertirla en historia de Instagram. Ir a un sitio sin fotografiarlo. Estar con alguien sin demostrarlo. Hacer una cosa sin que produzca capital simbólico. Esto sería, en cierta manera, el verdadero JOMO, es decir, recuperar el placer de la experiencia que no necesita ser convertida en prueba. Y quizá aquí Benjamin todavía tiene algo que decirnos. El aura aparece cuando algo conserva una relación singular con un aquí y un ahora. Justamente aquello que no se puede acumular, repetir ni convertir en puntos en el marcador de la vida. Quizá la última forma de farmear aura sea, paradójicamente, dejar de farmearla.