La impunidad y Julio Iglesias
Es triste leer los testigos de las mujeres que denuncian los presuntos abusos de Julio Iglesias publicados por Eldiario.es y no sentir sorpresa, que los hechos explicados sean perfectamente plausibles, que no nos extrañen lo más mínimo. Lo que no evita, claro, la conmoción que provocan algunos detalles estremecedores sobre el sistema de explotación al que sometía a sus víctimas. Podíamos haber deducido fácilmente, por cómo hablaba de las señoras y por cómo las trataba en público, que el latin lover era, en realidad, un depredador sin escrúpulos. Pero son así, estos seductores empedernidos, no pueden evitarlo, tienen tanta potencia sexual que deben ir por el mundo tirándose todo lo que se les pone delante. Era una de las cosas por las que se admiraba el cantante en todo el mundo: por ser un conquistador sin que nadie se preguntara qué pensaban sus conquistas. ¿Y qué debían pensar? Qué honor, qué privilegio ser elegida por un señor que las podía tener todas, con éxito, dinero y poder. ¿Qué tenían que decir ellas, que apenas entraron en la edad adulta, cuando, en medio de una entrevista, les hacía comentarios sobre su físico, les preguntaba si tenían novio o les plantaba un beso en los morros? Con el escándalo de las denuncias, las televisiones han hecho recopilaciones de los momentos estelares del personaje que estremecen, porque constituyen agresiones en toda regla hechas en vivo y en directo ante un público que ríe y aplaude y celebra esta violencia normalizada. ¿Quién podía decir ni media palabra si él era así; ya se sabe, los hombres. Al ver las imágenes de besos he recordado a todos los ajenos asquerosos, la flexibilidad que adquieren los cuellos de las mujeres a base de hacer la cobra, todas las estrategias que hemos tenido que adoptar para esquivar a quienes piensan que son buenos amantes cuando no tienen ni la más remota idea de lo que quiere decir el buen sexo, que empieza y cono siempre con.
Como cada vez que el denunciado es una figura pública, no han tardado en salir voces en defenderle. Que si él toca a todos por igual, hombres y mujeres, decía un antiguo mánager de Iglesias. Claro, ¿ya los hombres también os sodomizaba? ¿También le llevaba a hacerle pruebas de enfermedades de transmisión sexual? ¿También le metía la lengua hasta la garganta? Un amigo íntimo decía que nunca había visto nada de lo que cuentan los testigos. Ya se sabe, la presbicia que lleva la admiración, interesada o no, que de cerca no ves ni un borrador. Como los vecinos que descubren por las noticias de que el del 3º 2a es un asesino. "Parecía una persona completamente normal"', nunca lo hubieran imaginado. Sólo que en este caso el asesino blandía sus armas frente a millones de personas. Y sólo faltaba Ana Obregón, conocida por inseminar a una mujer pobre con el esperma de su hijo para hacerse hacer una hija-limpia de encargo. Salió a hacer lo que se hace siempre que existe una denuncia: a poner en duda la palabra de las víctimas. ¿Cuánto han cobrado? Mujeres, pobres y con la piel marronosa, a la fuerza deben ser unas mentirosas que ponen en duda la honorabilidad del señor de pies a cabeza, a quien ella tampoco conocía estos comportamientos. Ya es mala suerte que Anita no vea nunca los especímenes de este tipo. No vio al Lequio maltratador ni cuando él mismo defendía alguna bofetada de vez en cuando, no vio la pederastia de Epstein y ahora tampoco ha visto el autodeclarado truán. Se demuestra así que uno de los puntales que sostienen la estructura de la impunidad de la violencia machista son las cómplices, el brazo femenino siempre miope frente al poder masculino, las que miran hacia otro lado o incluso abastecen al macho en cuestión. Sea como fuere, el clima de impunidad que acompaña a los famosos y poderosos acaba estableciendo un verdadero y muy medieval derecho a muslo.