El año pasado se conmemoró su cincuenta aniversario. El primer Canet Rock, celebrado el 26 y 27 de julio de 1975 en Canet de Mar, fue uno de los grandes rituales fundacionales de la (contra)cultura catalana contemporánea. La idea surgió de Pau Riba, Jordi Batiste y el equipo de Zeleste, y reunió a más de 30.000 personas en un momento en que el franquismo agonizaba y cualquier expresión colectiva tenía una connotación política inevitable. De hecho, desde la perspectiva del régimen, aquello era una transgresión intolerable, pero que se tenían que tragar con patatas. Actuaron Sisa, Maria del Mar Bonet, el mismo Pau Riba y muchos otros, en un formato de maratón musical que duró toda la noche. Todo aquello expresaba una ruptura generacional desacomplejada, así como la voluntad de reapropiación del espacio público a través de la fiesta y la lengua. Fue también el inicio de una mitología comunitaria según la cual la (contra)cultura catalana podía tener una dimensión masiva y una identidad propia que no pasaba forzosamente por Madrid. De "cultureta", pues, nada. Creo que la mejor imagen de aquel acto irrepetible es la expresión de incredulidad de los guardias civiles que vigilaban las actuaciones. No tenían un rictus contrariado o enfurecido: hacían cara de estupefacción, de desconcierto, al contemplar aquel mundo rancio del cual formaban parte y que se desmoronaba sin remedio ante ellos.Pensé en todo esto la semana pasada al leer una noticia sobre el típico montaje institucional basado en las ocurrencias de los funcionarios locales de la transgresión. Por supuesto, ni siquiera lo mencionaré, este montaje. Qué viejo y trasnochado: el rollo de asustar tías de siempre, las vanguardias amaestradas, la verborrea, el ambiente un poco versallesco. Es justo el reverso de un acto culturalmente salvaje como el de Canet de hace medio siglo. La transgresión estética solo funciona mientras no es reconocida institucionalmente. Su poder proviene de la fricción con un orden que aún no la ha digerido. Cuando este orden —museos, festivales, universidades, mercado editorial, secciones de cultura de los medios de comunicación— la integra como valor, la transgresión se convierte en norma decorativa, en bibelot, y por encima de todo, en una coartada que justifica cualquier impostura. Lo que triunfa no es la transgresión, sino su imagen truculenta —una versión domesticada, repetible, mercantilizable—. En este proceso, el juego original queda anulado, porque si todo es transgresor, nada lo es. La transgresión institucionalizada es, en este sentido, una bonita paradoja: en el momento en que triunfa se desinfla. Muere.
Por definición, la transgresión solo es posible mientras existen límites. No es una gesticulación aérea, difusa, sino que se lleva a cabo en una línea fronteriza nítida. Transgredir significa desbordar, forzar, desplazar aquello que es reconocido como forma, como norma, incluso como expectativa. Sin esta línea, que se desdibuja en el seno de las sociedades decadentes, no hay transgresión; hay, como mucho, variación o excentricidad; o, lo que aún resulta más habitual, una pura chorrada pretenciosa o algo parecido. Las instituciones culturales tienen una capacidad extraordinaria de absorber y metabolizar aquello que inicialmente las cuestiona. Catálogos editados como si fueran un bello volumen de la colección La Pléiade, programas con muchos santitos, convocatorias, subvenciones con factura fraccionada o sin ella, protocolos estrictos en las cosas superficiales y muy laxos en las importantes, discursos curatoriales, cócteles con lo más granado del papanatismo local... Si hoy se hiciera un remake del proyecto de Dalí y Lorca llamado Los Putrefactos, los personajes serían bien fáciles de identificar. Cuando el sistema cultural asimila un gesto a la transgresión lo convierte en valor: el mercado lo hace suyo, la crítica lo legitima, la academia lo teoriza. Lo que era ruptura deviene capital simbólico y, una vez circula, deja de ser subversivo. La administración pública se cobra todo esto: el pobre rebelde subvencionado ha de perder una semana de su vida emitiendo una factura de una complejidad innecesaria, humillante, sádica.Hoy transgredir significa, sobre todo, escapar del mapa previsto: no tener smartphone, no estar en las redes sociales, no emplear términos como resiliencia o sinergias, ir a pie a todas partes, hablar catalán siempre (con la excepción de la expresión "café con hielo") y hacerse la comida en lugar de llamar a un pobre hombre para que te traiga en bicicleta la cosita esta con aguacate y sin gluten que crees que te gusta porque la ves en las series.