01/02/2022

¿Puede haber una Tercera Guerra Mundial?

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La nueva amenaza nuclear

1. Nacionalismo imperial. Llevamos ya quince días viendo en los telediarios reiteradas variaciones de las imágenes de los vehículos terrestres del ejército ruso cerca de la frontera de Ucrania. La repetición tiene a menudo un efecto normalizador. Aquello que el primer día impacta, va perdiendo aura amenazante en la rutina. Pero aun así sigue la inquietud. Y la carga psicológica que nos deja la pandemia suma disposición al pesimismo.

La convicción de que Rusia, con Putin haciendo de la conciencia imperial la principal fuerza de legitimación personal y de cohesión del país, no está dispuesta a perder el control de su periferia, confirma que no estamos ante una maniobra caprichosa, sino que se trata de una decisión estratégica. Y, por lo tanto, que los países fronterizos con Rusia son y serán objeto permanente de control y amenaza por parte del Kremlin. El nacionalismo imperial ha sustituido el comunismo como referente ideológico de la sociedad rusa, hasta el punto que Putin ha transformado al Stalin símbolo de crueles políticas de exterminio del enemigo de clase (y de raza) en el gran padre de la patria ganador de la Segunda Guerra Mundial.

Decaída la visión de la URSS como amenaza para el capitalismo, ahora el problema se concentra en la sumisión de su perímetro: una mezcla de exhibición de potencia y debilidad. Por lo tanto, no se trata del choque entre dos modelos económicos y sociales –la penetración del capitalismo en Rusia es una evidencia– sino de la afirmación de la vieja y deteriorada potencia y su ámbito de influencia. Y Putin necesita lucir autoritarismo imperial porque la fragilidad de Rusia es evidente entre Estados Unidos y una China que ha integrado la economía capitalista sin perder la hegemonía de partido único, que todavía se llama comunista. La represión de Tiananmen y la caída del Muro de Berlín marcaron dos caminos muy diferentes. 

2. El pasado. A menudo se ha dicho que paradójicamente ha sido la bomba atómica la que ha hecho imposible una Tercera Guerra Mundial. El inmenso desarrollo del armamento atómico desde Hiroshima y Nagasaki habrían llevado a un estadio de disuasión absoluta. Nadie correría un riesgo que lo arrasaría todo. Una vez más nos encontramos ante la paradoja de las tecnologías: son capaces de lo peor (destruir la humanidad, en el caso de la nuclear) y de lo mejor (generar energía para iluminar toda la Tierra). El enfrentamiento bélico entre potencias solo puede ser por intermediarios, en territorios ajenos.

Creo que fue Churchill quien dijo que un ciudadano del Imperio Romano habría entendido perfectamente la Primera Guerra Mundial, pero que habría quedado descolocado con la Segunda. Recordaba, entre otras cosas, la diferencia de muertos civiles entre las dos guerras, fruto del exterminio y de los grandes bombardeos. Probablemente en la Tercera Guerra Mundial, si llegara, nos haría sentir extraños a nosotros. El papel de las guerras lo harán –quizás en parte ya lo están haciendo– formas de penetración mucho menos aparatosas (que buscarán modelar las personas, más que liquidarlas). Y las guerras tradicionales serán locales, de disputas entre poderes tribales y de destrucción de culturas gastadas para adaptar las economías a las exigencias del capitalismo global.

Los grandes poderes económicos y tecnológicos, que van camino de articular el mundo, son más poderosos que la mayoría de los estados y con una eficiencia creciente en el control de las personas y en el modelado de las sociedades. Me parece que se puede decir que si hay Tercera Guerra Mundial será computacional o no será. Y esto no quiere decir que no tenga que dejar víctimas y aumentar las fracturas sociales y regionales de maneras que ahora mismo nos pueden parecer inimaginables. De hecho, mientras estos días hablamos de una guerra que probablemente no será y que nos lleva a escenificar imágenes propias de las guerras del pasado, la penetración tecnológica del mundo no para. Y, por lo tanto, lo que tendríamos que hacer es prepararnos para unas guerras invisibles que ponen en juego la democracia como régimen de libertades. La movida de Putin es el pasado, mientras la China va a lo suyo y nadie la intimida.