Hace unos días, en la presentación de la Nota de Economía de la Generalitat dedicada a la prosperidad compartida, el economista Branko Milanovic recordó una idea que ayuda a entender muchas de las tensiones políticas que vivimos en Occidente. Hace años que hablamos de polarización, desconfianza en las instituciones o crisis de las democracias liberales. Pero a menudo nos cuesta conectar estos fenómenos con los cambios económicos que han marcado el mundo en los últimos años.
En realidad, lo que cuenta Milanovic comienza con una buena noticia. En las últimas décadas, el mundo ha vivido un proceso de igualación de las rentas sin precedentes. Gracias a la globalización, cientos de millones de personas –especialmente en Asia– han salido de la pobreza y han pasado a formar parte de una nueva clase media global. Las diferencias de renta entre países se han reducido de forma notable. En términos históricos, es una transformación extraordinaria: nunca tanta gente había mejorado tanto sus condiciones de vida en un período de tiempo tan corto.
Pero esa historia también tiene otra cara. La misma globalización que ha ayudado a reducir la desigualdad entre países ha generado nuevas tensiones dentro de los países ricos, como el nuestro. En términos relativos, una parte de las clases medias y medias-bajas de Europa o Estados Unidos han perdido posición en el ranking global de renta. Hace unas décadas, un hogar con modestos ingresos en Italia o España se encontraba muy arriba en la distribución mundial. Hoy, millones de personas de países emergentes han mejorado tanto sus condiciones de vida que las han superado.
Esa sensación de desplazamiento relativo es una de las claves del malestar político que recorre muchas democracias occidentales. Durante décadas, el contrato implícito de las economías avanzadas era que el progreso económico acabaría llegando a todo el mundo. No siempre al mismo ritmo, pero sí con la promesa de que cada generación viviría mejor que la anterior. Cuando esta expectativa se debilita –cuando mucha gente percibe que el mundo avanza pero su posición relativa no mejora– la confianza en las instituciones también se resiente. Y este sentimiento se acentúa cuando, dentro de los propios países, el crecimiento se ha distribuido de forma desigual: mientras algunos segmentos de renta mejoran gracias a la globalización oa determinadas políticas públicas, una parte de las clases medias percibe que su progreso se ha estancado.
La gran igualación global es una de las mejores noticias económicas de nuestro tiempo. Pero para que este progreso sea también políticamente sostenible, debe traducirse en mejoras visibles dentro de cada sociedad. El crecimiento sólo consolida a las democracias cuando la mayoría percibe que también forma parte. Si esa sensación desaparece, la prosperidad deja de ser un proyecto colectivo y se convierte en un problema político.