Aquel taxista iraní

Un grupo de mujeres iraníes pasan por delante de un mural junto a la antigua embajada de EEUU en Teherán, a principios de este año.
hace 19 min
Periodista
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La mayoría de embajadas frente al gobierno de Estados Unidos están situadas en la avenida Massachusetts de Washington, a menudo una junto a otra, lo que proporciona una lección continua de geografía y vexilología –el estudio de las banderas–. Hay una que es como palacete de estilo oriental, inconfundible con su cúpula brillante de mosaico de color azul turquesa. Fue la embajada de Irán hasta 1979, cuando cayó la monarquía del sha y fue sustituida por la teocracia del ayatolá Jomeini. Desde entonces, el edificio permanece cerrado y el departamento de Estado se encarga de su mantenimiento.

Pasaba por delante muy a menudo, yendo hacia el trabajo, a veces a bordo de un taxi conducido por un iraní que había sido coronel de la policía del sha y que tuvo que exiliarse con el cambio de régimen. Era un hombre mayor, de pelo blanco y ademán derrotado, que cuando llegábamos a la altura del palacete se preguntaba si alguna vez volvería a verlo abierto. No lo decía en tono de venganza, sino que hablaba desengañado de haber visto que la corrupción no entendía de regímenes, y con la amargura de que la riqueza que generaba el petróleo no se transformara en bienestar general para su país, que probablemente nunca volvería a pisar.

Estos días, la república islámica iraní está intentando apagar las revueltas con un baño de sangre en las calles. El presidente Trump está llamando a mantener las protestas y promete ayuda para conseguir un "MIGA" ("Hagamos mayor a Irán otra vez"). Por más que Trump represente la negación explícita del derecho internacional, los iraníes que están saliendo a las calles enarbolan la bandera de la libertad que hemos visto a lo largo de la historia tantas veces y en tantos países, y sólo podemos manifestarles nuestra completa solidaridad.

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