Siempre hacemos literatura: cuando pedimos un café, relatamos nuestros malestares a un médico, escribimos un email, insultamos (por cierto: llama la atención la baja calidad de los insultos en la actualidad), hacemos la lista de la compra, damos el pésame, declaramos nuestro amor eterno o circunstancial, reñimos a nuestro hijo o discutimos con nuestra pareja.Hacían literatura quienes en Pompeya escribían mensajes electorales en las paredes ("Vota X"); quienes a toda prisa y con afán escribían poemas groseros ("Nos hemos meado en la cama; realmente / somos un desastre. / ¿Quieres los motivos, hostelero? No había / ¡ningún orinal!"); los románticos ("Cómo me gustaría sostener tus queridos brazos alrededor de mi cuello y besar tus labios") y los pragmáticos comerciantes de su propio cuerpo ("Esperanza, sí a todo, nueve ases"). Quienes confesaban sus preocupaciones existenciales ("Una vez muertos, no somos nada") y los compositores de metagrafiti ("Me sorprende, oh pared, que todavía no te hayas derrumbado bajo el peso de las tonterías de tantos escritores").Encontramos literatura en las paredes de Bilbao ("Marikas violentos buscan venganza. Intifada marika") o Córdoba ("Odiar es de flojuchos") o en la muralla romana de Lugo ("Romani ite domum ", es decir, "Romanos go home").Estos grafitis o, si se prefiere, estas pintadas son un ejercicio literario (aunque no muy cívico), porque pretenden modelar una idea para darle la forma de un aforismo.Parece que la primera representación gráfica de Jesucristo fue un grafiti del 200 d.C. encontrado en el Paedagogium del Palatino de Roma. Con la intención de ridiculizar el cristianismo, muestra a Jesús con una enorme cabeza de asno y clavado en la cruz. Una inscripción dice: “Alexàmenos adora a Dios”. No muy lejos, en el mismo edificio, otra inscripción dice: "Alexàmenos es fiel". ¿Quizás esta persona está reivindicando literariamente su fe ante quienes se han burlado de ella?Cuando nos encontramos con un amigo y nos pregunta cómo nos va, inmediatamente nos disponemos a modelar artísticamente nuestra memoria para darle la forma de un relato. Al hablar –perdonen la expresión–, literaturizamos. ¿Acaso no pasamos el día explicando cosas (supuestamente) interesantes sobre nosotros mismos? ¿Y una biografía no es el resultado de nuestra insistencia en imponer relatos al caos de nuestra existencia?Entonces, y aquí es donde quería llegar, la comprensión que tenemos de nosotros mismos no puede ser más precisa que el rigor de las palabras que utilizamos para comprendernos. Más allá de las palabras, solo hay oscuridad y, quizás, mermelada sentimental. En el caso –altamente improbable– de que hubiera un yo genuino, un verdadero yo, sin palabras sería mudo.
Apuleyo explica que Sócrates estaba en una ocasión hablando con un grupo de jóvenes. Todos participaban de manera entusiasta en el diálogo. Todos menos uno, que, recogido en sí mismo, en la periferia del grupo, no abría la boca. Sócrates, que lo observaba con detenimiento, finalmente le dijo: “¡Habla, para que te vea!”Tenemos que hablar, efectivamente, para ser visibles, tanto para nosotros mismos como para los demás y, por esta razón, como dice Platón, la filología (el amor al lenguaje) brota de la misma fuente que la filantropía (el amor a las personas). Tenemos que hablar para resistir la tentación de la misología (el menosprecio o desconfianza hacia el lenguaje), que es compañero inseparable de la misantropía (el menosprecio o desconfianza hacia los demás). Tenemos que hablar para salir a esa luz, que, según san Juan, es el rostro del logos, y para que el misántropo, como dice también este evangelista, “habita en las tinieblas”.Me sulfuran los docentes que proclaman descaradamente que en la escuela los conocimientos no son lo única cosa importante. Sí. Los conocimientos son en la escuela lo única cosa importante, porque la escuela tiene por misión conducir al niño de la experiencia difusa de sí mismo a la claridad y distinción del concepto. El significado de una palabra es para un niño la extensión de su uso. Nuestro deber es ampliar esta extensión hasta alcanzar los dominios del concepto.Conocemos lo que sabemos nombrar con claridad y distinción. Nuestro vocabulario es la expresión de nuestro conocimiento. Desconfiad de los reticentes con el conocimiento, porque, cuando te descuidas, se ponen a hablar de constelaciones familiares y del verdadero yo. Desconfiad de la empatía analfabeta. Necesitamos palabras para resistir el dominio de la industria del malestar, cada vez más floreciente. Son las palabras las que nos permiten ser ciudadanos (animales con logos) y no solamente animales terapéuticos.
Ya que literaturizamos, literaturizamos bien.