Vivimos una época en la que la información puede ser –como nunca– accesible a la población, y los temas de salud y sanidad no deberían ser ninguna excepción. Curiosamente, esto se acompaña de un incremento de la desinformación, de la propagación de mitos o directamente de mentiras. El boom de las medicinas alternativas, el rechazo a las vacunas y la desconfianza ante las evidencias científicas o en los responsables públicos nos llevan a riesgos para la salud de todos. Incluso algunos quieren justificar el desmantelamiento de programas de salud como son la misma OMS, la Cruz Roja o Médicos Sin Fronteras.
Esta semana vislumbramos las consecuencias de este nihilismo y de esta desconfianza con la crisis del brote de hantavirus en el crucero del Atlántico.
Cuando aparecen enfermedades infecciosas nuevas nos podemos encontrar que sean enfermedades desconocidas, sin conocimiento científico ni memoria histórica, pero también enfermedades existentes que cambian, por localización o por reaparición temporal. La covid fue un ejemplo de las primeras. Las múltiples fiebres hemorrágicas, como las de los hantavirus, son de las segundas.
Y de repente esta primera semana de mayo de 2026 aquí nos encontramos, siguiendo con interés y preocupación las noticias del brote de enfermedad pulmonar y circulatoria por el virus de los Andes. Fuera de su ámbito habitual, donde sabemos que es endémica desde hace más de 30 años, con pocos centenares de casos anuales, repartidos en la forma más grave entre Argentina y Chile. Los investigadores andinos, con colaboradores de toda América y de muchos países asiáticos y europeos, han conseguido profundizar en el conocimiento que se tiene. Tenemos pruebas diagnósticas fiables (serología y PCR), y sabemos que, de forma excepcional en esta familia, este virus se puede contagiar entre personas, aunque la forma principal de contagio sea el contacto con roedores. Han progresado sus formas de manejo, que a menudo hacen imprescindible el ingreso a cuidados intensivos, y sabemos que cuanto antes lo hagamos mejor. Los adecuados control circulatorio, hidratación y oxigenación (si es necesario con técnicas muy recientes, como el ECMO) consiguen reducir la mortalidad de más del 50% a menos del 20%. No tenemos antiviral efectivo ni vacuna, pero hemos avanzado mucho. Podemos salvar muchas vidas haciendo las cosas bien. Todos los médicos que han tratado a estos pacientes hacen mucho hincapié en la importancia del diagnóstico rápido, de tener un alto índice de sospecha, para mejorar el pronóstico. Sabemos del riesgo, bajo pero existente, de transmisión entre personas, a otros pacientes y, en algunos casos excepcionales, al personal sanitario. Por eso son necesarias las medidas conocidas de aislamiento, sobre todo respiratorio, y los estudios de contactos y cuarentena cuando esté indicado. Sabemos lo que hay que hacer y lo podemos consultar y estudiar en publicaciones científicas bien revisadas, en inglés, portugués o castellano, como una revisión reciente publicada por un equipo internacional en Lancet en 2023. No lo sabemos todo, pero no nos enfrentamos a lo desconocido.
Dada la gravedad potencial de esta cepa viral, que por cierto habrá que estudiar con más precisión desde el punto de vista virológico, a mi parecer la respuesta prioritaria debe ser la atención de los enfermos. Podría ser diferente si existiera un medicamento efectivo que pudiéramos dar a todos los viajeros. Pero no lo tenemos. Por lo tanto, es capital llevar a los enfermos sintomáticos a los hospitales que tengan el equipamiento necesario. Esto no quiere decir que no haya que vigilar a los viajeros y a los tripulantes que han convivido con ellos estas semanas. Hay que hacerles el seguimiento, hacer las pruebas necesarias para descartar la infección, y cumplir la cuarentena de aislamiento allí donde sea práctico y posible. Aquí no hay que ser tan taxativo: se pueden hacer aislamientos correctos en hospitales, hoteles, domicilios... y pueden durar de 2 a 6 semanas. Lo que digan los responsables de salud pública correspondientes. Hay que asegurar que ante cualquier síntoma se activen las pruebas diagnósticas y el manejo de la enfermedad.
Las enfermedades infecciosas se deben enfocar de forma global. Y sin solidaridad no será posible. Hace días que hablamos (y desgraciadamente algunas autoridades lo amplifican) de una situación que "no nos afecta", que "aquí no toca", que si tal país no quiere atender a los enfermos tampoco debemos hacerlo nosotros. Confiemos en que haya sido solo fruto de la primera impresión, que reflexionemos, y que no hagamos el ridículo.
PD: Cuando supimos esta semana que llegaba un barco con pacientes infectados por hantavirus a Cabo Verde miré en Google Maps dónde podían ser atendidos si empeoraban. Primeras opciones: Rabat o Las Palmas... no veía UCIs con ECMO más cerca. Les va la vida en ser bien atendidos. Pero yo no tenía que decidir nada.