Giro en la política catalana
Es bastante probable que el ascenso de Alianza Catalana reflejado en la encuesta publicada por el ARA no muestre bien un giro ideológico sino más bien una reordenación profunda de las guerras culturales que, desde hace años, se han ido acumulando bajo la superficie de este país. El estudio sitúa Alianza Catalana por delante de Junts y consolida el PSC, aunque precariamente, con ERC recuperando posiciones. Esta fotografía electoral, sin embargo, solo es la parte visible de un movimiento tectónico más profundo: la transformación de la política catalana post-Procés en un conflicto cada vez más cultural y axiológico, en el que la identidad –y especialmente la lengua–, la percepción de quiebra de los servicios públicos (infraestructuras viarias, sanidad, educación) y la sensación de pérdida de control sobre la inmigración comienzan a pesar más que los ejes clásicos de derecha-izquierda y/o independentismo-unionismo. Esta percepción puede parecer muy difusa y subjetiva, ciertamente, pero eso no significa que no exista. De hecho, menospreciarla o ignorarla nos ha llevado hasta donde estamos ahora, y por eso me gustaría pensar que un día de estos, y sin necesidad de entonar ninguna mea culpa, más de un partido y sindicato asumirán al menos una parte de la responsabilidad. El elemento más significativo del giro que comentamos es, pues, que una parte del electorado independentista ha dejado de priorizar casi en exclusiva la cuestión nacional para pasar a subrayar los temas enumerados antes: la inmigración (percibida como excesiva), la seguridad (multirreincidencia delictiva, etc.) o la preservación de maneras de ser y de estar (la indumentaria de algunas mujeres musulmanas, etc.). Según datos del CEO el número de respuestas que refuerzan la impresión de que en Cataluña hay más inmigrantes de los que viven en realidad se ha duplicado... ¡en solo un año! No estamos, pues, ante una anécdota porcentual, sino ante un verdadero volantazo. Estas percepciones –no por fuerza correlacionables con datos objetivos– son el combustible perfecto para cualquier formación política que decida articular el malestar en términos de protección cultural y defensa del territorio.
Un 23% de los votantes de Junts de 2024 ahora optarían por Alianza Catalana. Esto tampoco es anecdótico. En todo caso, y teniendo en cuenta la manera como ha evolucionado la situación, no se trata del todo de un trasvase ideológico en el sentido clásico, sino más bien emocional. A lo largo de los últimos meses he mantenido conversaciones con personas que, con mucha franqueza, me han explicado que se sienten desplazadas por un independentismo institucional que perciben como burocratizado, urbano/barcelonés y desconectado de sus inquietudes y problemas. Gente de Ponent, sobre todo, a quienes conozco desde hace muchos años y que no encajan en absoluto con aquello que habitualmente entendemos por "extrema derecha". De hecho, según el sondeo encargado por el ARA, Alianza Catalana podría acabar siendo la primera fuerza política en las comarcas de Lleida.
El PSC mantiene globalmente el liderazgo, aunque el aumento simultáneo de Aliança Catalana y Vox –hasta 39 escaños potenciales entre ambos– indica que la polarización en términos de guerra cultural se extiende transversalmente. La izquierda retendrá quizás la mayoría parlamentaria, pero lo hará en un contexto en el que el debate público se desplaza, cada vez más decididamente, hacia la identidad y la seguridad, ámbitos en los que siempre ha jugado de una manera dubitativa, o incluso equívoca, por miedo a salir mal parado. Cataluña ya no es la excepción europea. El oasis sin extrema derecha significativa –el oasis que nunca existió– ha desaparecido. El ascenso de Aliança Catalana reproduce patrones observados en Francia, Italia y los Países Bajos: zonas y franjas de edad bastante concretas como epicentro del voto a la defensiva, combinado con el malestar difuso, pero no por ello imaginario, que hemos comentado antes. En este sentido, el sondeo que el ARA publicó el domingo no anuncia solo un cambio electoral, sino un verdadero giro que va más allá de la aritmética parlamentaria y de las fluctuaciones electorales habituales. El independentismo se fractura entre una corriente pragmática e institucional (ERC, Junts) y una opción identitaria percibida casi como antisistema. El autodenominado "constitucionalismo" se reorganiza entre un centro-izquierda ampliado (PSC) y una derecha desacomplejadamente franquista y muy beligerante (PP/Vox). Hoy la batalla política catalana tiene poco que ver con el año 2017, a pesar de que ciertos liderazgos sugieran lo contrario. El relato en disputa es ahora quiénes somos y quiénes queremos ser (o quizás quién, o qué, no queremos ser...).)