Un agente de los Mossos d'Esquadra hablando con un alumno en el Salón de la Enseñanza
Act. hace 25 min
Escritora
3 min

Nuestros primos de Marruecos nos contaban que en la escuela recibían castigos físicos, ya fuera alguna colleja de vez en cuando o golpes con la regla en la palma de la mano. Nosotros, que teníamos maestros amorosas y cercanas, nos moríamos de miedo imaginando aquellos castigos, pero aún era más terrible saber que si el niño o niña llegaba a casa quejándose de la bofetada de un profesor, lo que pasaba era que el padre le daba otra sin siquiera preguntar qué había provocado la reprimenda. Por suerte hace tiempo que aquella manera de ligar la violencia con la enseñanza ha quedado atrás y ya nadie cree que haga falta sangre para hacer entrar la letra en ningún ser humano. En aquel contexto la autoridad de los docentes se imponía por la fuerza y era el miedo el que llevaba a respetarla. Releer los relatos de Montserrat Roig sobre monjas terroríficas que la educaron es una buena manera de entender este mundo que algunos no han vivido nunca.

Los problemas de los centros educativos hoy no tienen que ver con aquel maltrato institucionalizado de los alumnos sino con la dificultad que tienen muchos docentes de mantener la autoridad a lo largo de las horas lectivas. La erosión de la figura del maestro y su lugar en la sociedad comenzó hace décadas y pasamos de no ponerlo nunca en duda a hacerlo siempre. Hoy día, quien se dedica a la enseñanza parece que deba estar al servicio del alumnado y las familias, que todo se deba adaptar a las necesidades de quien asiste a clase, y convertir la educación en una especie de dispensario. La realidad es compleja y la diversidad se ha multiplicado, también los planes y programas para una inclusión que en muchos casos solo existe en el papel. Las políticas educativas parecen que quieren tratar a los estudiantes más como a clientes que como a ciudadanos que tienen el derecho de recibir una formación de calidad. Y si hay fracaso escolar porque lo que se implementa no funciona, en lugar de revisar y cambiar las decisiones que se toman desde arriba, se adoptan estrategias para enmascarar los resultados. La reticencia a hacer repetir a los alumnos que no han alcanzado el nivel es un ejemplo. También las últimas pruebas de competencias básicas en que se ha eliminado la parte de la expresión escrita, que ha sido sustituida por preguntas tipo test. Expresión escrita marcando cruces, este es el nivel de los que evalúan el sistema.

Con todo esto, la burocracia, la formación inútil y absurda, la atención individualizada hasta extremos ridículos y la preocupación constante por las reacciones de los padres han convertido lo que es una de las vocaciones más bellas que existen en un infierno. La segregación urbanística de la población de origen inmigrante y más pobre lleva a una segregación escolar que se traduce en una acumulación de situaciones de conflicto en un mismo centro y en una brecha entre escuelas pobres y escuelas ricas cada vez más grande que desmiente del todo el supuesto de una educación de calidad y universal. El profesorado hace tiempo que trabaja desbordado, teniendo que asumir situaciones que no tienen nada que ver con su trabajo: precariedad de las familias, violencia y penetración de discursos extremistas de todo tipo que impugnan el sistema de valores que debe transmitir una institución tan fundamental para la democracia como es la de la escuela. 

Si hay centros que han pedido la presencia de Mossos d’Esquadra debe ser porque la necesitan. Habría que ver qué pasa allí para entender la decisión. Pero sea como sea, que haya policías en la escuela constituye un fracaso estrepitoso de las políticas educativas. Al fin y al cabo, los cuerpos de seguridad son los que tienen la exclusiva del ejercicio de la fuerza. Aunque vayan de paisano.  

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