Gaza y el fin de la historia

Un edificio destruido en un ataque aéreo israelí en el oeste de la ciudad de Gaza.
18/09/2025
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El fin de la historia es un término que asociamos con Fukuyama, aunque se remonta a Hegel, que consideraba que el fin de la historia está contenido en cada momento de la historia, sin que esto signifique llegar a ningún punto final. Por su parte, Fukuyama entendía el fin de la historia como el de la hegemonía de la democracia liberal: caído el Muro de Berlín y terminada la Guerra Fría, este pensador conservador no veía ya obstáculos para que el liberalismo y la democracia se asentaran como la hoja de ruta de la economía y la política del planeta. Los países comunistas irían evolucionando y la guerra tendría mala cabida en un sistema basado en la libertad de comercio, los derechos civiles, las libertades ciudadanas y los valores de las sociedades llamadas del bienestar. La memoria del Holocausto había propiciado un nuevo orden mundial, y tenía que ser garantía del mantenimiento de ese orden: debía actuar como un mandato ético que bloqueara la pulsión del asesinato de masas. El emblema de la capacidad de la humanidad para destruirse a sí misma fue, y es, la bomba atómica de Hiroshima.

Gaza se convierte ahora en un nuevo emblema. Desde su creación, Israel se ha erigido en el estado que representa la democracia liberal en una zona del planeta donde no existe. A ojos de Occidente, Israel ha sido el abanderado democrático rodeado de dictaduras teocráticas que deseaban su destrucción; de ahí, pues, la fuerza de la idea del derecho de Israel a defenderse. El Holocausto, en este contexto, servía de antecedente histórico que cargaba de razones ese argumentario. La tenebrosa trayectoria y las actuaciones criminales de Hamás, así como los dobles y triples papeles jugados por Egipto, Irán o Arabia Saudí, reforzaban el relato oficial y hegemónico sobre Israel que Occidente ha asumido y sostenido durante más de setenta años.

El relato ha saltado por los aires con la guerra de limpieza étnica desatada sobre Palestina por el gobierno de Netanyahu. Es cierto que en el mundo queman conflictos tanto o más sanguinarios que este: Yemen, Sudán, Congo, Siria. Pero en Gaza muere también la idea de la democracia como bien superior. Han asesinado a cerca de setenta mil personas, y además han insultado, pervirtiéndolos, el nombre de la democracia y también el del Holocausto, que en sus manos se han degradado y corrompido, como todo lo que tocan la ultraderecha y el fanatismo religioso. Han mostrado el plumero del victimismo, y la obscena aquiescencia de Trump, unida a la parálisis impotente de la Unión Europea y Naciones Unidas, ha acabado de agotar la paciencia de muchos.

Los vaticinios de Fukuyama han quedado en evidencia, y de Gaza hacia el norte y al sur, del este al oeste, vivimos en un mundo infestado de guerras. ¿Debemos llamarlo genocidio? Los miembros de la Comisión de Investigación Independiente de la ONU dicen que sí, y también dicen que los estados que no actúen para detenerlo podrán tener que afrontar consecuencias legales. Mientras, quienes deploramos la invasión de Gaza y la masacre perpetrada hasta ahora deberíamos ser también capaces de distinguir el judaísmo del sionismo y del actual gobierno de Israel.

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