La política española está empantanada, ¿quién la desempantanará? No será, ciertamente, el PP de Alberto Núñez Feijóo, que no consigue presentarse como una alternativa de gobierno que convenza a nadie, salvo al propio PP y al único interlocutor y socio que le ha quedado, Vox. La situación del gobierno de España oscila entre la ansiedad y el estado de shock, según las noticias de cada día, de cada semana y de cada mes. Pedro Sánchez parece decidido a no adelantar elecciones, o a resistirse al máximo a hacerlo, y se puede dudar si esta actitud se debe a la firmeza, al cálculo o a la mera obstinación. Pero Feijóo no es, en todo caso, un líder que se presente con una respuesta capaz de generar ilusión frente al desgaste del gobierno. Hace mucho tiempo que su única tarea de oposición consiste en dirigir exhortaciones a los socios de investidura de Sánchez. A veces los culpabiliza, otras veces los insulta, muchas menos veces insinúa algo parecido a querer convencerlos (ya no diré seducirlos para no parecer sarcástico). A Junts y al PNB, en particular, les ruega y les vuelve a rogar, como un fraile mendicante de la política, que le dejen sus votos para llevar adelante una moción de censura, aunque sea una moción instrumental, haciendo ver que deja a Vox en segundo plano. Tampoco así consigue que la derecha catalana ni la vasca le den su apoyo. No porque Junts y PNB estén especialmente satisfechos con Sánchez y su gobierno (sobre todo Junts, presa de una incomodidad conceptual que le lleva a hacer la política de gesticulaciones que ya conoce todo el mundo), sino porque saben que la propuesta de la derecha española no es ninguna alternativa aceptable. Saben que, por mala que sea la situación actual, la otra es objetivamente peor. Con un PP que dice abiertamente que está dispuesto a gobernar con Vox (¿qué, si no?) y con la demostrada ascendencia de la derecha española sobre poderes del Estado como la policía y los jueces, aquello que pueda pasar en forma de involución —y, si conviene, de demolición— de la democracia española es fácil de imaginar y difícil de digerir. También es obvio que los primeros en recibir las consecuencias serían los vascos y los catalanes. Muy principalmente los catalanes.La desconfianza de Junts y PNB hacia el PP tiene también que ver, paradójicamente si se quiere, con aquello que ha servido a los populares para poner contra las cuerdas al gobierno de Sánchez: la judicialización de la política. Al inicio de la actual legislatura, el PP cayó en la maniobra de tildar de “ilegítimo” —poca broma— al gobierno de izquierdas, y Feijóo vaticinó a Sánchez un “calvario” que se ha ido haciendo realidad por capítulos. La sintonía entre el PP y la justicia patriótica es más que evidente, y esto hace que el atasco sea no solo del gobierno, sino del sistema institucional. Para desalojar al PSOE del poder y acceder a él ellos, literalmente han pervertido el estado de derecho: así han ganado posiciones y desgastado a Sánchez, sí, pero también se han arrinconado. A Feijóo le faltan seis votos para hacer caer a Sánchez, solo seis. Y no los consigue. Solo puede mendigarlos.