¿Por qué los hijos de la inmigración no están en el teatro?
Hay una prueba que se puede hacer cualquier noche de teatro, concierto o festival de danza en Cataluña: mirar al público. En muchos casos, casi todos los rostros son de gente autóctona, de una clase media reconocible, incluso cuando son espectáculos infantiles. Después, salimos a la calle, cogemos el metro y volvemos a la realidad plural de un país en el que, en Barcelona o en Girona, entre el 20% y el 25% de la población tiene orígenes migratorios. La pregunta es inevitable: ¿dónde se han quedado?
Durante años, la respuesta fácil era la de esperar. La población inmigrada —decíamos— tenía otras prioridades: papeles, trabajo, vivienda, escuela para los niños. La cultura era un lujo de segundo orden. Era una explicación comprensible y, en parte, cierta. Pero han pasado veinte, veinticinco años. Aquellos hijos e hijas de la inmigración de los noventa y de los dos mil ya son adultos, muchos de ellos nacidos aquí o crecidos aquí desde pequeños, con estudios y trabajos más o menos cualificados. Y, sin embargo, continúan sin estar presentes en los espacios culturales de su propia ciudad o pueblo. Ya no sirve la explicación del "ya vendrán cuando estén instalados". Hay que mirar dónde está el problema de verdad.
Un informe de Migration Policy Institute Europe (2022), basado en entrevistas a profesionales culturales de once países europeos, lo constata con claridad: la diversidad que caracteriza a las ciudades europeas no se ve reflejada ni en los museos, ni en los teatros, ni en las salas de conciertos. Pero lo más importante que apunta es dónde reside el bloqueo: no en la indiferencia del público inmigrado, sino en las estructuras mismas de las instituciones culturales, que continúan pensando, programando y comunicando para un público implícito que es autóctono, de clase media y culturalmente hegemónico.
La investigación académica sobre racismo estructural en Europa lo confirma: el racismo opera en la cultura no como suma de actos individuales de odio, sino como lógica estructural que se manifiesta en la selección de contenidos, en los circuitos de legitimidad, en la distribución territorial de los recursos y en la definición de quién es "sujeto cultural" y quién es meramente tolerado o, en el mejor de los casos, exotizado. Cuando la inmigración aparece en la programación, suele hacerlo bajo la etiqueta de "músicas del mundo" o "semana intercultural", con lo que esto implica: no formas parte del canon, eres un invitado de temporada.
Las barreras son, a menudo, invisibles. Las hay económicas: una entrada de teatro de 25 o 30 euros no es un obstáculo insalvable, pero sí un filtro de clase que opera sobre quién se autoexcluye mentalmente antes de comprarla. Las hay territoriales. Las hay simbólicas, las más importantes: la sensación profunda de no ser bienvenido, de no encontrar el “tu mundo” reflejado en el escenario, de percibir códigos implícitos —en la comunicación, en la imagen institucional, en el mismo ambiente— que transmiten que aquel espacio no ha sido pensado para ti.
Un estudio sobre artistas de minorías visibles en Noruega (The art of navigating a white upper-class gaze: exploring visible minorities’ negotiations of belonging in the norwegian cultural field 2025) muestra que incluso aquellos que consiguen entrar en el mundo cultural profesional deben navegar constantemente por una "mirada autóctona y de clase" que define quién es legítimo y quién debe justificar su presencia. Si es así incluso para los creadores, imaginad lo que vive el público común que considera si comprar o no una entrada.
Hay un círculo que se retroalimenta: las instituciones no representan la diversidad, las personas de orígenes inmigrados no se ven reflejadas en ellas, no van, las instituciones concluyen que "no les interesa la cultura" y no cambian nada. De esta manera, el hecho de que en las butacas apenas haya personas de orígenes inmigrados pasa de ser un signo de exclusión estructural a ser leído como una prueba de la supuesta indiferencia cultural de unos colectivos que, paradójicamente, a menudo mantienen tradiciones artísticas riquísimas completamente invisibles para los circuitos oficiales.
La solución no es organizar más "noches de la diversidad". La solución es reformar quién programa, quién financia, quién decide, desde qué imaginario de comunidad se construye la política cultural de una ciudad o pueblo. Implica aceptar que la falta de representación no es neutra –es política–. Que la cultura no es un espacio inocente donde todo el mundo puede entrar si quiere, sino un territorio donde el poder distribuye reconocimiento y legitima quién existe simbólicamente en la vida colectiva.
Hasta que las instituciones culturales no se lo pregunten de verdad —¿para quién hago esto? ¿Quién no está y por qué razón?—, continuaremos leyendo la ausencia como indiferencia, cuando en realidad es una expulsión silenciosa, como ocurre desde hace décadas también con el pueblo gitano en los espacios culturales.